Álvaro Risso dijo una frase que ya quedó instalada: «El libro no es una milanesa».1
Tiene razón.
El libro no es una milanesa.
Pero si vamos a seguir trabajando con imágenes de mostrador, cocina y precio, entonces hay que completar la frase:
un lector no es un chivito.
No es un pedido completo que alguien arma desde atrás del mostrador.
No es una suma ordenada de ingredientes previsibles.
No es un consumidor abstracto al que se le puede decir: pan, carne, huevo, panceta, lechuga, tomate, precio fijo, gracias por pasar.
Un lector no viene armado.
Un lector se hace.
Y se hace con tiempo, dinero, deseo, azar, frustraciones, préstamos, descuentos, ferias, bibliotecas, usados, novedades, recomendaciones, compras equivocadas, hallazgos, regalos, libros que no pudo pagar y libros que encontró cuando ya no los buscaba.
Este texto es para esos lectores.
Para los que en esta discusión aparecen todo el tiempo como argumento, pero casi nunca como personas afectadas.
La bibliodiversidad no empieza en una mesa de novedades. Empieza cuando un lector tiene caminos reales para llegar a libros distintos.
El lector real
Hay una forma cómoda de hablar del lector.
Se lo nombra en singular.
El lector.
Como si fuera una figura transparente, homogénea, siempre disponible, siempre agradecida, siempre dispuesta a pagar lo que el ecosistema necesite que pague.
Ese lector no existe.
Existen lectores.
Existe la lectora que espera una promoción porque quiere comprar tres libros y no uno.
Existe el estudiante que arma su biblioteca con fotocopias, usados, PDF, préstamos y alguna compra nueva cuando puede.
Existe el lector del interior que compra online no porque desprecie la librería, sino porque en su ciudad no encuentra lo que busca.
Existe la madre que compra un libro infantil cuando aparece el descuento de la tarjeta.
Existe quien entra a una librería independiente, conversa veinte minutos, compra un libro caro y después completa la lista en una plataforma porque el sueldo no estira.
Existe quien compra usados porque le gusta el objeto viejo, no porque quiera destruir la industria editorial.
Existe quien va a la feria y encuentra ahí una forma de lectura que ningún comunicado institucional mira.
Existe quien se hizo lector gracias a una biblioteca pública, a un préstamo, a un libro heredado o a una edición barata.
Existe quien compra novedades.
Existe quien no compra novedades jamás.
Existe quien quiere una primera edición, quien quiere una edición de bolsillo, quien quiere letra grande, quien quiere precio bajo, quien quiere tapa dura, quien quiere que se lo manden, quien quiere tocar el libro antes, quien quiere hablar con un librero, quien quiere no hablar con nadie.
Todo eso es lectura.
No todo eso entra en la foto prolija de la cadena formal del libro nuevo.
Pero si hablamos de política cultural, tiene que entrar.
Porque una política del libro que no entiende a sus lectores termina legislando para una abstracción.
Y las abstracciones no leen.
El precio efectivo también es política cultural
En esta discusión se habla mucho del precio de tapa.
Pero el lector no vive en el precio de tapa.
Vive en el precio efectivo.
Lo que importa para quien compra no es solo cuánto dice la etiqueta. Importa cuánto termina pagando. Importa si hay descuento. Importa si puede financiar. Importa si el envío mata la compra. Importa si el libro nuevo queda demasiado lejos y el usado aparece como única puerta de entrada.
Por eso no alcanza con decir que una ley de precio único no sube el precio de los libros.
Tal vez no suba el PVP.
Pero si limita descuentos reales, puede subir el precio que muchos lectores efectivamente pagan.
Ese punto no es una maniobra retórica.
Es el centro.
Si un lector compraba con 25% de descuento y mañana solo puede comprar con 10%, ese lector paga más. Puede que la medida tenga defensores. Puede que alguien crea que ese costo se justifica para sostener librerías. Puede que exista una argumentación seria en ese sentido.
Pero entonces hay que decirlo de frente.
Hay que decir: esta política puede encarecer el acceso efectivo de algunos lectores y vamos a compensarlo de esta manera.
Bonos de lectura.
Compras públicas.
Bibliotecas más fuertes.
Programas para estudiantes.
Apoyo a clubes de lectura.
Envíos subsidiados al interior.
Promociones financieras disponibles para todas las librerías.
Datos abiertos para saber si la medida funciona.
Lo que no se puede hacer es hablar de cultura como si el bolsillo del lector fuera una vulgaridad.
El bolsillo también es una condición de lectura.
La bibliodiversidad no sirve de mucho si el lector diverso queda mirando desde afuera.
Bibliodiversidad de lectores
La palabra bibliodiversidad suele usarse para hablar de libros.
Está bien.
Necesitamos diversidad de catálogos, editoriales, géneros, lenguas, traducciones, autores, formatos, temporalidades, mesas, colecciones, rarezas y fondos.
Pero falta una parte.
También necesitamos diversidad de lectores.
Porque no todos llegan al libro por el mismo camino.
Una cultura lectora sana no puede depender de un único canal, de un único precio, de una única mesa, de una única definición de librería, de una única idea de consumidor correcto.
Hay lectores que se forman en librerías.
Hay lectores que se forman en bibliotecas.
Hay lectores que se forman en ferias.
Hay lectores que se forman en usados.
Hay lectores que se forman online.
Hay lectores que se forman por recomendación de amigos.
Hay lectores que entran por el libro barato y después compran caro.
Hay lectores que entran por el best seller y terminan en una editorial rara.
Hay lectores que entran por una plataforma y después descubren una librería.
Hay lectores que entran por una librería y después buscan una edición agotada en Mercado Libre.
No hay pureza en la lectura.
Y por suerte.
La lectura es mezcla.
Un lector no llega siempre por la misma puerta. La bibliodiversidad también depende de que esos caminos sigan abiertos.
Querer ordenar todo desde una sola lógica empobrece el mapa.
La bibliodiversidad no es solo que existan muchos libros disponibles. Es que haya muchos modos de encontrarlos, pagarlos, perderlos, heredarlos, recomendarlos, prestarlos, revenderlos y volver a ponerlos en circulación.
Por eso los usados también son bibliodiversidad.
Por eso las ferias importan.
Por eso las bibliotecas importan.
Por eso una plataforma puede ser problemática en algunas prácticas y, al mismo tiempo, permitir que un lector encuentre un libro que el circuito local no le ofrecía.
La realidad no entra en una consigna limpia.
Entra en una mesa desordenada.
Como leen las personas.
El combo bestseller
Hay otra forma de convertir al lector en chivito: ofrecerle la lectura como combo.
Novedad, ranking, visibilidad, descuento, recomendación automática, mesa principal. Todo servido junto. Todo listo para consumo rápido.
Cuando la lectura se presenta como combo, la elección ya viene medio cocinada.
Ahí el libro no aparece como milanesa, pero sí como producto masivo: se empuja, se ordena, se destaca, se repite. El bestseller funciona como menú sugerido. No necesariamente porque sea lo mejor, ni lo más necesario, ni lo más diverso, sino porque el sistema ya decidió que eso debe estar adelante.
Giulio Einaudi ayuda a precisar esa escena con una figura especialmente cruel: el «falso best seller». En diálogo con Severino Cesari habla de los «desastres creados por lo que yo llamo “falso best seller”».2 No se refiere al bestseller real, el libro que efectivamente encontró muchos lectores, sino al libro tratado por todo el sistema como si ya fuera un éxito antes de serlo: comprado fuerte, empujado, apilado, exhibido con tono de acontecimiento.
Cuando el lector no aparece, o aparece menos de lo previsto, queda al descubierto la profecía fallida. Ese libro no era bestseller. Era deseo de bestseller.
El bestseller no es el problema. El problema es cuando el menú ocupa toda la pared.
El problema no es que existan best sellers.
El problema es que una cultura lectora empiece a parecerse demasiado a una cadena de combos: mismas tapas, mismos nombres, mismas urgencias, mismas promociones, mismo mandato de novedad.
La bibliodiversidad no consiste en agrandar ese combo.
Consiste en permitir que el lector se salga del menú.
La librería necesita lectores, no rehenes
Nada de esto va contra las librerías.
Sería absurdo.
Las librerías importan. Las buenas librerías importan muchísimo. Una librería puede orientar, cuidar fondo, abrir conversación, sostener una escena, recomendar con criterio, darle lugar a una editorial mínima, hacer visible un libro que no tiene aparato publicitario.
Yo quiero librerías vivas.
Quiero más librerías.
Quiero librerías en barrios donde no hay.
Quiero librerías en el interior.
Quiero librerías con margen para arriesgar.
Quiero libreros que puedan pagar alquiler, sueldos, impuestos, envíos, tarjetas, tiempo de lectura y tiempo de conversación.
Pero una librería no se defiende convirtiendo al lector en rehén moral.
No se le puede decir al lector: si comprás con descuento, estás dañando la cultura.
No se le puede decir: si comprás usado, no entendiste el ecosistema.
No se le puede decir: si comprás online, traicionás a la librería.
No se le puede decir: si no pagás el precio que otro fijó, sos parte del problema.
Eso no construye comunidad.
Construye culpa.
Y una política cultural basada en la culpa del lector nace mal.
El lector no es enemigo de la librería.
El lector es la razón por la que la librería existe.
Si hay actores que distorsionan el mercado con descuentos financiados, promociones excluyentes, abuso de escala, informalidad o prácticas predatorias, discutamos eso con precisión.
Pero no confundamos al lector que aprovecha una oportunidad con el poder económico que diseña esa oportunidad.
No es lo mismo.
Un banco que financia una promoción para captar clientes no está en el mismo lugar que una persona que compra un libro porque esa promoción le permitió llegar.
Una plataforma que ordena visibilidad por precio no está en el mismo lugar que alguien del interior que encuentra ahí un título agotado en su ciudad.
Una gran empresa que puede vender con margen mínimo no está en el mismo lugar que un lector que espera fin de mes.
Mezclar todo eso bajo una misma sospecha es intelectualmente cómodo y culturalmente injusto.
La mesa también tiene que escuchar
Si una ley se propone en nombre del libro, los lectores tienen que estar sentados en la discusión.
No como decoración.
No como público invitado.
No como cifra en un informe.
Como afectados.
La pregunta no puede ser solamente qué necesitan las librerías, aunque esa pregunta sea legítima.
También hay que preguntar:
¿Qué lectores pagarían más si se limitan descuentos?
¿Qué lectores dependen de promociones para comprar?
¿Qué pasa con estudiantes, docentes, familias y lectores frecuentes?
¿Qué pasa con quienes viven lejos de una librería?
¿Qué pasa con quienes compran usados?
¿Qué pasa con las bibliotecas públicas?
¿Qué pasa con clubes de lectura, mediadores, ferias y circuitos barriales?
¿Qué mecanismos compensan al lector sensible al precio?
¿Cómo se va a medir si la ley aumenta lectura o solo ordena márgenes?
¿Cómo se va a saber si realmente hubo más bibliodiversidad?
¿Cómo se va a evitar que el costo cultural se cargue sobre quienes menos margen tienen para pagarlo?
Estas preguntas no son un ataque al libro.
Son defensa del libro.
Porque el libro no existe culturalmente solo porque esté impreso, distribuido, exhibido o protegido por una norma.
Existe culturalmente cuando llega a alguien.
Y ese alguien tiene condiciones materiales.
Tiene salario.
Tiene distancia.
Tiene tiempo.
Tiene familia.
Tiene deudas.
Tiene preferencias.
Tiene vergüenza de entrar a ciertos lugares.
Tiene deseo.
Tiene límites.
Tiene derecho a no ser tratado como una variable muda en una discusión que se hace en su nombre.
No lo cocinen por nosotros
El libro no es una milanesa.
Bien.
Pero el lector tampoco es un chivito.
No es algo que se arma con todos los ingredientes correctos desde una cocina institucional.
No es una unidad de demanda.
No es un daño colateral.
No es una excusa para defender cualquier herramienta.
No es una figura noble cuando sirve para hablar de cultura y una molestia cuando pregunta cuánto va a pagar.
Un lector no es un chivito porque no viene completo, cerrado, servido y envuelto.
Un lector es una historia en movimiento.
Puede empezar por una feria y terminar en una librería.
Puede empezar por una promoción y terminar en una biblioteca personal.
Puede empezar por un usado roto y terminar comprando novedades.
Puede empezar por una plataforma y terminar conversando con un librero.
Puede empezar por una biblioteca pública y terminar escribiendo libros.
Puede empezar por no poder comprar.
Y una política cultural que no entiende eso confunde defensa del libro con administración de mostrador.
La pregunta de fondo no es si queremos cuidar librerías.
Claro que queremos.
La pregunta es si vamos a cuidar librerías ampliando el acceso o encareciendo silenciosamente algunos caminos de lectura.
La pregunta es si vamos a hablar de bibliodiversidad incluyendo lectores diversos o si vamos a usar la palabra para ordenar una parte del mercado.
La pregunta es si el lector va a ser convocado como sujeto o usado como coartada.
Yo no quiero una política contra las librerías.
Quiero una política con lectores.
Con librerías, sí.
Con autores.
Con editoriales.
Con bibliotecas.
Con ferias.
Con usados.
Con interior.
Con datos.
Con compensaciones.
Con preguntas incómodas.
Con una idea menos obediente de lo que significa leer.
Porque leer no es pasar por caja de una sola manera.
Leer es encontrar caminos.
Y si de verdad queremos bibliodiversidad, lo primero que hay que defender es eso:
que los caminos no se cierren justo para quienes más los necesitan.
Martín Álvarez
Tremendos Libros
@unfalsoguru
Footnotes
-
Teledoce / YouTube, «El presente de las librerías independientes y la competencia de las plataformas», entrevista a Álvaro Risso y Martín Seoane. ↩
-
Giulio Einaudi, Giulio Einaudi en diálogo con Severino Cesari, Anaya & Mario Muchnik, p. 16. ↩