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V. La víctima útil

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Una víctima útil no es necesariamente una víctima falsa.

Esa es la trampa.

Puede haber dolor real.

Puede haber daño real.

Puede haber una frase mala, una exposición injusta, una causa justa, una reacción comprensible, una herida histórica, una militancia dolida, una comunidad amenazada, una persona desbordada.

Y, aun así, puede ocurrir otra cosa.

La víctima deja de importar por lo que vive, piensa, dice, recuerda o padece. Empieza a importar por lo que permite hacer con ella.

Permite acusar.

Permite corregir.

Permite pertenecer.

Permite castigar.

Permite demostrar sensibilidad.

Permite ordenar un campo político.

Permite no pensar.

Ahí aparece el último movimiento de esta serie: cuando una persona deja de importar como sujeto y empieza a circular como función política.

Afiche conceptual de alto contraste sobre una figura humana convertida en pieza pública para medios, partidos, redes y causas

Una víctima útil no borra el daño: lo vuelve administrable por otros.

La utilidad no niega el daño

La primera defensa ante esta idea suele ser comprensible:

¿cómo vas a hablar de uso político de una víctima si la víctima existe?

Pero una cosa no cancela la otra.

Que una víctima sea real no impide que sea usada.

Que una imagen documente una atrocidad no impide que circule como castigo.

Que una persona haya dicho algo equivocado no impide que su error se vuelva botín.

Que una comunidad tenga una herida histórica no impide que otros administren esa herida como contraseña.

Que una causa sea justa no impide que, en su nombre, se hagan cosas injustas.

El problema aparece cuando la víctima ya no convoca una responsabilidad, sino una utilidad. El niño muerto o mutilado deja de ser un niño y se vuelve prueba. La persona expuesta deja de ser una persona y se vuelve caso. La comunidad amenazada deja de ser una comunidad y se vuelve coartada. La frase desafortunada deja de ser una frase y se vuelve expediente.

Ahí no desaparece el daño.

Se lo captura.

La entrevista de Patricia «Pata» Kramer en Malos Pensamientos fue publicada por Azul FM el 20 de octubre de 2025.1 Después vinieron recortes, comunicados, columnas, aclaraciones, discusiones internas, reacciones de Fernando Pereira, lecturas desde la oposición, reproches militantes, defensas parciales y nuevas condenas.234

Cada pieza decía algo.

Pero ninguna pieza quedó quieta.

La entrevista no fue solo entrevista.

El recorte no fue solo recorte.

El comunicado no fue solo comunicado.

La disculpa no fue solo disculpa.

El dolor no fue solo dolor.

Cada fragmento entró en una constelación nueva. Benjamin sirve para pensar justamente eso: un fragmento cambia de sentido cuando entra en otro montaje.5 No porque pierda toda relación con lo que era, sino porque empieza a actuar con otros fragmentos, para otros públicos y bajo otras velocidades.

Ese es el punto.

Una víctima útil no es una víctima inventada.

Es una víctima incorporada a un montaje que otros necesitan.

Cuando la persona se vuelve función

Kramer sirvió para demasiadas cosas al mismo tiempo.

Para Petinatti y su ecosistema, sirvió como confirmación de una tesis: la izquierda uruguaya tendría una relación turbia, hipócrita o cómoda con ciertas violencias y con ciertos odios. La frase recortable permitió condensar una sospecha previa.

Para una parte de la militancia, sirvió como ejemplo de lo que no puede decirse, de lo que hay que corregir, de la palabra que faltó, del tono que no correspondía, del límite que debe quedar marcado.

Para su sector, sirvió como ocasión de reafirmación doctrinaria. El Abrazo dijo que hubo «errores de contenido y de forma» y que ciertas expresiones no reflejaban la posición del sector ni del Frente Amplio.2 El comunicado intentó cuidar una línea política, pero también convirtió a una compañera en caso público de corrección.

Para la derecha opinante, sirvió como prueba de disciplinamiento progresista: una dirigente habría sido castigada por correrse de la lengua autorizada.

Para una parte de la izquierda orgánica, sirvió como escena de reparación: el cuerpo partidario mostró que podía detectar el error, nombrarlo y devolver orden.

Para las redes, sirvió como superficie de descarga.

Y para esta serie, conviene admitirlo, también sirvió como objeto de lectura.

Esa admisión importa. Nadie queda puro frente a un caso público. Todo análisis también toma una escena y la hace trabajar. La diferencia ética no está en fingir que uno no usa materiales. Está en preguntarse qué hace con ellos, qué devuelve, qué complejidad conserva y qué no se permite borrar.

La víctima útil es peligrosa porque puede sostener usos contradictorios.

Kramer puede ser usada por la derecha para hablar de censura interna.

Puede ser usada por la izquierda para hablar de corrección necesaria.

Puede ser usada por el medio para extender una escena.

Puede ser usada por la militancia para probar pureza.

Puede ser usada por el partido para mostrar disciplina.

Puede ser usada por cualquiera para no hablar de lo que el caso vuelve incómodo.

Ahí la bandera ya no es Palestina ni Israel.

La bandera termina siendo la víctima.

El cuerpo herido, la imagen insoportable, la frase dañada o la persona expuesta pasan a ocupar el lugar del símbolo común: algo que se levanta para reconocerse, ordenar a los propios y exigir posición a los demás.

No hace falta que todos esos usos sean equivalentes. No lo son. Algunos son más razonables, otros más oportunistas, otros más crueles, otros más defensivos. Pero tienen algo en común: desplazan a la persona hacia una función.

Entonces ya no se pregunta qué quiso decir, qué dijo mal, qué no supo pensar, qué biografía se cruzó ahí, qué daño produjo, qué daño recibió, qué responsabilidad tiene, qué responsabilidad tienen los demás.

Se pregunta otra cosa:

¿para qué me sirve?

Diagrama de una persona convertida en circuito de usos públicos: prueba, víctima bandera, castigo, coartada y archivo

La bandera no está afuera del caso: la víctima es convertida en bandera.

El niño como prueba, Kramer como expediente

Esta serie empezó con una escena más brutal que cualquier comunicado.

Kramer dice, en un video posterior usado como material de trabajo para el primer ensayo, que sigue recibiendo todas las mañanas videos de niños mutilados.6

No hay forma elegante de escribir esa frase.

Tampoco debería haberla.

El punto no era negar el horror. Al contrario. El punto era preguntar qué ocurre cuando el horror se vuelve contraseña. Qué ocurre cuando una imagen extrema deja de documentar, de denunciar, de impedir el borramiento, y empieza a funcionar como método de corrección privada.

El niño mutilado es una víctima real o una imagen de una víctima real. Justamente por eso el uso es más grave. Si la imagen fuera falsa, el problema sería otro: desinformación, propaganda, falsificación. Pero cuando la imagen muestra un daño verdadero, aparece una pregunta todavía más difícil.

¿Qué estamos autorizados a hacer con una verdad insoportable?

No todo uso del horror honra a la víctima.

A veces la vuelve herramienta.

A veces la vuelve arma.

A veces la vuelve una forma de decirle a otra persona: mirá, sentí, callate, alineate, repetí, aprendé.

En ese gesto, el niño deja de estar en el centro. El centro pasa a ser la obediencia de quien recibe el video.

Ese desplazamiento es decisivo.

La imagen ya no pregunta por la vida destruida.

Pregunta por la reacción correcta del destinatario.

Con Kramer ocurre algo parecido, aunque en otra escala moral. No son dolores comparables, y conviene decirlo sin vueltas. Una mujer expuesta a una polémica uruguaya no ocupa el mismo lugar que un niño mutilado en una guerra. Pero el mecanismo de uso puede tocar ambos materiales: un cuerpo dañado, una frase dañada, una persona dañada, un caso abierto. Todo empieza a circular como prueba para otra cosa.

La conversación pública contemporánea ama esa conversión.

Necesita casos.

Necesita rostros.

Necesita nombres.

Necesita capturas.

Necesita alguien sobre quien escribir la moraleja.

Barthes permite leer esa operación como mitología: algo construido empieza a presentarse como evidencia natural.7 Ya no vemos una escena compleja; vemos un signo. Ya no vemos una persona situada; vemos «la que dijo», «la censurada», «la traidora», «la arrepentida», «la útil», «la prueba».

El mito simplifica sin parecer simplificación.

Por eso funciona.

El triángulo que ordena la escena

Toda polémica quiere repartir papeles.

Víctima.

Villano.

Defensor.

El reparto puede ser legítimo. Hay situaciones en las que nombrar a una víctima, a un victimario y a quienes deben responder es indispensable. La política no puede disolverse en matices cuando hay daño, responsabilidad y poder.

Pero ese triángulo también puede volverse una máquina demasiado cómoda.

En una versión, los niños de Gaza son la víctima, Israel es el villano, y la militancia que exige la palabra correcta se asigna el lugar de defensora. Esa versión puede tener un núcleo de verdad política, pero se empobrece cuando convierte toda pregunta sobre el método en complicidad con el villano.

En otra versión, Kramer es la víctima, la izquierda disciplinaria es el villano y Petinatti o la derecha liberal aparecen como defensores de la libertad de expresión. Esa versión también puede registrar algo real del castigo público, pero se vuelve oportunista cuando usa a Kramer solo para pegarle al Frente Amplio y desentenderse de Gaza, del antisemitismo y de la responsabilidad de una entrevista.

En otra versión, el Frente Amplio o El Abrazo son los defensores de una causa justa, Kramer es la compañera que se equivocó y el villano es el dispositivo mediático que quiso capturarla. También ahí hay una verdad parcial. Pero si esa versión se cierra demasiado, la persona corregida queda reducida a pieza de reparación colectiva.

Tres relatos.

Tres triángulos.

Tres modos de usar víctimas.

En los tres, la bandera no es solamente una causa, un país o una identidad previa. La bandera es la víctima seleccionada por cada relato para ordenar el mapa moral.

El poder mediático no siempre consiste en imponer un único relato. A veces consiste en producir una escena donde todos los relatos disponibles usan a alguien. Cada tribu toma su víctima, su villano, su defensor y su moraleja. La red no necesita que todos estén de acuerdo. Necesita que todos sigan trabajando el caso.

Ahí Sandino Núñez ayuda a leer la victimización como un rasgo de época: la política se moraliza alrededor de figuras dañadas, minorías, sensibilidades y lenguas de reparación, mientras la pregunta material por poder, responsabilidad y estructura queda desplazada.8

No se trata de burlarse de las víctimas.

Se trata de evitar que la víctima se vuelva el modo más rápido de suspender la política.

Porque si alguien ocupa el lugar de víctima útil, cualquier objeción parece crueldad.

Si pregunto por el recorte, parece que niego el daño.

Si pregunto por el comunicado, parece que niego la causa.

Si pregunto por el uso del video, parece que niego el horror.

Si pregunto por Kramer, parece que centro a Kramer.

Si pregunto por Gaza, parece que abandono a Kramer.

La máquina gana cuando convierte toda pregunta en traición a alguna víctima.

La sensibilidad administrada

Hay una diferencia entre sensibilidad y administración de la sensibilidad.

La sensibilidad es necesaria. Sin capacidad de ser afectados por el dolor de otros, la política se vuelve cálculo frío, cinismo, trámite. Nadie debería aspirar a una conversación pública inmune al daño.

Pero la sensibilidad administrada es otra cosa.

Es la sensibilidad convertida en prueba.

¿Te dolió lo suficiente?

¿Lo dijiste con la palabra exacta?

¿Lo publicaste?

¿Lo condenaste rápido?

¿Lo hiciste con el tono adecuado?

¿Mostraste la imagen?

¿Compartiste el comunicado?

¿Pediste perdón?

¿Aceptaste el marco?

Sandino, en sus entradas sobre sensibilidad, comunicación e información, permite pensar esa mutación: el daño deja de abrir una política y pasa a organizar una escena de circulación, reconocimiento y pertenencia.9 No alcanza con sentir o pensar. Hay que hacer visible que se siente, en el formato correcto, con la intensidad correcta, ante la audiencia correcta.

Entonces la víctima se vuelve medidor.

No se la escucha.

Se la usa para medir a otros.

Mide humanidad.

Mide pertenencia.

Mide izquierda.

Mide judaísmo.

Mide compromiso.

Mide valentía.

Mide corrección.

Mide obediencia.

Esa medición produce una política pobre, aunque nazca de dolores reales. Porque una vez que la víctima se transforma en instrumento de medición moral, la conversación queda secuestrada por performances de sensibilidad. Importa menos comprender el conflicto que demostrar dónde estamos parados. Importa menos cuidar a la víctima que usarla para ordenar a los vivos.

Heidegger sirve, con la prudencia necesaria, para nombrar otro rasgo: muchas escenas públicas llegan ya interpretadas. No recibimos solo un hecho, una frase o una imagen. Recibimos también el modo en que se supone que debe leerse.10 La habladuría no es hablar mucho; es hablar desde una interpretación ya disponible, donde cada palabra parece tener su lugar antes de que alguien la piense.

La víctima útil llega así.

Ya viene leída.

Ya trae su reparto.

Ya trae su castigo.

Ya trae su héroe.

Ya trae su villano.

Ya trae su disculpa posible.

Ya trae su archivo futuro.

La pregunta es si todavía podemos interrumpir esa lectura.

Devolver sujeto donde había función

La serie empezó con una contraseña y termina con una persona.

O mejor: con la dificultad de volver a ver personas cuando todo empuja a ver funciones.

En el primer ensayo, el horror aparecía convertido en prueba de pertenencia.

En el segundo, la entrevista aparecía como dispositivo de captura.

En el tercero, el comunicado aparecía como penitencia pública.

En el cuarto, el recorte aparecía como verdad parcial que edita el mundo.

Ahora aparece la víctima útil: el punto en que todos esos procedimientos encuentran un cuerpo, una biografía, una imagen o un nombre sobre el cual trabajar.

Devolver sujeto no significa absolver.

No significa decir que Kramer habló bien.

No significa negar que El Abrazo tuviera razones para corregir.

No significa negar que Gaza exige palabras fuertes.

No significa negar que el antisemitismo existe.

No significa negar que Petinatti supo construir una escena.

No significa negar que los recortes pueden mostrar verdades.

Devolver sujeto significa otra cosa: impedir que la persona quede reducida a lo que nos conviene hacer con ella.

Kramer no es solamente víctima del dispositivo.

Tampoco es solamente responsable de sus frases.

Tampoco es solamente compañera corregida.

Tampoco es solamente senadora.

Tampoco es solamente mujer de izquierda con historia familiar judía.

Tampoco es solamente ejemplo de disciplinamiento.

Tampoco es solamente caso mediático.

Es una persona en una trama.

Y una trama no absuelve.

Pero obliga a leer mejor.

Lo mismo vale para las víctimas de Gaza, para las víctimas israelíes, para las comunidades judías amenazadas por antisemitismo, para quienes sostienen solidaridad con Palestina sin querer convertirse en comisarios de vocabulario, para quienes temen que una crítica a Israel derive en odio antijudío, para quienes intentan hablar y quedan atrapados entre consignas.

Si una causa justa necesita víctimas útiles todo el tiempo, algo se rompe en la causa.

No porque la causa deje de ser justa.

Sino porque empieza a necesitar que el dolor de otros funcione como combustible permanente de pertenencia.

La política debería hacer lo contrario.

Debería tomar el dolor como límite.

No como permiso.

No como coartada.

No como contraseña.

No como arma.

No como expediente.

No como contenido.

No como prueba de que yo estoy del lado correcto.

La pregunta final de esta serie no es qué pensamos de Kramer.

Esa pregunta es demasiado chica.

La pregunta es qué tipo de esfera pública estamos aceptando cuando una persona solo importa si puede volverse caso, cuando una víctima solo importa si puede ordenar un relato, cuando una imagen solo importa si puede producir obediencia, cuando una frase solo importa si puede ser recortada, cuando un comunicado solo importa si puede mostrar corrección.

Quizá una filosofía política del poder mediático empiece ahí.

En una negativa simple.

No usar a la víctima para dejar de pensar.

No usar el horror para cerrar la conversación.

No usar a una persona para que una tribu se sienta limpia.

No usar la sensibilidad como policía.

No usar el recorte como destino.

No usar el comunicado como absolución.

No usar la causa como permiso para cualquier método.

Una víctima útil puede servir para muchas cosas.

Por eso mismo hay que desconfiar.

Porque cuando alguien sirve demasiado, casi siempre dejó de ser escuchado.

Martín Álvarez
Tremendos Libros
@unfalsoguru

Referencias

Footnotes

  1. Azul FM, «La entrevista: Pata Kramer», Malos Pensamientos, 20 de octubre de 2025. Audio original usado como punto de partida de la serie.

  2. El Observador, «Sector de Pata Kramer dijo que cometió errores de contenido y de forma en entrevista con Petinatti donde habló de Israel y Palestina», 25 de octubre de 2025. 2

  3. Montevideo Portal, «Esta situación me generó dolor íntimo: Pata Kramer tras polémica sobre Gaza», 27 de octubre de 2025.

  4. El Observador, «Fernando Pereira dijo que Petinatti alimenta un odio a la izquierda y que no irá más a su programa», 24 de octubre de 2025.

  5. Walter Benjamin, Libro de los pasajes. La idea de montaje permite leer fragmentos que cambian de sentido cuando empiezan a circular juntos.

  6. Reel de Instagram publicado por Jorge Balmelli en la cuenta de Aire Rico 99.5, enlace. Se cita como fuente del video posterior de Patricia «Pata» Kramer retomado en esta serie; Instagram puede requerir sesión para verlo.

  7. Roland Barthes, Mitologías. La referencia permite pensar cómo una persona, imagen o frase puede transformarse en signo público aparentemente natural.

  8. Sandino Núñez, Breve diccionario para tiempos estúpidos, entradas «Victimización», «Sensibilidad», «Comunicación», «Información» y «Happening». La referencia ayuda a pensar cuándo el daño se vuelve escena moral, circulación y marca de pertenencia.

  9. Sandino Núñez, Breve diccionario para tiempos estúpidos, entradas «Sensibilidad», «Códigos» y «Victimización». La referencia permite distinguir cuidado político de administración pública de la sensibilidad.

  10. Jesús Adrián Escudero, El lenguaje de Heidegger: diccionario filosófico 1912-1927, entradas sobre habladuría y estado de interpretado. La referencia ayuda a pensar escenas públicas que llegan ya leídas antes de ser escuchadas.



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