Hay mañanas en las que el mundo entra por un teléfono.
No entra como noticia.
No entra como argumento.
No entra como una pregunta que todavía puede pensarse.
Entra como un video que alguien envía para que otro no olvide, no afloje, no se corra, no se permita un matiz, no diga una palabra menos, no use una palabra distinta, no respire fuera del libreto.
Patricia «Pata» Kramer dice, en un video posterior a su entrevista con Orlando Petinatti, que sigue recibiendo todas las mañanas videos de niños mutilados.1 La frase es brutal. No por efecto literario. Por su pobreza moral. Porque muestra una escena demasiado contemporánea: el dolor de otros convertido en recordatorio, en castigo, en prueba de pureza.
Como si una persona tuviera que ver cuerpos rotos cada mañana para demostrar que no es fascista.
Como si la sensibilidad política necesitara vigilancia gráfica.
Como si el horror, para ser creído, tuviera que entrar por WhatsApp todos los días.
La pregunta no es si el horror existe. La pregunta es qué hacemos con él cuando entra en la conversación.
La prueba
Hay causas que nacen de una herida real y, sin embargo, pueden aprender muy rápido las formas del castigo.
No hay que negar la herida para mirar el castigo.
La masacre de civiles, el hambre, el miedo, la destrucción, los niños muertos o mutilados, las familias arrasadas, los rehenes, la memoria del 7 de octubre, la vida cotidiana bajo amenaza, todo eso no se vuelve menos real porque alguien haga un mal uso político del dolor. El sufrimiento humano no queda invalidado por la torpeza de quien lo invoca. Una causa justa puede tener voceros injustos. Una denuncia necesaria puede circular en manos crueles. Una palabra correcta puede convertirse en contraseña.
Ahí empieza el problema.
El video de Kramer no me interesa porque permita decidir si ella tenía razón o no en la entrevista con Petinatti. Esa sería la lectura más pobre. Me interesa porque deja ver una forma de época: la exigencia de prueba permanente.
No alcanza con estar contra la muerte de niños.
No alcanza con decir que no se puede con la guerra.
No alcanza con reconocer atrocidades.
No alcanza con distinguir Estado, gobierno y pueblo.
No alcanza con decir que hay civiles rehenes de todos lados.
Si no se pronuncia la palabra exacta, en el tono exacto, dentro del marco exacto, con el enemigo exacto y la pertenencia exacta, aparece la sospecha.
Y cuando aparece la sospecha, aparece también la pedagogía del daño: te mando el video para que aprendas, para que entiendas, para que mires, para que no vuelvas a equivocarte, para que sepas de qué lado tenés que estar.
Pero un video de un niño mutilado no es un argumento.
Es una prueba del horror.
Y justamente por eso no debería ser usado como herramienta de disciplinamiento.
La entrevista como dispositivo
La entrevista original fue publicada por Azul FM el 20 de octubre de 2025, dentro de Malos Pensamientos.2 El tramo que detonó la polémica empieza cuando Petinatti pregunta por qué el Frente Amplio se «embanderó» con Palestina. Kramer intenta distinguir entre dirigentes, gobierno, partido, declaraciones formales y sensibilidades internas. Petinatti empuja hacia una formulación más cerrada: si referentes centrales se embanderan, entonces el Frente Amplio se embandera. El Observador reconstruyó después ese bloque, desde la pregunta sobre la izquierda y Palestina hasta la frase sobre la bandera y las aclaraciones posteriores de Kramer sobre el sufrimiento civil.3
La conversación se vuelve una máquina.
No porque alguien la controle de punta a punta. Una máquina así no necesita un titiritero perfecto. Le alcanza con que comunicación, información y transmisión se separen de la comprensión. Algo se emite, se corta, se reenvía, se comenta, se corrige. Lo importante ya no es entender mejor, sino mantener vivo el movimiento. Sandino Núñez ayuda a pensar ese desplazamiento: una época que llama comunicación a la conexión permanente puede confundir presencia, circulación y sentido.4
Petinatti formula una acusación fuerte: que desde la izquierda se alimentó odio hacia judíos uruguayos. Kramer no compra la totalidad de la acusación, pero concede una parte: «algunos sí». Esa admisión queda servida para el recorte. Después intenta explicar su cercanía biográfica con el conflicto: padre judío, familia en Israel, miedo después del 7 de octubre, una tía enferma, primos, vuelos, fronteras, afectos. También intenta decir algo razonable: que se confunden estados, gobiernos y pueblos.
Pero la máquina ya está andando.
En otro momento aparece el chiste sobre la bandera palestina como «hit». Aparece también la afirmación equivocada sobre la convocatoria del Frente Amplio a una movilización, que su propio sector luego señaló como error.5 Aparece el tono de complicidad radial con Petinatti. Aparece la ligereza, aparece la risa, aparece una forma de hablar demasiado cerca del borde.
No hace falta negar nada de eso.
La entrevista tuvo frases malas. Tuvo errores. Tuvo una confianza escénica que, en un tema así, podía salir carísima. Tuvo un interlocutor con agenda, oficio, reflejo y capacidad de llevar la conversación hacia su zona de interés. Tuvo una invitada que entró a esa zona y por momentos no encontró cómo salir sin dejar pedazos en el camino.
Pero si uno mira solo el recorte, pierde lo más importante.
La entrevista no fue únicamente un conjunto de frases desafortunadas. Fue un dispositivo perfecto para mostrar cómo funciona hoy la conversación pública: una pregunta con trampa, una respuesta con matiz, una frase recortable, una reacción orgánica, una disculpa, una contra-reacción y, finalmente, una persona convertida en campo de batalla. Kramer escribió luego que la situación le había generado «dolor íntimo» y agradeció a quienes se tomaron tiempo para conversar con ella en acuerdo y desacuerdo.6
La palabra exacta
Jorge Balmelli, en el video posterior, plantea una idea interesante: hay un purismo según el cual no importa lo que digas, siempre te van a condenar si no decís exactamente lo que el grupo espera.1 Si hablás de atrocidades cometidas por Israel, no alcanza porque no dijiste «genocidio». Si hablás contra la colonización o contra un gobierno de ultraderecha, no alcanza porque no dijiste «apartheid». Si condenás el sufrimiento civil, no alcanza porque no usaste el vocabulario completo.
Kramer responde que ojalá fuera solo un problema de purismo o del Frente Amplio. Para ella es algo más profundo: cómo nos estamos vinculando, cuánto tiempo nos damos para hablar, para vernos, para entendernos.
Ahí está el centro del post.
Las palabras importan.
No digo lo contrario. Trabajo con palabras. Leo palabras. Vendo libros, es decir, objetos hechos de palabras que a veces cambian una vida o sostienen una memoria. No creo que las palabras sean adornos intercambiables. Hay palabras que nombran lo que el poder quiere esconder. Hay palabras que ordenan una responsabilidad histórica. Hay palabras que, si se evitan sistemáticamente, también dicen algo.
La palabra «genocidio» no es una decoración militante. La palabra «antisemitismo» tampoco. La palabra «terrorismo» tampoco. La palabra «apartheid» tampoco. La palabra «colonización» tampoco.
El problema no es que existan palabras cargadas.
El problema es cuando esas palabras dejan de abrir una discusión y pasan a funcionar como contraseña.
Una contraseña no argumenta.
Funciona como signo. No importa solamente lo que una palabra define, sino lo que marca en quien la pronuncia: pertenencia, sensibilidad correcta, ubicación dentro de un mapa moral. Barthes sirve acá porque la mitología política empieza cuando un signo deja de abrir una disputa por el sentido y pasa a presentarse como evidencia natural. Y Sandino sirve porque ese signo opera como código: no convence, reconoce a los propios.7
Una contraseña habilita o expulsa.
Una contraseña separa a quien pertenece de quien queda bajo sospecha.
Una contraseña permite no escuchar lo que vino antes ni lo que viene después. Alcanza con revisar si la palabra fue pronunciada. Si no apareció, falta algo. Si apareció tarde, falta convicción. Si apareció con matiz, falta pureza. Si apareció junto a otra preocupación, falta alineamiento.
Y entonces ya no se discute el horror.
Se audita la pertenencia.
El dolor usado como corrección
Hay una forma especialmente miserable de ganar una discusión: poner el dolor de terceros sobre la mesa como si fuera una credencial propia.
No hablo de mostrar pruebas cuando alguien niega una realidad. No hablo de documentar una masacre, archivar una violencia, impedir el borramiento de víctimas o sostener memoria contra la propaganda. Todo eso puede ser necesario. Hay imágenes que el poder quiere ocultar. Hay archivos que salvan verdad. Hay cuerpos que, si no son vistos, son negados por segunda vez.
Hablo de otra cosa.
En la entrevista que publicamos con Guillermo Vázquez Franco, Marcelo Marchese formula una regla brutal: «¿Sabés cuál es la regla del historiador mentiroso? Cuanto más documentos cita, más mentiras».8 No porque citar sea mentir ni porque los documentos no importen. Importan. La frase sirve para marcar un punto más incómodo: hay un momento en que la acumulación de pruebas deja de buscar verdad y empieza a funcionar como presión. Algo parecido ocurre con las imágenes del horror cuando ya no documentan una violencia, sino que se usan para cerrar una conversación.
Hablo de enviarle todas las mañanas a una persona videos de niños mutilados para corregirla.
Ahí el niño deja de ser víctima y se vuelve instrumento.
Se lo usa para castigar a una senadora uruguaya, para confirmar una identidad militante, para descargar furia, para decir «mirá lo que pasa por culpa de gente como vos», para forzar una culpa, para arrastrar a alguien hacia el lugar exacto de la consigna.
Eso no es solidaridad internacional.
Eso no es pedagogía política.
Eso no es memoria.
Eso es una forma de violencia simbólica apoyada en una violencia real.
Y lo peor es que funciona con una coartada impecable: ¿cómo te vas a quejar del video si lo que muestra es infinitamente peor que tu incomodidad? ¿Cómo vas a hablar del hostigamiento si los niños están muertos? ¿Cómo vas a pedir cuidado en la conversación si allá no hay cuidado posible?
Esa coartada es eficaz porque contiene una verdad: sí, el sufrimiento de las víctimas es incomparablemente mayor.
Pero de esa verdad no se sigue que todo uso del sufrimiento sea justo.
No se sigue que cualquiera pueda convertir el cuerpo herido de un niño en munición moral.
No se sigue que el horror autorice cualquier práctica.
Una causa que necesita enviar niños mutilados por mensaje privado para ordenar su conversación pública debería detenerse un segundo. No para abandonar la causa. Para preguntarse qué está haciendo con ella.
La identidad que no entra en el recorte
Hay algo de Kramer que vuelve el episodio más incómodo.
No habla desde una exterioridad simple. No es una dirigente que descubre el tema en una minuta. En la entrevista original dice que su padre es judío y que tiene familiares viviendo en Israel. Habla del miedo después del 7 de octubre. Habla de una tía enferma, de primos, de vuelos, de fronteras. Esa biografía no la vuelve experta. Tampoco la vuelve incuestionable. Pero impide reducirla cómodamente a una caricatura.
La conversación pública ama las caricaturas porque ahorran trabajo.
Si Kramer fuera solamente una dirigente frenteamplista que traicionó la línea, el castigo interno sería fácil.
Si fuera solamente una víctima de disciplinamiento partidario, la derecha liberal tendría su estampita perfecta.
Si fuera solamente una invitada que «pisó el palito» de Petinatti, el análisis mediático alcanzaría.
Si fuera solamente una mujer judía de izquierda incómoda con el modo en que parte de la izquierda habla de Israel, habría otro ensayo posible.
Pero es todo eso junto, y algo más.
Es una persona situada en un cruce donde ninguna pertenencia alcanza a ordenar del todo el problema. Izquierda, judaísmo familiar, sensibilidad ante Gaza, miedo por Israel, rechazo de la guerra, torpeza verbal, disciplina partidaria, recorte radial, hostigamiento en redes. Todo junto.
Ese tipo de mezcla es lo que peor tolera una conversación polarizada.
Porque obliga a pensar.
Y pensar lleva tiempo.
Justamente lo que Kramer nombra en el video posterior: el poco tiempo que nos damos para hablar, para vernos, para sentarnos a conversar.
El partido, el medio y la red
La reacción de El Abrazo habló de «errores de contenido y de forma» y señaló que ciertas expresiones no reflejaban la posición del sector ni del Frente Amplio.5 También reivindicó una postura firme de condena ante lo que definió como genocidio en Gaza y rechazó el antisemitismo, el racismo y toda discriminación.
Ese comunicado puede leerse de dos maneras.
Puede leerse como cuidado colectivo: un sector político corrige públicamente a una dirigente propia ante expresiones que considera graves, intenta ordenar su línea y reafirma una posición de derechos humanos.
Puede leerse como disciplinamiento: una organización expone a una compañera, la obliga a volver al cauce y convierte una conversación interna en advertencia pública.
Las dos lecturas tienen algo de verdad.
Por eso el episodio es interesante.
Fernando Pereira intentó una tercera posición. Dijo que la entrevista completa no era tan grave como los recortes, aunque reconoció frases poco felices, y después colocó el foco en Petinatti, a quien acusó de alimentar odio hacia la izquierda.9 Montevideo Portal registró también que la Mesa Política del Frente Amplio trató el tema y que Pereira ratificó su decisión de no concederle más entrevistas al conductor.10
Del otro lado, algunos columnistas encontraron en el episodio una prueba de disciplinamiento progresista. El País publicó una columna que lo leyó de ese modo.11 Caras y Caretas, en cambio, enfatizó los pifies, la condescendencia con el marco de Petinatti y la gravedad del chiste en ese contexto.12
Cada actor encontró lo que necesitaba.
El sector encontró un error que corregir.
Petinatti encontró una confirmación de su relato.
La izquierda orgánica encontró una incomodidad que ordenar.
La derecha opinante encontró una prueba de censura interna.
Las redes encontraron una persona a quien castigar.
Y en el medio quedó una pregunta más importante que Kramer: ¿qué tipo de conversación política estamos construyendo cuando cada frase se vuelve botín?
No hay una causa única que explique el episodio. Hay montaje. Audio, video, recorte, comunicado, columna, disculpa, mensaje privado: fragmentos que no dicen lo mismo por separado que cuando empiezan a circular juntos. En ese sentido, el recorte no es falso simplemente por ser recorte. Su verdad está en lo que selecciona, en lo que acelera y en lo que deja afuera.13
El poder mediático no está en un solo actor: aparece cuando entrevista, recorte, partido y red empiezan a funcionar como circuito.
Lo que habría que investigar
Si este episodio merece un post, no es por la anécdota. Es porque abre varias líneas de investigación sobre la cultura política uruguaya.
La primera es el poder del recorte. ¿Cuánto de la conversación pública actual está determinado por piezas de treinta segundos que viajan más rápido que cualquier contexto? Pereira dijo que la entrevista completa no era tan grave como los recortes. Esa frase no absuelve la entrevista. Pero obliga a mirar el mecanismo: el recorte no inventa siempre; selecciona, concentra, amplifica y vuelve destino una parte.
La segunda es la política como control de vocabulario. Toda fuerza política necesita acuerdos mínimos. Pero cuando esos acuerdos se vuelven un sistema de palabras obligatorias, la discusión se empobrece. No porque dé lo mismo cualquier palabra, sino porque el pensamiento queda reemplazado por verificación de lealtad.
La tercera es el uso de imágenes extremas en la militancia digital. Hay que pensar en serio qué hacen las imágenes del horror cuando circulan fuera de contextos periodísticos, judiciales, documentales o de memoria. No se trata de esconder el daño. Se trata de no convertirlo en método de hostigamiento.
La cuarta es la posición de las identidades mixtas. Una izquierda que solo tolera judíos si dicen exactamente lo esperado sobre Israel no está pensando. Una derecha que usa a una judía de izquierda solo para pegarle al Frente Amplio tampoco. Una militancia palestina que no distingue entre crítica a Israel, historia judía, gobierno, Estado y pueblo se vuelve injusta incluso cuando denuncia una injusticia real. Y una defensa de Israel que niega el sufrimiento palestino se vuelve moralmente ciega.
La quinta es Petinatti como dispositivo cultural. No alcanza con decir «Petinatti es Petinatti». Hay que estudiar por qué tantos dirigentes entran a ese tipo de conversación, qué creen que ganan, qué pierden, cómo se construye intimidad radial, cómo se administra la provocación y cómo una frase dicha con risa termina convertida en expediente político.
La sexta es el modo uruguayo de procesar conflictos globales. Uruguay mira Gaza desde lejos, pero no desde afuera. Hay comunidades, memorias, militancias, familias, identidades, miedos y solidaridades cruzadas. La distancia geográfica no simplifica nada. A veces la vuelve más peligrosa, porque permite hablar con una seguridad que no siempre se corresponde con el conocimiento.
Hablar sin contraseña
No tengo una defensa de Kramer.
Tampoco una condena empaquetada.
No me interesa convertirla en mártir ni en villana. No me interesa usarla para pegarle al Frente Amplio, a Petinatti, a la militancia palestina, a la comunidad judía, a la derecha liberal o a la izquierda orgánica. Todos esos usos ya están disponibles, y casi todos son demasiado cómodos.
Me interesa otra cosa.
Me interesa la escena de la mañana.
Una persona abre el teléfono y recibe, otra vez, el horror de un niño mutilado. No para informarse. No para documentar una realidad. No para participar de una investigación. Lo recibe como recordatorio de que todavía está bajo examen.
Esa escena dice algo de nosotros.
Dice que estamos perdiendo la diferencia entre mostrar y castigar.
Entre denunciar y disciplinar.
Entre memoria y hostigamiento.
Entre palabra necesaria y contraseña.
Entre exigir responsabilidad y exigir obediencia.
Una conversación política adulta debería poder decir varias cosas al mismo tiempo.
Que el sufrimiento civil en Gaza es intolerable.
Que el antisemitismo existe y no puede disfrazarse de solidaridad.
Que criticar al gobierno de Israel no equivale a odiar a los judíos.
Que hablar de Hamás no borra el sufrimiento palestino.
Que una dirigente puede equivocarse.
Que un partido puede corregir.
Que una corrección pública puede volverse castigo.
Que un recorte puede mostrar algo real y, al mismo tiempo, deformar el conjunto.
Que una causa justa no queda autorizada a usar cualquier método.
Que nadie debería recibir niños mutilados todas las mañanas para probar que todavía conserva humanidad.
Lo difícil no es elegir una de esas frases.
Lo difícil es sostenerlas juntas.
Ahí la diferencia entre hablar y repetir se vuelve decisiva. Hablar no es emitir una señal para que el grupo nos reconozca. Hablar es hacerse cargo de lo que una palabra abre o cierra en un mundo compartido. Cuando la palabra solo repite lo que ya circula para quedar dentro del clima, se vuelve habladuría. Y cuando una conversación cuida el modo en que deja aparecer a los otros, ya no los trata como expediente, contraseña o material de castigo.14
Tal vez ahí empieza una conversación que todavía no sabemos tener: una conversación sin contraseña, sin videos como amenaza, sin pureza como reemplazo del pensamiento, sin convertir cada palabra en frontera.
Porque si el horror necesita una contraseña para ser reconocido, entonces ya no estamos mirando el horror.
Estamos mirándonos entre nosotros, vigilando quién entra y quién queda afuera.
Martín Álvarez
Tremendos Libros
@unfalsoguru
Referencias
Footnotes
-
Reel de Instagram publicado por Jorge Balmelli en la cuenta de Aire Rico 99.5, enlace. Se cita como fuente del video posterior de Patricia «Pata» Kramer mencionado en el ensayo; Instagram puede requerir sesión para verlo. ↩ ↩2
-
Azul FM, «La entrevista: Pata Kramer», Malos Pensamientos, 20 de octubre de 2025. Audio original usado para transcripción de trabajo. ↩
-
El Observador, «Sector de Pata Kramer dijo que cometió errores de contenido y de forma en entrevista con Petinatti donde habló de Israel y Palestina», octubre de 2025. ↩
-
Sandino Núñez, Breve diccionario para tiempos estúpidos, entradas «Comunicación», «Información», «Transmisión», «Sensibilidad», «Victimización» y «Códigos». La referencia permite leer el vocabulario público contemporáneo como red de circulación, pertenencia y marca moral. ↩
-
Montevideo Portal, «Comentarios desafortunados: sector de Pata Kramer crítico con sus dichos sobre Gaza», 26 de octubre de 2025. ↩ ↩2
-
Montevideo Portal, «Esta situación me generó dolor íntimo: Pata Kramer tras polémica sobre Gaza», 27 de octubre de 2025. ↩
-
Roland Barthes, Mitologías; Sandino Núñez, Breve diccionario para tiempos estúpidos, entrada «Códigos». Ambas referencias permiten pensar cuándo una palabra deja de argumentar y empieza a funcionar como signo de pertenencia. ↩
-
Marcelo Marchese, en la entrevista publicada por Tremendos Libros, «La última entrevista con Guillermo Vázquez Franco». La frase aparece en una conversación sobre fuentes, documentos, Cervantes, historiadores, números y estadísticas. ↩
-
El Observador, «Fernando Pereira dijo que Petinatti alimenta un odio a la izquierda y que no irá más a su programa», 24 de octubre de 2025. ↩
-
Montevideo Portal, «Fernando Pereira abordó su postura sobre Petinatti y reafirmó que no le dará entrevistas», 28 de octubre de 2025. ↩
-
Álvaro Ahunchain, «El disciplinamiento», El País, 29 de octubre de 2025. ↩
-
Caras y Caretas, «Kramer vs. Kramer», octubre de 2025. ↩
-
Walter Benjamin, Libro de los pasajes. La idea de montaje permite leer fragmentos heterogéneos sin reducirlos a una causa única. ↩
-
Jesús Adrián Escudero, El lenguaje de Heidegger: diccionario filosófico 1912-1927, entradas sobre habla, habladuría y cuidado. La referencia ayuda a distinguir entre hablar, repetir y hacerse cargo de una palabra en común. ↩
El episodio público en torno a Patricia «Pata» Kramer, sus declaraciones sobre Gaza en una entrevista radial y la posterior circulación de fragmentos permite observar una dinámica frecuente de la conversación política contemporánea: la exigencia de una palabra correcta como prueba de pertenencia moral.
El punto no es minimizar la gravedad de la guerra ni el dolor de las víctimas. Tampoco es absolver cualquier formulación pública. El problema aparece cuando el debate se organiza menos por la comprensión de una posición que por la detección de una contraseña verbal capaz de habilitar o cancelar a quien habla.
En ese marco, una entrevista, un recorte, una reacción partidaria y una circulación en redes pueden formar un mismo circuito de corrección pública.
La escena y el recorte
La entrevista radial ofrece una situación específica: un conductor, una invitada, preguntas, interrupciones, tono, duración y contexto. Cuando una frase sale de esa escena y circula como fragmento, su sentido puede intensificarse, simplificarse o desplazarse.
Eso no significa que el recorte invente todo. Un fragmento puede mostrar algo real. Pero también puede convertir una escena compleja en una prueba única: se mira la frase aislada y se exige una respuesta inmediata.
La velocidad de las redes y de algunos medios favorece ese pasaje. Primero aparece el clip; luego llegan las lecturas, los comunicados, las defensas, los ataques y las exigencias de alineamiento.
Dolor público y disciplina
El dolor de las víctimas no debería funcionar como instrumento de disciplinamiento discursivo. La discusión sobre Gaza exige responsabilidad, información y sensibilidad. Pero esa responsabilidad no se agota en repetir la palabra esperada ni en someter a una persona a una ceremonia de corrección.
La política democrática necesita poder discutir formulaciones equivocadas sin convertir cada error en una prueba de identidad completa. También necesita distinguir entre crítica, sanción simbólica, hostigamiento y uso partidario del daño.
El episodio muestra una dificultad mayor: cuando la conversación pública se vuelve contraseña, el lenguaje deja de servir para pensar y empieza a funcionar como marca de pertenencia.