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Herrera contra la nube Herrera, la IA y la soberanía

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A Luis Alberto de Herrera, no por nostalgia de un país quieto, sino por una pregunta que todavía incomoda: cómo entra un país pequeño al mundo sin entregar su soberanía en la puerta.

La escena fácil sería poner a Herrera frente a una computadora y hacerlo rezongar.

Un viejo caudillo blanco, severo, desconfiado, mirando la pantalla como quien mira una invasión. La caricatura saldría sola: Herrera contra los robots, Herrera contra el futuro, Herrera defendiendo una patria de alambre, estancia y retrato familiar frente a un siglo que ya no pide permiso.

Pero esa escena no sirve.

Sirve para confirmar prejuicios, no para pensar.

La pregunta más interesante no es si Luis Alberto de Herrera habría usado inteligencia artificial. Esa pregunta es demasiado chica. Lo reduce a usuario. Lo sienta frente a una aplicación, como si la política del siglo XXI entrara en el tamaño de una pantalla.

La pregunta seria es otra:

¿qué habría visto Herrera en una época donde la dependencia ya no llega solamente con cañones, empréstitos, embajadas, ferrocarriles, bases militares o tratados, sino también con nubes, modelos cerrados, plataformas, datos, chips, sistemas de recomendación, infraestructura digital y proveedores que saben más del Estado que el propio Estado?

Mi impresión es que Herrera no habría preguntado primero si la inteligencia artificial piensa.

Habría preguntado quién la aloja.

Quién la entrena.

Quién tiene los datos.

Quién audita el sistema.

Dónde queda el expediente.

Qué país se vuelve imprescindible y qué país se vuelve cliente.

Y, sobre todo, quién manda cuando una tecnología extranjera empieza a organizar la administración, la educación, el trabajo, la cultura, la seguridad, la producción y el lenguaje público.

Ucronía visual de Herrera ante una ciudad de datos, un mapa de Uruguay y una computadora

La pregunta herrerista no sería si la máquina contesta. Sería desde dónde contesta, para quién trabaja y qué dependencia deja instalada.

No volvería para defender el pasado

Hay una forma perezosa de invocar a Herrera: usarlo como contraseña de tradición.

El gesto funciona porque hay materiales para hacerlo. Herrera fue líder del Partido Nacional, historiador revisionista, periodista, diplomático, abogado, dirigente de larga duración y constructor de una corriente política que marcó a los blancos durante casi todo el siglo XX. Nació en Montevideo en 1873, murió en 1959 y atravesó revolución, Parlamento, prensa, diplomacia, Consejo Nacional de Administración, Consejo Nacional de Gobierno y campañas presidenciales que nunca lo llevaron a la Presidencia.1

También hay un Herrera más incómodo para las lecturas simples.

Fue revolucionario blanco en 1897 y 1904, pero también negociador de paz y de reglas electorales. Fue opositor duro de Batlle, pero presentó junto a Carlos Roxlo un primer proyecto de limitación de la jornada laboral, señalado por la Biblioteca del Poder Legislativo como antecedente de la ley de ocho horas.1 Fue liberal conservador, pero no fue un simple apologista del no hacer. Fue ruralista, pero no un provinciano incapaz de leer el mundo. Fue crítico del jacobinismo, pero estudió con obsesión relaciones internacionales, diplomacia, historia regional y el lugar de Uruguay entre potencias.

Ese Herrera es más útil.

No porque sea más cómodo, sino porque obliga a no convertirlo en estampita.

Gerardo Caetano caracteriza el primer herrerismo por tres notas: liberalismo conservador antijacobino, realismo internacional y ruralismo.2 Esa tríada alcanza para construir una pregunta contemporánea bastante potente. Si Batlle sirve para pensar qué instituciones necesita una modernidad democrática, Herrera sirve para preguntar qué dependencias esconde esa modernidad cuando llega envuelta en promesa universal.

No hay que imaginar a Herrera como enemigo automático de la técnica.

Eso sería demasiado fácil.

Herrera no fue un aislado de aldea. Fue secretario de delegación en Washington, escribió Desde Washington, La labor diplomática en Norte América, La Doctrina Drago y el interés del Uruguay, El Uruguay Internacional, La misión Ponsonby, entre muchas otras obras políticas e históricas.1 Su mirada no era localista en el sentido estrecho. Era una mirada nacional hacia afuera. Pensaba al Uruguay como un problema internacional.

Ahí empieza la actualidad.

Porque en 2026 Uruguay vuelve a ser, de otro modo, un problema internacional.

No por falta de mapa.

Por exceso de infraestructura ajena.

La nube como nueva cuestión internacional

La inteligencia artificial suele presentarse como herramienta.

Herrera la miraría como geopolítica.

La palabra herramienta tranquiliza. Parece algo que uno toma, usa y deja. Una pinza, un lápiz, un programa, un asistente. Si sirve, se usa. Si no sirve, se descarta. Esa es la escala cómoda del usuario.

Pero la IA generativa no llega sola. Llega con centros de datos, modelos entrenados en volúmenes enormes de información, chips escasos, proveedores globales, contratos de nube, dependencias de software, estándares privados, sistemas operativos, plataformas educativas, interfaces de atención pública, motores de búsqueda, publicidad, métricas, filtros y capacidades técnicas que pocos Estados pequeños pueden producir por sí mismos.

Eso ya no es una herramienta.

Es una relación de poder.

En el siglo XIX y buena parte del XX, un país pequeño tenía que mirar ferrocarriles, puertos, ríos, deuda, armadas, vecinos, diplomacia británica, presión brasileña, Argentina, Paraguay, guerras regionales y doctrinas jurídicas. Herrera hizo de esa mirada un tema central. No pensó a Uruguay como isla moral. Lo pensó dentro de una cuenca, entre potencias, con historia, con amenazas, con necesidad de maniobra.

La nube cambia el escenario, pero no elimina la pregunta.

¿Dónde está la infraestructura?

¿Quién puede apagarla?

¿Bajo qué jurisdicción quedan los datos?

¿Qué proveedor administra el sistema que resume expedientes, clasifica riesgos, atiende ciudadanos o asiste a docentes?

¿Qué pasa si el precio cambia?

¿Qué pasa si una condición contractual se vuelve política pública de hecho?

¿Qué pasa si el Estado se acostumbra a comprar inteligencia y deja de producirla?

Uruguay tiene una Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial 2024-2030. Es un punto de partida importante. AGESIC la presentó como una política para desarrollo sostenible, crecimiento inclusivo, uso ético y responsable, capacidades nacionales, gobernanza, datos, talento, infraestructura y fortalecimiento de la soberanía.3 UNESCO, por su parte, publicó un perfil de Uruguay basado en su metodología de preparación para IA, con un informe país sobre el panorama sociotécnico y los hallazgos principales.4

Eso importa.

Pero Herrera probablemente no se conformaría con la existencia de una estrategia.

Preguntaría por su fuerza material.

Una estrategia sin capacidad de cómputo, sin talento estable, sin compras públicas exigentes, sin auditoría independiente, sin universidad fuerte, sin datos públicos de calidad, sin protección real de privacidad y sin negociación regional puede transformarse en una carta de buenas intenciones escrita encima de infraestructura ajena.

Y Herrera no habría confundido el papel con la soberanía.

Mapa de Uruguay cruzado por líneas de datos, cables, documentos diplomáticos y rutas de infraestructura digital

La soberanía técnica no empieza cuando un país dice «innovación». Empieza cuando puede entender, auditar, negociar y reemplazar aquello de lo que depende.

Soberanía no es aislamiento

Hay que despejar una trampa.

Soberanía no significa encerrarse.

Un herrerismo de museo podría caer en esa tentación: convertir la defensa nacional en alergia al mundo, sospechar de toda cooperación, confundir prudencia con inmovilidad, imaginar que el país se salva si mira hacia adentro y se cubre con palabras viejas.

Pero el realismo internacional de Herrera apunta a otra cosa.

Un país pequeño no se salva negando el mundo. Se salva leyendo bien sus dependencias.

Esa diferencia es decisiva.

La IA obliga a Uruguay a cooperar, importar, adaptar, negociar, aprender y usar tecnologías que no produce enteramente. Sería absurdo negar eso. Ningún programa serio puede prometer una autosuficiencia total en modelos fundacionales, chips, nubes globales o investigación de frontera. La soberanía de un país pequeño no consiste en hacer todo solo. Consiste en saber qué no puede dejar de comprender, qué no puede delegar sin límite y qué capacidades mínimas necesita para no volverse rehén.

Soberanía, en este siglo, puede querer decir cosas muy concretas:

No comprar sistemas públicos que nadie puede auditar.

No entregar datos sensibles como si fueran residuo administrativo.

No dejar que la escuela pública dependa de plataformas opacas.

No permitir que una oficina estatal se modernice perdiendo la inteligencia de su propio proceso.

No confundir «nube» con neutralidad.

No convertir al ciudadano en material de entrenamiento involuntario.

No aceptar que el ahorro de tiempo público se mida solo por reducción de personal y no por mejora de derechos.

No quedar atado a un proveedor como antes se quedaba atado a una ruta, un puerto o un banco.

La pregunta no es si Uruguay usa IA.

La pregunta es si Uruguay puede discutir las condiciones de esa IA.

Ese es un punto herrerista.

El país chico tiene que saber cuándo está negociando y cuándo está obedeciendo.

El territorio vuelve por la ventana

La IA parece desterritorializada.

Esa es parte de su seducción.

Todo flota. La nube, el dato, el modelo, la plataforma, la recomendación, el algoritmo. Se habla como si el mundo material hubiera quedado atrás. Como si producir inteligencia artificial no consumiera energía, agua, suelo, minerales, cables, puertos, logística, electricidad, capital humano, contratos, jurisdicciones y decisiones políticas.

Herrera desconfiaría de esa abstracción.

Su ruralismo no puede copiarse como programa cerrado. Tenía límites evidentes: jerarquías sociales naturalizadas, idealización del campo, desconfianza ante igualitarismos que hoy no deberíamos heredar sin crítica. Pero su insistencia en el territorio puede servir contra una ilusión contemporánea: la idea de que la economía digital ocurre en ningún lugar.

La IA ocurre en lugares.

En centros de datos.

En redes eléctricas.

En escuelas que enseñan o no enseñan a pensar con tecnología.

En oficinas públicas que compran sistemas sin saber evaluarlos.

En empresas agropecuarias que incorporan sensores, predicción climática, visión artificial, trazabilidad y logística.

En trabajadores que ven modificada la autonomía de su tarea.

En artistas, libreros, docentes, periodistas, abogados, médicos y funcionarios que empiezan a convivir con sistemas que producen texto, resumen, clasificación, imagen, voz y decisión probable.

En ciudadanos que no siempre saben cuándo están hablando con una persona, con una interfaz o con una administración automatizada.

La OIT advierte que la IA generativa probablemente complemente más empleos de los que destruya en forma completa, pero que su mayor impacto puede estar en la calidad del trabajo, la intensidad y la autonomía.5 Esa observación es central para Uruguay. No alcanza con preguntar cuántos empleos desaparecen. Hay que preguntar qué tipo de trabajo queda, quién fija el ritmo, quién captura productividad y quién entiende el sistema.

Ahí Herrera y Batlle se tocan por un instante inesperado.

El antecedente herrerista de limitación de jornada y la ley batllista de ocho horas no son lo mismo, pero muestran algo: incluso desde tradiciones distintas, la modernización obligaba a poner límites a formas de poder que podían devorar vida humana.

En el siglo XXI, esa pregunta vuelve por software.

No es solo la fábrica.

Es el tablero.

No es solo el patrón.

Es la arquitectura.

No es solo la jornada.

Es la disponibilidad permanente.

Qué sociedad imaginaría

Si Herrera mirara este siglo, no creo que imaginara una sociedad organizada alrededor de la aceleración.

Esa sería su primera distancia con el presente.

El siglo XXI empuja a confundir movimiento con destino. Actualizar, escalar, automatizar, conectar, optimizar, crecer, iterar. Cada verbo parece obligatorio. Si uno duda, queda viejo. Si pregunta por dependencia, parece antiinnovación. Si pregunta por territorio, parece no haber entendido la nube.

Herrera tendría afinidad con otra idea de sociedad: más arraigada, más consciente de su historia, más celosa de su autonomía, más atenta a productores concretos que a abstracciones financieras o técnicas, más desconfiada del poder central cuando se presenta como razón única, más sensible a la continuidad de una comunidad nacional que a la moda del momento.

Eso puede sonar viejo.

Pero no necesariamente lo es.

Una sociedad con IA necesita arraigo precisamente porque la herramienta tiende a producir homogeneización. El mismo modelo puede resumir expedientes, escribir comunicados, sugerir clases, traducir políticas públicas, corregir textos, responder reclamos, diseñar campañas y ordenar prioridades con una lengua limpia, eficiente y deslocalizada. Todo parece correcto. Todo parece razonable. Todo parece escrito por una oficina global de sentido común.

El peligro no es que la máquina se equivoque.

El peligro es que acierte con una voz que no pertenece a nadie.

Herrera habría olido ahí una pérdida política.

Un país no es solo una administración. Es memoria, conflicto, territorio, lenguas, acentos, oficios, lealtades, heridas, bibliotecas, productores, escuelas, barrios, caminos, ferias, archivos, costas, pueblos, ciudades, canciones, derrotas, pactos y disputas. Cuando la inteligencia artificial entra en la vida pública, la pregunta cultural no es menor. No alcanza con que el sistema funcione. Hay que preguntar qué sensibilidad vuelve normal.

La sociedad herrerista que vale la pena traducir al presente no sería una sociedad cerrada ni conservada en formol.

Sería una sociedad que usa tecnología sin perder espesor propio.

Un Uruguay que automatiza trámites sin automatizar criterio.

Que incorpora IA al agro sin convertir el territorio en un panel remoto para capitales que no lo habitan.

Que usa datos públicos sin convertir al ciudadano en recurso extractivo.

Que enseña ciencia, programación y estadística, pero también historia, literatura, música, filosofía y derecho constitucional.

Que puede producir software y también producir juicio sobre el software.

Que no se disculpa por ser pequeño, pero tampoco se miente grande.

Que coopera porque conoce sus límites.

Que negocia porque conoce su valor.

Que moderniza porque sabe qué quiere conservar.

La mesa con Batlle

El vínculo con Batlle no puede resolverse como partido de fútbol.

Herrera y Batlle fueron adversarios reales, no personajes complementarios de una lámina escolar. La biografía parlamentaria de Herrera recuerda que en 1906, por la prédica de La Democracia, él y Roxlo fueron detenidos por orden del presidente Batlle y Ordóñez, con violación de fueros parlamentarios según esa fuente, en un episodio que terminó incluso en desafío a duelo.1 La distancia política no era decorativa.

También había diferencias de fondo.

Batlle representó una modernización urbana, estatista, laica, industrialista, reformista. Sus gobiernos empujaron nacionalizaciones, servicios públicos, intervención económica, legislación social y una idea de Estado capaz de integrar ciudadanía. Los materiales educativos de ANEP describen al batllismo como impulsor de un modelo urbano industrial, con estatización, nacionalización y monopolio en servicios como electricidad, agua, banca, seguros y puerto, orientado a asegurar acceso a servicios esenciales y estimular industria y comercio.6

Herrera miraba ese impulso con sospecha. En su liberalismo conservador había rechazo al jacobinismo, al igualitarismo abstracto, al centralismo urbano y al Estado que pretende rehacer la sociedad desde arriba. Caetano lo coloca como contracara del republicanismo solidarista batllista, dentro de una gran disputa uruguaya entre liberalismo conservador o individualista y republicanismo solidarista.2

Entonces, ¿qué vínculo tendría hoy con Batlle ante la IA?

Afinidad y distancia.

Afinidad porque ambos entenderían que la tecnología no es neutral cuando organiza la vida común. Batlle preguntaría por derechos, igualdad, trabajo, educación, servicios públicos, capacidad estatal. Herrera preguntaría por soberanía, dependencia, jurisdicción, territorio, límites del centralismo, poder externo. Las dos preguntas son necesarias.

Distancia porque Batlle tendería a imaginar instituciones públicas expansivas para domesticar la tecnología, mientras Herrera preguntaría si esas instituciones no corren el riesgo de crear otra concentración de poder. Batlle querría que el Estado pudiera intervenir. Herrera querría que el Estado no se volviera una administración dócil de inteligencias ajenas ni una máquina central que aplasta la vida social en nombre del progreso.

La discusión fecunda no sería elegir uno.

Sería sentarlos en la misma mesa.

Mesa simbólica con dos sillas vacías, mapas rurales, planos urbanos y una computadora cerrada al centro

Batlle preguntaría qué institución protege la igualdad. Herrera preguntaría qué dependencia esconde esa institución. Uruguay necesita las dos preguntas.

Hay algo que Batlle debería aprender de Herrera: la modernidad también puede ser dependencia.

Hay algo que Herrera debería aprender de Batlle: la soberanía sin institución se vuelve nostalgia, gesto o queja.

La IA exige ese cruce.

Un país chico no puede enfrentar plataformas globales solo con mercado, ni solo con Estado, ni solo con orgullo nacional. Necesita instituciones capaces, ciudadanía formada, empresas innovadoras, universidad fuerte, cooperación regional, compras públicas inteligentes, privacidad robusta, política cultural y límites democráticos.

Batlle sin Herrera puede caer en la confianza excesiva en el Estado moderno.

Herrera sin Batlle puede caer en la melancolía defensiva.

Juntos, si se los lee sin bronce, producen una pregunta mejor:

¿cómo construye Uruguay capacidad pública sin perder soberanía social, territorial y democrática?

Un programa herrerista para la IA

Si hubiera que traducir a Herrera al siglo XXI, no empezaría por una consigna contra la IA.

Empezaría por una auditoría de dependencias.

Primero: mapa nacional de infraestructura crítica digital. Qué sistemas usa el Estado, dónde están alojados, bajo qué jurisdicción, con qué proveedores, con qué cláusulas de salida, con qué niveles de acceso a datos, con qué dependencia técnica y con qué capacidad interna para reemplazarlos.

Segundo: compras públicas con soberanía incorporada. Cada contrato de IA o nube que toque derechos, educación, salud, seguridad, justicia, trámites o datos sensibles debería incluir auditoría, documentación, portabilidad, estándares abiertos cuando corresponda, evaluación de impacto y cláusulas de reversibilidad. Comprar barato puede salir carísimo si el país queda encerrado.

Tercero: datos como patrimonio bajo custodia democrática. No se trata de abrir todo ni de estatizar cada dato. Se trata de saber qué datos son estratégicos, cuáles requieren máxima privacidad, cuáles pueden alimentar investigación pública y cuáles no deberían entregarse a terceros sin control. La protección de datos no es burocracia: es soberanía ciudadana.

Cuarto: capacidad técnica propia. Uruguay no necesita fingir que competirá solo contra gigantes globales, pero sí necesita equipos públicos y universitarios capaces de auditar modelos, evaluar sesgos, revisar seguridad, entender costos, comparar proveedores, producir herramientas abiertas y formar criterio nacional. Un Estado que no entiende lo que compra no gobierna. Administra dependencia.

Quinto: IA para territorio y producción, no solo para oficina. La mirada herrerista exigiría llevar la discusión al agro, la logística, el agua, la energía, el clima, la trazabilidad, la sanidad animal, los pequeños productores, las rutas, los puertos, los pueblos y la descentralización. La IA no puede ser únicamente un juguete de ministerio, consultora y evento urbano.

Sexto: escuela de soberanía técnica. No alcanza con enseñar prompts. Hay que enseñar cómo se producen datos, qué es una predicción, qué sesgos puede traer un sistema, qué derechos tiene una persona frente a una decisión automatizada, cómo se verifica una fuente, cómo se escribe con herramientas sin perder responsabilidad y cómo se discute una recomendación técnica.

Séptimo: cooperación regional. Herrera pensaba el Río de la Plata y la región. Un Uruguay serio en IA debería mirar al Mercosur, América Latina, universidades, agencias públicas y redes técnicas para negociar estándares, auditorías, infraestructura, regulación y compras. La escala nacional importa, pero la escala regional puede dar músculo.

Octavo: límites al Estado automatizado. Este punto es esencial. Una lectura herrerista no puede terminar en tecnocracia estatal. Si el Estado usa IA, tiene que explicar, registrar, permitir apelación, preservar revisión humana, publicar criterios, proteger intimidad y evitar vigilancia desproporcionada. La soberanía nacional no justifica aplastar al ciudadano.

Noveno: política cultural contra la homogeneización. Bibliotecas, archivos, producción editorial, medios públicos, humanidades, investigación histórica, memoria local y circulación cultural no son adornos frente a la IA. Son defensa de una voz propia en un siglo que tiende a escribir todo con la misma prosa funcional.

Décimo: criterio antes que fascinación. La peor política de IA es la que compra novedad para parecer contemporánea. La mejor es la que pregunta qué problema público resuelve, qué costo crea, qué dependencia instala, qué derecho toca, qué capacidad deja y qué vida humana agranda.

Ese sería el Herrera útil.

No el que se opone al siglo.

El que obliga al siglo a decir desde dónde viene.

Lo que hay que dejar atrás

También hay que decir qué no conviene traer de Herrera.

Porque dedicarle un ensayo no exige absolverlo.

El liberalismo conservador de Herrera tuvo zonas que hoy no deberían repetirse: naturalización de jerarquías, desconfianza ante igualitarismos necesarios, ruralismo idealizado, dureza frente a proyectos de democratización social, ambigüedades y decisiones políticas que no pueden pasar sin examen, incluido su apoyo al golpe de Estado de 1933, señalado en su biografía parlamentaria como una fractura con el Nacionalismo Independiente.1

Un Herrera del siglo XXI no puede ser excusa para retroceder en derechos.

No puede ser coartada para romantizar desigualdades.

No puede ser refugio contra la educación científica.

No puede ser una forma elegante de decir que el país debe quedarse como estaba.

Si sirve, sirve de otra manera.

Sirve para recordarle al progresismo tecnológico que la modernización puede ser colonia.

Sirve para recordarle al liberalismo económico que el mercado global también concentra poder.

Sirve para recordarle al Estado que soberanía no es comprar sistemas que no entiende.

Sirve para recordarle al campo que la tradición sin inteligencia se vuelve atraso.

Sirve para recordarle a la ciudad que no hay nube sin suelo.

Sirve para recordarnos que un país pequeño no tiene derecho a ser ingenuo.

La inteligencia artificial puede ayudar a Uruguay. Puede ahorrar tiempo, mejorar trámites, abrir investigación, asistir docentes, fortalecer salud, hacer más eficiente la producción, ordenar expedientes, detectar riesgos, traducir conocimiento, ampliar accesibilidad y liberar capacidades humanas.

Pero también puede convertir al país en usuario obediente.

Puede hacer que el Estado compre criterio externo.

Puede hacer que la educación pública se vuelva canal de plataformas.

Puede hacer que el trabajo pierda autonomía con lenguaje de eficiencia.

Puede hacer que la cultura nacional escriba, lea y se recomiende según lógicas que no responden ante nadie en Uruguay.

Puede hacer que la soberanía se pierda sin épica, sin desembarco, sin bandera extranjera en el puerto.

Solo con términos y condiciones.

Por eso Herrera vuelve.

No vuelve para cerrar la puerta.

Vuelve para pararse en el umbral y preguntar quién entra, con qué contrato, bajo qué ley, para hacer qué, con qué datos y con qué derecho a quedarse.

Batlle nos enseñó a preguntar qué institución exige la modernidad para no abandonar al ciudadano.

Herrera nos enseña a preguntar qué dependencia trae esa modernidad cuando viene demasiado segura de sí misma.

El siglo XXI necesita las dos preguntas.

Pero este ensayo se lo dedico a Herrera porque la segunda está siendo demasiado olvidada.

Martín Álvarez
Tremendos Libros
@unfalsoguru

Referencias

Footnotes

  1. Biblioteca del Poder Legislativo, «Herrera, Luis Alberto de», biobibliografía con datos de vida, actuación política, bibliografía y referencias. 2 3 4 5

  2. Gerardo Caetano, «El primer herrerismo. Liberalismo conservador, realismo internacional y ruralismo (1873-1925)», Prismas, Universidad Nacional de Quilmes, 2021. 2

  3. AGESIC, «Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial 2024-2030», aprobada el 21 de noviembre de 2024 por el Comité Estratégico del Sector Público para la Inteligencia Artificial y Datos.

  4. UNESCO, perfil de Uruguay en el Global AI Ethics and Governance Observatory, basado en la Metodología de Evaluación del Estado de Preparación para IA.

  5. Organización Internacional del Trabajo, «Generative AI likely to augment rather than destroy jobs», 21 de agosto de 2023.

  6. ANEP / Contenidos Educativos Digitales, «Las reformas económicas del batllismo», material sobre estatizaciones, nacionalizaciones, servicios públicos y modelo urbano industrial.

Ucronía visual de Herrera ante una ciudad de datos, un mapa de Uruguay y una computadora

Luis Alberto de Herrera puede leerse hoy como una clave para pensar la inteligencia artificial desde una preocupación específica: la soberanía. No se trata de imaginar qué aplicación habría usado, sino qué tipo de dependencia habría detectado en un mundo donde la infraestructura digital, los datos, los modelos, la nube y las plataformas organizan cada vez más aspectos de la vida pública.

La pregunta no es si Herrera habría aceptado o rechazado la IA. La pregunta relevante es bajo qué condiciones un país pequeño puede incorporar tecnologías estratégicas sin transformarse en un usuario subordinado.

Herrera fue político, abogado, diplomático, periodista, historiador y líder del Partido Nacional. Su biografía incluye participación revolucionaria, actividad parlamentaria, negociación electoral, producción historiográfica y una atención sostenida a la inserción internacional del Uruguay. La Biblioteca del Poder Legislativo destaca, entre otros datos, su paso por Washington, sus escritos sobre política exterior, su papel en el nacionalismo y su presentación junto a Carlos Roxlo de un proyecto antecedente de limitación de la jornada laboral.

Gerardo Caetano caracteriza el primer herrerismo por tres rasgos: liberalismo conservador antijacobino, realismo internacional y ruralismo. Traducidos al siglo XXI, esos elementos permiten formular una pregunta contemporánea: qué dependencias esconde la modernización tecnológica cuando llega a través de proveedores globales, sistemas cerrados y capacidades que el Estado no siempre puede auditar.

La IA como infraestructura

La IA no llega solo como herramienta. Llega junto con centros de datos, contratos de nube, modelos entrenados por grandes empresas, chips, plataformas, estándares privados, sistemas de recomendación, servicios educativos y capacidades técnicas concentradas. Para un país pequeño, el problema no es usar o no usar esa tecnología. El problema es saber qué se delega, qué se entiende, qué se puede sustituir y qué queda bajo control democrático.

Uruguay cuenta con una Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial 2024-2030, aprobada en 2024, que plantea gobernanza, capacidades, desarrollo sostenible, uso ético y fortalecimiento de la soberanía. También existe un perfil de UNESCO sobre el estado de preparación del país en IA. Esos instrumentos son importantes, pero no resuelven por sí solos la cuestión material: infraestructura, talento, auditoría, compras públicas, protección de datos y capacidad estatal.

Desde una lectura herrerista, una estrategia de IA debería empezar por un mapa de dependencias: dónde están alojados los sistemas públicos, qué proveedores los administran, qué datos procesan, bajo qué jurisdicción operan, qué cláusulas de salida existen y qué capacidad nacional hay para auditarlos o reemplazarlos.

Herrera y Batlle

El contraste con José Batlle y Ordóñez permite ordenar la discusión. Batlle representó una modernización urbana, estatista, reformista y orientada a servicios públicos, legislación social y ampliación de ciudadanía. Herrera, en cambio, desconfió del centralismo, del jacobinismo y del Estado que pretende rehacer la sociedad desde arriba.

Ante la IA, Batlle preguntaría qué instituciones públicas necesita la modernidad tecnológica para proteger igualdad, educación, trabajo y servicios. Herrera preguntaría qué dependencia externa trae esa modernidad y qué concentración de poder puede instalar, tanto en empresas como en el propio Estado.

La tensión es productiva. Batlle sin Herrera puede derivar en confianza excesiva en el Estado moderno. Herrera sin Batlle puede derivar en nostalgia defensiva. Leídos juntos, permiten plantear una cuestión más completa: cómo construir capacidad pública sin entregar soberanía social, territorial y democrática.

Territorio y trabajo

La IA suele presentarse como algo desterritorializado, pero depende de energía, centros de datos, cables, logística, jurisdicciones, talento y contratos. En ese punto, el ruralismo de Herrera puede funcionar como advertencia contra una abstracción frecuente: la idea de que la economía digital ocurre en ningún lugar.

La tecnología impacta en el agro, la logística, el clima, la trazabilidad, la sanidad animal, la administración pública, la educación, la cultura y el trabajo. La OIT advierte que la IA generativa probablemente complemente más empleos de los que destruya por completo, pero que puede modificar calidad del trabajo, intensidad y autonomía. Ese punto conecta con una pregunta clásica de la política social: quién fija el ritmo, quién captura productividad y qué límites protegen la vida humana.

Un programa posible

Una traducción contemporánea de Herrera no debería ser anti tecnológica. Debería ser anti dependencia. Eso implicaría compras públicas con auditoría y portabilidad, protección estricta de datos sensibles, equipos técnicos públicos y universitarios capaces de evaluar sistemas, cooperación regional, uso de IA para territorio y producción, educación en soberanía técnica y límites claros al Estado automatizado.

La IA puede mejorar trámites, salud, educación, producción, accesibilidad e investigación. Pero también puede convertir al Estado en comprador de criterio externo, a la educación pública en canal de plataformas, al trabajo en una arquitectura menos autónoma y a la cultura nacional en contenido ordenado por lógicas ajenas.

Herrera no sirve hoy como excusa para volver al pasado. Sirve como pregunta sobre el presente: cómo entra un país pequeño al siglo de la inteligencia artificial sin perder la capacidad de decidir por sí mismo.



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