
Una conversación con Natacha Amaya, editora de Dospájaros, sobre libros artesanales, lentitud, bibliodiversidad y cuidado.
La conversación con Natacha Amaya no empezó por el principio. Tampoco terminó en una conclusión ordenada. Fue una charla de mesa: libros, Venezuela, Uruguay, política, precio único, bibliodiversidad, imprentas, papel, trabajo, nombres, errores y ganas de hacer.
Por eso esta entrevista no sigue la cronología de la grabación. Está organizada por temas. No es una transcripción literal ni taquigráfica: es una edición de lectura hecha a partir de la transcripción literal. Se reordenaron bloques, se limpiaron repeticiones, muletillas y solapamientos, se corrigieron nombres propios y se conservó la voz: su modo de pensar en movimiento, de corregirse, de reírse, de tomar una idea y llevarla a otra parte.
En el centro aparece una intuición que atraviesa todo:
«El libro es un humor estético»
Natacha: Aunque pienso que el libro no es una cosa decorativa, ni un lujo de editor exquisito, sí considero mucho la forma del objeto. Cada libro pide una materia, una escala, una velocidad y una manera de existir particular. Por eso no me parece adecuado que todos los libros sean iguales.
La escala mínima

Martín: Dospájaros empieza en 2021. ¿Cómo fue ese comienzo? Porque no parece haber nacido como una editorial con plan de expansión, sino más bien como una escala de trabajo posible.
Natacha: Empecé de manera muy tímida, publicando dos títulos, en realidad dos plaquetas que no llegaban a ser libro. Esa decisión era una respuesta a las posibilidades de mi bolsillo. Una plaqueta es el resultado de tres o cuatro hojas dobladas y listo. Era algo que podía manejar, algo económicamente viable. Después de esos primeros experimentos/títulos hablé con editores venezolanos, con Ricardo Ramírez Requena, que es el director de La Poeteca, una de las pocas instituciones que sigue funcionando en Venezuela. Tienen una curaduría de libros de poesía y todo un proyecto súper interesante. Me acerqué y le dije: «mira, quiero iniciar este proyecto, pero necesito ayuda para conseguir escritores que estén produciendo y que estén en nivel de publicación».
Él me recomendó los dos primeros títulos de la colección Diaspórica para escritores venezolanos. El otro hemisferio de Jacobo Villalobos, un escritor joven que se había ganado un premio allá en Venezuela y que ahora vivía en Chile, y La mordedura tajante de Ricardo Cie, un libro humorístico bien interesante. Entonces arranqué con eso.
Rápidamente empezaron a surgir los errores, las cosas que uno tendría que haber hecho de otra manera, los arrepentimientos y las metidas de pata. De los venezolanos no me arrepiento de ninguno, pero de otras decisiones sí.
Martín: Hay algo interesante ahí: no nacés diciendo «voy a hacer una editorial grande». Nace más como un tanteo.
Natacha: Nació de manera muy ingenua. De hecho, no pensaba hacer libros, pensaba hacer grabados (que es una de mis profesiones) y las plaquetas. Pero cuando me empiezo a poner más rigurosa con la selección de los títulos, empiezo a pensar: ¿qué es lo que realmente quiero hacer? y al plantearlo como una colección de estas voces poco leídas (los escritores venezolanos). Ahí es cuando digo: «no, es que sí necesito hacer libros».
Pero bueno, siempre he pensado en la relación de la gastronomía con la edición (luego escribiré sobre eso a profundidad). Me explico mejor: nadie que quiera emprender un restaurante o un carro de panchos va a hacer un montón de comida para luego tirarla porque no se vende. Paradójicamente así funciona el negocio de las editoriales, lo que me parece un absurdo total. Entonces la meta siempre ha sido ser más coherente, más lógica. Hagamos libros a pequeña escala, lo que realmente vayamos a vender y distribuir. Esto tiene que ser escala mínima. Si realmente podemos vender 100 libros, 200 libros, hagámoslo: 50, 100, 200 libros. No más que eso.
Martín: ¿Y se hace difícil vender 100 o 200 libros?
Natacha: De literatura venezolana, sí. Se lee muy poca literatura que no sea de España, Argentina y Chile en el Uruguay. Y digo Chile con cautela.
La ingenuidad también edita

Martín: Dijiste «ingenuo» varias veces. ¿Lo decís como un defecto?
Natacha: No necesariamente. Son cosas que pasan cuando uno está haciendo algo sola. Hay que equivocarse también. Nadie me enseñó a ser editora, uno se hace en el camino lo que por supuesto trae la mochila de errores.
Martín: Vas aprendiendo sobre la marcha.
Natacha: En Venezuela había hecho unos experimentos de libros con una amiga que daba clases en la misma facultad que yo, pero habíamos hecho un solo libro y había sido también artesanal. Fue mucho más atropellado que lo que empecé a generar acá.
Así inició el proyecto: bastante ingenuo, sí. De nuevo, jaja.
Martín: Me interesa eso, porque no parece una ingenuidad tonta. Parece más bien una energía de arranque.
Natacha: Es muy natural del venezolano. Eso sí es idiosincrasia. Los venezolanos somos la gente que nunca te va a decir no como primera respuesta.
Martín: Acá al revés, acá está el palo en la rueda.
Natacha: Exacto. Me pasa con mi pareja. Me pongo a hacer algo y me dice: «ten cuidado». Mi novia es uruguaya y estamos en esa fricción. Yo quiero avanzar, y ella: «pará, pará, no vayas tan rápido». Pero está bueno, porque también te baja un poco a tierra, ella es muchas veces mi cable a tierra. En este punto ya sé cómo catalizarlo. Cuando algo realmente me genera dudas, le consulto, porque generalmente me va a decir: «sí, es verdad, tienes razón, déjalo hasta ahí, o no es por ahí». Pero cuando estoy en el momento germen de crear algo nuevo, que necesito empuje, no le comento nada. Sé que la primera respuesta va a ser ponerme todas las dificultades por delante. Y esas dificultades yo las tengo contempladas, no es que no las tenga contempladas. Así que dejo su opinión para más adelante.
Publicar una literatura que otros no esperan

Martín: Tu proyecto nace también de dar visibilidad a talentos venezolanos que no podían publicar o que no estaban circulando. ¿Hay otros proyectos trabajando en esa línea fuera de Venezuela?
Natacha: Sí, por suerte ahora son más. Hay un proyecto muy interesante que se llama Arraigo, en España y es extraño lo parecido que es a Dospájaros. Oriana es la editora y tenemos muchas similitudes: los dos proyectos empiezan el mismo año, sin conocernos; el de ella en España y el mío acá en Uruguay. Las dos trabajamos en gastronomía para poder sustentar el proyecto y las dos apostamos por la literatura venezolana. Ella me comentó que hizo un máster en edición y tenía que presentar un proyecto para terminar sus estudios, así que presentó Arraigo, de literatura venezolana, y los profes le dicen: «está todo muy bien, pero ese proyecto acá no lo vas a poder ejecutar».
Martín: ¿Por qué?
Natacha: Porque le decían que en España no se lee literatura venezolana. «¿Qué población venezolana tienes tú acá?». Le preguntaron, y aunque presentó las estadísticas de que sí, de que había población venezolana, una diáspora importante, autores y cosas interesantes, le dijeron que no. Que si quería que su proyecto editorial caminara tenía que publicar españoles.
Ella se empecinó: «no, yo lo que quiero es publicar venezolanos». Y está publicando venezolanos. Ya va por el quinto o sexto año. Ella es mucho más radical que yo, porque Dospájaros tiene un catálogo mixto: publico uruguayos y venezolanos. Ella se dedicó casi en un noventa por ciento a editar solo autores venezolanos.
Creo que estos proyectos nacen de la ingenuidad de querer aportar algo positivo, sin saber del todo en lo que te estás metiendo. De ese espíritu venezolano incansable de hacer cosas, de estar produciendo, sobre todo viniendo de un contexto donde te han quitado todo: libertad de expresión, medios económicos, tantas cosas.
El cuento que no se puede leer

Martín: Pero no te pueden quitar la creatividad. ¿Hay censura en el arte en Venezuela?
Natacha: Sí, por supuesto que hay censura. Te lo contesto con una anécdota. Publicamos a Ricardo Cie, el autor de La mordedura tajante, que sigue viviendo en Venezuela. Es un libro con un tono humorístico, pero también es un libro de cuentos muy geniales. Algunos cuentos hacen crítica social sobre Maduro y la situación política en general. Uno de los cuentos es, por ejemplo, que el personaje quiere matar a Maduro: se disfraza de Papá Noel y va a la casa de gobierno con ese plan.
Martín: ¡Apa!
Natacha: Y como el cuento estaba ambientado en diciembre, le dije: «Ricardo, ¿por qué no leemos el cuento en diciembre? Y promocionamos la lectura del libro en Navidad».
Y me dijo que no. Me dijo: «Nata, lo que pasa es que yo no puedo leer ese cuento desde acá, desde Venezuela».
Entonces, cuando tú me preguntas si hay censura, eso es un dato mínimo, una pequeñez. Después se exacerbó. Pasaron las elecciones del 2024, hubo un alboroto, una locura, la gente estaba en la calle y la policía te podía revisar el celular para ver si tenías conversaciones en WhatsApp o Instagram contra el gobierno. Te pueden meter preso si encuentran algo y la cantidad de presos políticos es inmensa.
Ese es el nivel. Censura hay de todo tipo: desde lo más solapado hasta lo más agresivo y salvaje que se pueda experimentar. No es un país libre. Por eso la migración excesiva de los últimos 15 años.
Conversar contra la camiseta

Martín: Algo que me llamó la atención fue que vos me escribiste porque te interesaba conversar. No necesariamente coincidir. Conversar.
Natacha: Porque lo que realmente debería hacer una democracia es promover la diversidad de pensamiento, el pensamiento crítico. La democracia no es la ficción de que todos pensemos igual. Primero, porque es imposible. Segundo, porque esa uniformidad de pensamiento es una cosa muy plana, muy ignorante.
¿Qué hace que exista democracia, conocimiento y avance? Que haya pluralidad de pensamiento y podamos sentarnos a una mesa a hablar de esas diferencias. Capaz en esas diferencias no encontramos coincidencias. Porque ese es otro problema, creer que hay que discutir y hablar para encontrar las similitudes. Capaz no. Pero la conversación debería existir de igual manera. Y yo veo que no es una cosa solo de Uruguay, es mundial: cada vez la gente está más radicalizada.
Martín: Como si no se pudiera hablar con alguien que piensa distinto. Es la camiseta.
Natacha: Exacto. Si yo pienso que el precio único del libro es una necesidad, no puedo conversar con alguien que no piense eso. Se plantea como un dogma. Lo mismo pasa en política. Si eres de izquierda y cuestionas algo de la izquierda, o si eres de derecha y cuestionas algo de la derecha, se sienten atacados. Como si fuera un ataque personal. No aparece la respuesta de analizar el discurso, de decir: «ah, pero ¿qué es lo que estás planteando tú?». Cuando aparece la pregunta sobre el «bando», ¿de qué lado estás? o ¿para quién estás jugando?, esa respuesta es un desplazamiento de la discusión, una distracción del punto focal hacia otro lugar que no tiene relevancia. Es la no respuesta de la inquietud, y la anulación del pensamiento crítico.
Martín: Hay una dificultad para quedarse en el punto.
Natacha: Sí. Y el totalitarismo no es solamente una dictadura formal o institucionalizada. También comienza y se da en la forma de la comunicación. Cuando dos personas no pueden sentarse y hablar de sus diferencias naturalmente. Hay que acostumbrarse al debate, a escuchar a gente opuesta ideológicamente a uno y dejar que desarrolle su idea. Después vendrá la contraargumentación, pero para ello hay que escuchar.
Martín: Hoy es quién grita más, quién hace más ruido, el insulto, la descalificación.
Natacha: Sí, porque eso pertenece a quienes no tienen ideas, ni argumentos bien formados que defender. Entonces descalifican, es una vía de escape fácil.
Precio único y palabra hueca

Martín: En el debate uruguayo sobre precio único del libro, una de las consignas fue «los libros se compran en librerías». Pero también hay librerías del interior, Instagram y librerías que no tienen local.
Natacha: Exactamente. Los libros se compran en Mercado Libre, Buscalibre, ferias, Marketplace, directamente a un editor o editorial. Y pasa que se compra en estas plataformas por la amplitud de oferta, y no me refiero al precio, sino a la tipología de libros. Libros sobre edición solo se consiguen en el extranjero, por ejemplo. Se redujo a un gremio una discusión que involucra a bibliotecas públicas, lectores, editoriales y que tiene su origen en un problema mayor en el Uruguay: el tema de la bibliodiversidad.
Puede que el precio único regule ciertas cosas, pero hay un montón de cosas que quedan por fuera. ¿Qué vamos a hacer con esas cosas? El problema es que el debate no existe o no se entiende.
Martín: Lo único que anunciaron fue una placa: «los libros se compran en librerías». Y esa frase es falsa. No se compran únicamente en librerías. También se usó mucho la palabra bibliodiversidad.
Natacha: Sí, pero si todos venden lo mismo, no existe esa bibliodiversidad. Uruguay carece de bibliodiversidad (aunque suene un poco exagerado decirlo) y de librodiversidad1, otro término súper importante del que nadie conversa.
Martín: No basta con agregar una cafetería para decir que hay bibliodiversidad. Capaz que hay café-diversidad, diferentes granos de café, pero si tenés el mismo catálogo, tu único diferencial termina siendo el precio.
Natacha: Sí. Y eso opaca la discusión y es lo que empecina a los actores de algunas librerías independientes a ir por el camino del precio único. Habría que revisar la agenda cultural de las librerías independientes. La agenda cultural te permite mantenerte vigente, en circulación, en circuito y generando dinero. Tener una librería no es sencillamente abrir la persiana y esperar pasivamente a que los lectores vayan.
Martín: Si se dijera: «vamos a hacer precio único, pero va a haber vales para estudiantes», por ejemplo, sería otra discusión.
Natacha: Pero nadie dijo nada de eso. Y lo que a mí me parece súper importante de una librería es la conversación que genera en la comunidad. Pero no se cuestionan su modelo de negocio. No se cuestionan que todos venden lo mismo, o qué cosas no estoy solucionando como vendedor, como comerciante.
El libro no son letras pegadas

Martín: Ahí volvemos al objeto. Porque a veces se habla del libro como si fueran letras pegadas: páginas, tapa, texto. Pero hay tipografía, criterio, papel, encuadernación.
Natacha: Es arte. El libro es un humor estético.
Martín: Esa frase hay que sacarla.
Natacha: Es que es verdad. Cada libro tiene su humor. El rol de un buen editor es encontrar ese humor y exacerbarlo. Encontrarlo y decir: «esto es un libro gótico» o «este es un libro tierno»; hagamos gala de ello. No todo se puede editar igual. La uniformidad aplicada a la edición me parece un gran error. Por eso estoy en contra de pensar las colecciones desde el punto de vista estético. Hay editores contemporáneos que ya están discutiendo esa mirada sobre las colecciones, creo que ese criterio está quedando antiguo. Capaz la colección puede pensarse más desde el contenido o la temática que desde una identidad visual rígida.
No puedes plantear que los libros sean iguales porque los escritores no son iguales. Los humores y las situaciones de los libros no son iguales. Tú tienes que entrar en ese mundo. Y es complejo, porque no lo entendemos ni siquiera los propios actores. No lo entienden los editores, no lo entienden los escritores. Por eso es una batalla contra viento.
La máquina de hacer chorizos

Martín: Para encontrar ese humor hace falta tiempo.
Natacha: Claro. Para encontrar el soporte también necesitas tiempo: leer el manuscrito, leer al escritor, tener sensibilidad.
La imagen que ordena ese tramo es precisa: el libro no puede tratarse como una máquina de hacer chorizo. El sistema te empuja a que el libro tenga que estar en seis meses, en cinco meses; el escritor pregunta cuándo sale. Pero hay cosas que llevan tiempo y no solemos entender el funcionamiento del tiempo.
Hay que empezar a ver el libro más allá de la obviedad, más allá de su forma rectangular. Entender que es un dispositivo de humor, artístico, expresivo, literario, estético y hasta político. Entonces, cuando comprendes ese entramado, entiendes su complejidad temporal.
Martín: En tu discurso aparece mucho la lentitud.
Natacha: Hacer un libro es un proceso largo. Se ha acelerado por la tecnología, claro. Pero en realidad hacer un libro es tan complejo que podrías tardar tres, cuatro, cinco años si quisieras hacerlo de la manera más exquisita posible. Una vez leí que había un editor que había muerto sin terminar un libro y que el proyecto pasó a su hijo. Es decir, los libros antes, en sus inicios, eran proyectos de vida.
Por supuesto que los tiempos han cambiado y no vamos a caer en ese exceso, porque tampoco estamos en la época de los tipos móviles. Pero el libro es una cosa a la que hay que darle su tiempo, su respiro, su forma de hacerse y de cocinarse. Y me gusta esa manera de trabajar en algo casi que por siempre y de manera permanente.
Y ahora en pleno 2026 es un momento difícil para entender ese concepto de lentitud, de tomarse un respiro, porque ni siquiera lo aplicamos en nuestra propia vida. Uno llega a todos lados rápido, siempre a contrarreloj, siempre tiene un montón de tareas. ¿Quieres comer? Tienes PedidosYa a la mano y en cinco o diez minutos tienes hamburguesas prontas. Todo es así. Vivimos en un mundo súper acelerado.
Martín: ¿Pensás Dospájaros como una forma de resistencia a esa lógica?
Natacha: La palabra «resistencia» queda grande, pero en la conversación aparece otra escala: alternativa, espacio mínimo, cuestionamiento, lógica de funcionamiento. Lo que más me interesa es que a mí me molesta la uniformidad. Me molestan los uniformes incluso (los de los militares y policías y los del liceo y trabajo). Siento que son una manera de estandarizar la personalidad. No puede ser que todo el mundo haga lo mismo: la misma imprenta, el mismo tipo de libros, el mismo papel, las mismas cartulinas, los mismos autores porque son los que venden. No puede ser. Tiene que haber alternativas.
No todo lo artesanal es bueno

Martín: Lo artesanal tiene un aura, pero también hay que hacer una salvedad: no todo lo artesanal está bueno.
Natacha: No todo lo masivo es malo y no todo lo artesanal es bueno. Ahí volvemos al punto de esta conversación: los radicalismos son malos. Cuando no eres capaz de entender que dentro de una situación hay una escala, que algunas cosas están bien y otras están mal, simplificas todo. Yo no soy hipercrítica con las grandes estructuras editoriales. Pienso que Penguin Random House y Planeta tienen que existir. Pero no pueden ser las únicas. Y tampoco tienen que ser los amos y dueños del mundo del libro como se posicionan ellos. Han absorbido catálogos. Han comprado editoriales.
Martín: Y ahí hay una pregunta: ¿van a seguir esas colecciones o solo van a reimprimir lo que ya funciona y se vende?
Natacha: Porque ahí está el tema. Generalmente siguen la corriente de lo que es comercialmente acertado.
Martín: Muchas editoriales nacieron por arriesgar.
Natacha: Claro. Nacieron con nociones de libertad que no sé si siguen sosteniendo. Otra de las complejidades de un proyecto editorial es mantener y sostener el discurso en el tiempo. Hay gente que empieza de una manera y después crece y se convierte en otra cosa. No estoy diciendo que esté bien o mal. Lo que sí puedo decir es que siempre va a ser buena la diversidad y que no es fácil sostener ideales y creencias frente a distintos panoramas.
Cuando uno propone un proyecto de este calibre está pensando en la diversidad. Y la diversidad es importante en todo sentido: económico, político, social, cultural. Si realmente creemos en la democracia y en la libertad del ser humano, es importante que haya diversidad. Lo monolítico, lo estático, lo uniformado, pertenece a la categoría de lo sectario, de los círculos reducidos. Y estar en una secta no es bueno. Si uno quiere hablar de cultura como una puerta abierta a grandes cosas, tiene que pensar en que existan varios proyectos de distintas dimensiones, distintos tirajes, distintas formas. Y que todos estén conversando y conviviendo.
Diversidad sin miseria

Martín: Esto también es un trabajo. Uno tiene que comer.
Natacha: Sí. Aunque yo nunca he abordado los proyectos culturales con fines exclusivamente económicos, tampoco romantizo la precarización. Siempre que trabajo con colegas pago sus honorarios, intento que sean lo más justos posibles, aunque Dospájaros es una mini, micro editorial. Nunca pido cosas gratis e intento que mi equipo de trabajo esté satisfecho económicamente hablando. Siempre hago la pregunta por el dinero: ¿Cuánto quieres ganar? ¿Cuánto cuesta esto?
Ni muy muy, ni tan tan. Ni precariedad, ni romantizar esta idea de que los trabajadores de las artes somos unos muertos de hambre y nunca tenemos nada. Eso me parece súper equivocado. Pero tampoco el otro nivel: «no me importa nada, esto se tiene que vender y publico a quien sea, donde sea, como sea». Ahí el criterio queda reducido a eso: «esto se tiene que vender» y te obliga a hacer cosas que no quieres hacer. A convertirte en una máquina de chorizos-libros.
Dospájaros el nombre (así pegado)

Martín: ¿Por qué le pusiste Dospájaros?
Natacha: No sé. Recuerdo que una vez estaba durmiendo y estaba preocupada por el nombre. No tenía nada. Y me desperté diciendo: Dospájaros, punto y coma.
Martín: Eso es muy venezolano.
Natacha: Sí. Y muy de gente insomne que se acuesta preocupada. Después le busqué un argumento a eso y lo encontré.
Martín: Pero nació espontáneo.
Natacha: Sí, totalmente, casi onírico, jaja.
Una serie sobre libros

Al final de la grabación, ya con la conversación dispersándose en el baño, las fotos y los libros que iban quedando sobre la mesa, apareció una frase de cierre posible:
Martín: Hay material acá. Me interesa tener después más charlas. Hacer una serie. Esto tiene que ser una serie sobre libros, no tiene que ser única.
Ese quizás sea el mejor modo de cerrar esta primera conversación con Natacha Amaya, no como una conclusión, sino como una apertura.
Una serie sobre libros.
Sobre libros que no quieren ser únicamente contenido.
Sobre libros que piden papel, tiempo, forma, conversación y cuidado.
Sobre libros que todavía necesitan ser mimados.
Footnotes
-
Natacha usa «librodiversidad» para nombrar la diversidad material y estética del libro como objeto: formatos, papeles, encuadernaciones, escalas y modos de existencia, no solo variedad de títulos o catálogos. ↩