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La sensibilidad no es una materia optativa Humanidades, IA y formación universitaria

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En una mesa universitaria caben muchas cosas.

Un libro subrayado, una partitura, una computadora, una regla de cálculo, una taza de café frío, una pregunta que no encuentra respuesta, una fórmula, una novela, un cuadro mal reproducido en una fotocopia, el nombre de un filósofo que todavía no entendimos del todo. La educación, cuando es algo más que entrenamiento, se parece a esa mesa: no ordena el mundo en compartimentos limpios. Lo pone todo junto y nos obliga a mirar relaciones.

La inteligencia artificial también se sentó en esa mesa.

Llegó con una virtud brutal: responde rápido. Resume, compara, programa, traduce, calcula, organiza, sugiere. Hace en segundos cosas que antes llevaban horas, días o años de oficio técnico. A veces las hace mal. A veces las hace muy bien. A veces las hace lo suficientemente bien como para que el mercado, que nunca fue sentimental, empiece a preguntarse cuántas personas necesita realmente para tareas que parecían protegidas por un diploma.

Entonces vuelve una vieja pregunta, pero con otro filo: ¿para qué sirven las humanidades?

Libros, partitura y computadora sobre una mesa universitaria iluminada por una mezcla de luz cálida y resplandor digital

La IA se sentó en la mesa. El problema no es echarla, sino recordar qué clase de mesa queremos.

Mujica tenía razón y no alcanzaba

En 2013, José Mujica dijo algo que sonaba a sentido común productivo. Uruguay necesitaba más gente formada en áreas técnicas, más médicos en el interior, más geólogos, más ingenieros. Se quejaba de una orientación profesional demasiado inclinada hacia las letras, la abogacía, la escribanía y ciertas carreras saturadas.1

Es difícil discutirle del todo.

Un país necesita ingenieros. Necesita médicos. Necesita técnicos. Necesita gente capaz de construir puentes, diseñar sistemas, mantener redes, resolver problemas energéticos, producir alimentos, cuidar cuerpos, levantar infraestructura, reparar máquinas, leer datos, sostener procesos industriales y científicos. Nadie que tenga un mínimo respeto por la vida material debería romantizar la ignorancia técnica.

Pero ahí empieza el problema.

Porque de esa verdad razonable se suele saltar a una conclusión falsa: si necesitamos más formación técnica, entonces necesitamos menos humanidades.

No.

Necesitamos más técnica y más mundo. Más ingeniería y más filosofía. Más programación y más historia. Más cálculo y más literatura. Más ciencia y más arte. El error está en imaginar que son bienes que compiten dentro de una caja chica educativa. Como si cada hora dedicada a leer a Rodó, escuchar a Bach, discutir a Arendt, mirar una pintura o pensar una palabra fuera una hora robada al desarrollo nacional.

Esa contabilidad es pobre.

Una sociedad no fracasa solo porque le falten ingenieros. También fracasa cuando sus ingenieros no saben para qué construyen, cuando sus médicos no pueden escuchar una vida que no cabe en un protocolo, cuando sus abogados confunden norma con justicia, cuando sus programadores automatizan una injusticia porque nadie les enseñó a sospechar de los datos, cuando sus gobernantes tienen lenguaje técnico pero no imaginación moral, cuando sus ciudadanos ya no distinguen información de pensamiento.

Mujica veía una carencia real. Pero la respuesta no puede ser empobrecer la formación. La respuesta tiene que ser más exigente: formar personas capaces de hacer cosas y de entender qué están haciendo.

La IA cambió la pregunta

La inteligencia artificial volvió más incómoda esta discusión.

Durante mucho tiempo, la defensa utilitaria de la educación técnica parecía invulnerable. Aprendé algo concreto. Aprendé algo vendible. Aprendé una herramienta. Aprendé a operar un sistema. Aprendé una competencia. Eso te va a proteger.

Ahora esa promesa se agrietó.

Un estudio de OpenAI, OpenResearch y la Universidad de Pennsylvania estimó en 2023 que alrededor del 80% de la fuerza laboral estadounidense podría ver al menos un 10% de sus tareas afectadas por modelos de lenguaje, y que cerca del 19% podría ver afectada al menos la mitad de sus tareas.2 El dato no dice que esos trabajos desaparezcan. Dice algo más sutil: muchas tareas que parecían propias de profesionales formados pueden ser aceleradas, imitadas, asistidas o parcialmente reemplazadas.

La IA no vino solo por la tarea mecánica. Vino también por la tarea de oficina, la redacción estándar, la traducción rutinaria, el resumen, el código repetible, el análisis preliminar, la clasificación, la búsqueda, la presentación prolija, la respuesta aceptable.

Ahí el viejo desprecio por las humanidades empieza a verse distinto.

Porque si una parte creciente del trabajo técnico se vuelve asistible por máquinas, lo escaso ya no es solo saber ejecutar un procedimiento. Lo escaso es saber cuándo un procedimiento no alcanza. Saber formular una pregunta. Saber leer una situación. Saber detectar una falsa solución. Saber distinguir un argumento de una frase convincente. Saber comprender un conflicto humano. Saber ubicar una decisión dentro de una historia, una institución, un lenguaje, una comunidad.

La IA puede producir respuestas.

Lo que no puede hacer por nosotros es decidir qué preguntas merecen ser hechas.

Una formulación más extrema de este problema aparece en un ensayo reciente de Aldo Mazzucchelli en eXtramuros. Allí la IA no es tratada solo como herramienta, sino como interlocutora, caja negra, espejo y posible «hurgadora» del espíritu humano. No necesito comprar entera esa hipótesis metafísica para quedarme con su advertencia más terrenal: sin una subjetividad formada por la escritura, la IA deja de ser asistencia y se vuelve «falsa claridad».3

Esa expresión me interesa porque nombra algo muy concreto. La IA puede devolvernos una respuesta ordenada antes de que hayamos entendido nuestra propia pregunta. Puede darnos una frase convincente antes de que hayamos atravesado la dificultad. Puede producir una claridad que tranquiliza, pero no forma. Y ahí la diferencia no está en tener o no tener acceso a una herramienta. Está en haber sido educados para orientarla.

Lo que no se automatiza tan fácil

Las humanidades no son un florero puesto sobre la mesa de la producción.

Son tecnologías lentas de atención.

La filosofía enseña algo que parece inútil hasta que se vuelve imprescindible: sospechar de las palabras. ¿Qué queremos decir cuando decimos progreso, libertad, eficiencia, inclusión, mérito, inteligencia, sensibilidad, seguridad, mercado, pueblo, innovación? Una sociedad que no interroga sus palabras termina obedeciéndolas como si fueran naturaleza.

La literatura entrena una forma de inteligencia que no cabe en una planilla. Leer una novela no es recibir información. Es habitar una conciencia ajena, soportar ambigüedades, seguir motivos, recordar detalles, desconfiar de narradores, vivir con personajes que no se dejan reducir a un dato. La literatura forma una paciencia que la interfaz contemporánea tiende a destruir.

El arte enseña a mirar. No a reconocer imágenes, que eso ya lo hacen muy bien las máquinas, sino a percibir formas, tensiones, encuadres, gestos, estilos, épocas, silencios. Una persona que mira una pintura aprende que nada está solo donde está. Una línea pesa. Un color decide. Un vacío habla.

La música enseña el tiempo. Enseña escucha, espera, repetición, variación, silencio. Enseña que no todo sentido aparece como enunciado. Hay una inteligencia del ritmo que también sirve para leer una conversación, una ciudad, una discusión pública, una comunidad.

Por eso la palabra clave no es erudición.

Es sensibilidad.

No sensibilidad como sentimentalismo blando. Sensibilidad como capacidad de percibir diferencias relevantes. Como oído para el tono. Como atención al matiz. Como resistencia a la brutalidad de las respuestas demasiado rápidas.

Herramientas de ingeniería, circuito, libros, notas y partitura sobre una misma mesa de trabajo

La oposición real no es técnica contra humanidades. Es procedimiento sin juicio contra conocimiento con responsabilidad.

No es contra los ingenieros

La defensa de las humanidades se arruina cuando suena a revancha contra la ciencia.

C. P. Snow habló en 1959 de las «dos culturas»: la literaria y la científica. Su diagnóstico sigue siendo útil porque muestra una fractura que todavía no resolvimos.4 De un lado, gente técnicamente competente que a veces desprecia la pregunta cultural como adorno. Del otro, gente humanística que a veces habla de ciencia como si fuera una maquinaria sin alma, una especie de fuerza exterior al pensamiento.

Las dos caricaturas son malas.

Un físico sin cultura histórica puede ser peligroso. Un humanista orgulloso de no saber nada de física también. Un programador sin ética puede automatizar daño. Un crítico cultural que no entiende mínimamente cómo funciona la tecnología puede denunciar fantasmas y dejar pasar problemas reales.

No necesitamos una universidad partida en tribus.

Necesitamos una cultura común más difícil.

Heidegger dejó una advertencia útil en La pregunta por la técnica: «La esencia de la técnica no es nada técnico».5 No hace falta convertir esa frase en contraseña filosófica para entender su fuerza. Si la técnica no se agota en sus aparatos, entonces la IA tampoco se agota en modelos, código o servidores.

Por eso es importante que las National Academies hayan defendido la integración de artes y humanidades con ciencias, ingeniería y medicina en la educación superior.6 La idea central no es poner una materia simpática para «humanizar» un plan técnico. Es reconocer que los problemas reales ya vienen mezclados.

La inteligencia artificial no es solo informática. Es lenguaje, poder, trabajo, autoría, sesgo, vigilancia, propiedad intelectual, educación, imaginación, soledad, deseo de automatizar, miedo al reemplazo, concentración económica, fantasía de control. Ninguno de esos problemas se resuelve solamente con más código.

Tampoco se resuelve solamente con poesía.

Se resuelve, si tenemos suerte, con personas formadas para cruzar saberes sin convertirse en turistas de todos ellos.

La utilidad de lo inútil

El mercado tiene una imaginación muy pobre para medir el valor.

Sabe contar ingresos, egresos, horas, productividad, demanda, retorno, empleabilidad. Todo eso importa. Pero una vida social no se sostiene solo con lo que puede medirse antes de ocurrir.

Nuccio Ordine defendía la utilidad de aquellos saberes que parecen inútiles porque no pueden traducirse enseguida en ganancia.7 La fórmula es buena porque incomoda: lo inútil no es lo que no sirve. Es lo que no se deja reducir a servicio inmediato.

Una clase de literatura no sirve como sirve una llave inglesa.

Sirve de otra manera.

Sirve cuando una persona puede leer una manipulación política porque antes aprendió a leer narradores. Sirve cuando alguien reconoce la pobreza de un cliché porque escuchó mejores frases. Sirve cuando una comunidad tiene memoria simbólica y no queda entregada a la última palabra de moda. Sirve cuando un profesional entiende que un usuario no es un caso, ni un cliente, ni un dato, sino una vida situada.

Martha Nussbaum planteó una defensa parecida en términos democráticos: la educación orientada solo por la rentabilidad económica debilita capacidades necesarias para la ciudadanía.8 Una democracia necesita personas capaces de imaginar la vida de otros, discutir razones, tolerar complejidad, desconfiar de la propaganda, participar en un mundo común.

Esa formación no cae del cielo.

Se aprende leyendo, discutiendo, mirando, escuchando, escribiendo, interpretando, equivocándose delante de otros, sosteniendo una idea más allá del primer impulso.

En Uruguay, además, la discusión tiene una sombra propia: Rodó. Ariel no puede leerse hoy como programa entero. Tiene elitismos, jerarquías y una idea de cultura que hay que tomar con distancia. Pero sería torpe tirarlo al tacho. Rodó sigue sirviendo para recordar que América Latina pensó muy temprano el peligro de una vida organizada solo por utilidad, consumo y eficacia.9

La tarea no es volver a Rodó como quien vuelve a un mármol.

La tarea es discutirlo vivo: qué parte de aquella defensa del espíritu puede transformarse hoy en una defensa democrática, popular, abierta, no aristocrática, de la sensibilidad.

Sensibilidad no significa blandura

La palabra sensibilidad suele sonar menor.

Como si perteneciera al mundo de lo delicado, lo privado, lo subjetivo. Algo lindo para el domingo, no para una política educativa. Algo que puede esperar hasta que el país tenga suficientes ingenieros.

Pero la sensibilidad es una forma de precisión.

Un médico necesita sensibilidad para escuchar lo que el paciente no sabe decir. Un juez necesita sensibilidad para no convertir la ley en una máquina sin contexto. Un docente necesita sensibilidad para distinguir desinterés de vergüenza. Un periodista necesita sensibilidad para no transformar dolor ajeno en material. Un programador necesita sensibilidad para imaginar qué puede hacer un sistema cuando cae en manos de una institución perezosa, una empresa ansiosa o un gobierno sin controles.

También una inteligencia artificial exige sensibilidad alrededor.

UNESCO insiste en que la ética de la IA debe sostenerse en derechos humanos, dignidad, transparencia, justicia y supervisión humana.10 Eso no es un agregado decorativo al final del desarrollo técnico. Es el centro del problema. La IA no pregunta por sí sola si una decisión es justa. No siente vergüenza ante una clasificación abusiva. No reconoce una humillación. No sabe cuándo una respuesta correcta destruye una relación.

Por eso el debate sobre humanidades no es nostálgico.

Es urgente.

Mientras más potentes son las herramientas, más grave se vuelve la pobreza de juicio de quienes las usan. Una pala en manos de alguien torpe rompe poco. Un sistema automatizado en manos de alguien sin cultura histórica, sin imaginación moral y sin responsabilidad institucional puede dañar a escala.

El World Economic Forum, desde un registro bastante lejano al romanticismo humanista, también reconoce que las habilidades humanas seguirán siendo centrales: pensamiento analítico, pensamiento creativo, resiliencia, flexibilidad, liderazgo, colaboración.11 Hasta el lenguaje empresarial empieza a admitirlo. El futuro del trabajo no será solamente técnico. Será una mezcla incómoda de técnica, criterio, aprendizaje continuo y trato con personas.

Y sin embargo, las humanidades retroceden.

En Estados Unidos, la participación de las humanidades en los títulos de grado cayó de 13,1% en 2012 a 8,4% en 2024, según los Humanities Indicators de la American Academy of Arts and Sciences.12 No es una impresión de profesores melancólicos. Es una tendencia material.

Cuando más necesitamos lectura compleja, menos la cultivamos.

Cuando más necesitamos juicio, más premiamos la respuesta rápida.

Cuando más necesitamos sensibilidad, más la tratamos como lujo.

Persona leyendo en una biblioteca nocturna mientras una luz digital tenue se refleja sobre el libro abierto

La pregunta no es si la tecnología va a entrar en la lectura. Ya entró. La pregunta es si todavía habrá lectores capaces de responderle.

Lo que hay que defender

No hay que defender las humanidades como una reserva espiritual para gente fina.

Eso sería perder antes de empezar.

Hay que defenderlas como una parte dura de la formación pública. Como infraestructura invisible. Como entrenamiento del juicio. Como memoria de la lengua. Como educación de la atención. Como práctica democrática. Como capacidad de una sociedad para no volverse idiota delante de sus propias herramientas.

No alcanza con decir que la filosofía, el arte, la música y la literatura «también sirven para trabajar». A veces sirven. A veces abren trabajos. A veces producen industrias culturales. A veces mejoran comunicación, liderazgo, creatividad, diseño, investigación, docencia, edición, gestión, tecnología.

Pero si la defensa termina ahí, ya aceptamos el idioma del enemigo.

Las humanidades no valen porque puedan demostrar rentabilidad en una planilla.

Valen porque sin ellas no sabemos qué hacer con aquello que sí es rentable.

No sabemos qué hacer con una máquina que escribe. No sabemos qué hacer con un algoritmo que clasifica. No sabemos qué hacer con una ciudad optimizada pero inhabitable. No sabemos qué hacer con una educación que produce trabajadores competentes y ciudadanos pobres. No sabemos qué hacer con un país que tiene infraestructura y no tiene conversación. No sabemos qué hacer con una velocidad que ya no distingue entre avance y atropello.

Por eso el dilema no es más ingenieros o más humanistas.

Más ingenieros, sí.

Más médicos, sí.

Más científicos, sí.

Más programadores, sí.

Pero menos humanidades, no.

Menos filosofía, no.

Menos arte, no.

Menos música, no.

Menos literatura, no.

Porque la IA puede responder más rápido que nosotros, pero no puede vivir por nosotros. Puede producir lenguaje, pero no puede hacerse cargo del mundo que ese lenguaje abre. Puede asistir una decisión, pero no puede cargar con su sentido. Puede reconocer patrones, pero no puede sustituir la experiencia de leer, escuchar, mirar, recordar, discutir, amar, perder, equivocarse y aprender a nombrar lo que nos pasa.

La sensibilidad no es una materia optativa.

Es lo que queda cuando la técnica ya hizo todo lo que podía hacer y todavía falta decidir si eso que hicimos merece llamarse humano.

Martín Álvarez
Tremendos Libros
@unfalsoguru

Referencias de trabajo

Footnotes

  1. Montevideo Portal, «Mujica y los profesionales», 21 de marzo de 2013.

  2. Tyna Eloundou, Sam Manning, Pamela Mishkin y Daniel Rock, «GPTs are GPTs: An Early Look at the Labor Market Impact Potential of Large Language Models», OpenAI, 17 de marzo de 2023.

  3. Aldo Mazzucchelli, «Conversaciones en el abismo probabilístico: la IA y la auto-organización del Ser», eXtramuros, 17 de mayo de 2026.

  4. C. P. Snow, The Two Cultures, Rede Lecture, 1959.

  5. Martin Heidegger, «La pregunta por la técnica», conferencia de 1953 publicada en Vorträge und Aufsätze en 1954. La cita se usa en traducción española habitual de la formulación alemana sobre la esencia de la técnica.

  6. National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine, The Integration of the Humanities and Arts with Sciences, Engineering, and Medicine in Higher Education: Branches from the Same Tree, 2018.

  7. Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil, Acantilado, 2013.

  8. Martha C. Nussbaum, Not for Profit: Why Democracy Needs the Humanities, Princeton University Press, 2010.

  9. José Enrique Rodó, Ariel, 1900.

  10. UNESCO, «Recommendation on the Ethics of Artificial Intelligence», recomendación adoptada en 2021.

  11. World Economic Forum, The Future of Jobs Report 2025, capítulo «Skills outlook», publicado el 7 de enero de 2025.

  12. American Academy of Arts and Sciences, Humanities Indicators, «Bachelor’s Degrees in the Humanities».

Libros, partitura y computadora sobre una mesa universitaria iluminada por una mezcla de luz cálida y resplandor digital

La discusión sobre el lugar de las humanidades en la educación superior vuelve a ganar relevancia en un contexto marcado por inteligencia artificial, automatización del trabajo calificado y presión por carreras de salida laboral inmediata.

El debate no debería plantearse como una oposición entre formación técnica y formación humanística. Las sociedades necesitan ingenieros, médicos, científicos, programadores y técnicos. Pero también necesitan profesionales capaces de interpretar contextos, evaluar consecuencias, comunicarse con precisión, reconocer dilemas éticos y participar en una vida pública compleja.

La inteligencia artificial refuerza esa necesidad. Muchas tareas profesionales pueden ser asistidas o aceleradas por modelos generativos. Eso no elimina la importancia de la formación técnica, pero desplaza parte del valor hacia capacidades de juicio: formular buenas preguntas, verificar respuestas, comprender impactos sociales, leer situaciones ambiguas y asumir responsabilidad por decisiones que no pueden delegarse en una herramienta.

Una tensión educativa

En 2013, José Mujica planteó la necesidad de orientar más esfuerzos hacia profesiones técnicas, médicas e ingenieriles. Esa preocupación respondía a carencias reales del país. El problema aparece cuando esa demanda se traduce en una desvalorización general de las humanidades.

Filosofía, literatura, arte y música no son complementos ornamentales. Funcionan como formación de sensibilidad, interpretación, atención y lenguaje. En campos atravesados por tecnología, esas capacidades permiten evaluar usos, límites y consecuencias de sistemas cada vez más potentes.

IA y juicio humano

Informes recientes sobre trabajo y habilidades muestran que la automatización no afecta solo tareas manuales. También alcanza actividades administrativas, cognitivas y profesionales. En ese escenario, las capacidades humanas difíciles de reducir a procedimiento adquieren más importancia: pensamiento crítico, creatividad, resiliencia, colaboración, liderazgo, comunicación y aprendizaje continuo.

La ética de la inteligencia artificial confirma el mismo punto. La discusión sobre IA no es únicamente técnica. Incluye derechos, dignidad, transparencia, sesgos, justicia, supervisión humana, educación y cultura. Resolver esos problemas exige conocimiento tecnológico, pero también formación humanística.

Integración, no reemplazo

La defensa de las humanidades no implica reducir la importancia de ciencia e ingeniería. Al contrario, la educación contemporánea necesita integrar saberes. Los problemas públicos combinan infraestructura, datos, instituciones, lenguaje, historia, poder y subjetividad.

Una universidad orientada solo por productividad inmediata corre el riesgo de formar profesionales competentes en procedimientos, pero débiles en juicio. Una formación técnica sin humanidades puede producir eficiencia sin responsabilidad. Una formación humanística sin alfabetización técnica puede volverse incapaz de comprender los sistemas que organizan la vida actual.

El desafío es construir una cultura común. Más técnica, sí. Menos humanidades, no.



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