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Nuestro Arcón, la librería sin cassette

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Ilustración editorial de Ale y Fer en la librería con un cassette viejo roto sobre la mesa

Primera entrega de la serie Conversaciones con libreros.

La conversación empezó antes de ordenarse.

Había libros sobre la mesa, teléfonos, recuerdos cruzados, nombres que aparecían y desaparecían, una grabación recién encendida y una idea bastante simple: conversar con libreros sin convertirlos en voceros prolijos de una institución.

Alejandra Giménez y Fernando Rivero, de Nuestro Arcón, hablan como trabajan: con humor, filo, memoria, interrupciones, criterio y una desconfianza sana hacia todo lo que vuelve demasiado lisa la relación con los libros. La gracia está en el ida y vuelta. En que no siempre coinciden. En que una frase de uno abre una escena del otro. En que la librería no aparece como una marca, sino como una conversación viva.

Alejandra Giménez y Fernando Rivero con Luciano Rey y Martín Álvarez en una mesa exterior de la cafetería Kaldi, en Palermo
Alejandra Giménez y Fernando Rivero, de Nuestro Arcón, con Luciano Rey y Martín Álvarez, en la cafetería Kaldi, en Palermo. Nos atendieron súper bien y nos dejaron conversar y reírnos sin mirarnos raro.

Esta conversación fue grabada el 10 de mayo de 2026. También participamos Luciano Rey y yo, Martín Álvarez, de Tremendos Libros. La transcripción está editada para lectura: se recortaron repeticiones, solapamientos y desvíos menores, pero se mantuvo el tono oral de la charla.

Martín: Ya estamos grabando. La idea es hacer algo prolijo después para ponerlo en el blog. Yo les paso la versión antes de publicar, que chequeen, digo, capaz que dijeron alguna barbaridad y quieren sacarla. La idea es sin cassette. Y yo creo que «sin cassette» los define a ustedes en las redes.

Ale: Pero sin ninguna duda. Así somos.

Alejandra Giménez y Fernando Rivero en una librería, entre mesas de libros, señalando hacia la cámara
Ale y Fer en modo Nuestro Arcón: mostrador, gesto, humor y libros a mano.

Martín: Por ahí quería arrancar con eso. Siempre se dice: «vamos a arrancar desde el principio». Pero a mí me interesa el estilo de comunicación.

Ale: El estilo siempre fue este. Nosotros desde un principio decidimos que queríamos tener una librería de usados. No estaba en discusión. Nunca se planteó el libro nuevo.

Martín: Nunca el libro nuevo.

Fer: Para el libro nuevo están las cadenas. Al principio nos pedían todo libro nuevo: «¿tenés el último de tal?», «¿tenés el de cual?». Armamos cuentas con distribuidoras, compramos algunos, pero después nos cansamos. Era un trabajo enorme y no podíamos tener todo.

Ale: Y aparte es más fácil: andá y compralo en una cadena. Ya está.

Martín: Que la oferta sea diversa en serio. Que haya algo que no esté en otro lado.

Fer: Eso lo tiene todo el mundo. Yo te lo puedo vender distinto, seguro, pero más allá de eso…

Ale: Nosotros siempre decimos lo mismo: vos buscás Rayuela y lo podés comprar en cualquier lado.

Martín: Con el mensaje que me pusieron por privado, no sé quién de los dos fue, si fueron los dos, es espectacular. Es tal cual. Si querés Paulo Coelho, andá al shopping.

Ilustración humorística de Ale y Fer en la librería con un cartel que manda a Paulo Coelho al shopping
La frontera del catálogo, dicha sin manual de atención al cliente.

Ale: Claro. Pero aparte, vos querés Los Karamázov, los conseguís en cualquier lado. Ahora, si querés venir a hablar de Los Karamázov, venís acá.

Fer: Querés que el cliente te cuente Los Karamázov. Venís acá. «Che, Ale, ¿vos leíste Los Karamázov?». «No sabés qué librazo». Y empezamos a hablar.

Martín: Eso genera un espacio. Un lugar para que se dé la conversación. En el shopping, no. En la plataforma, menos. En Mercado Libre ni siquiera sabés el nombre del otro.

Ale: Nadie. La plataforma, cualquiera sea, es anonimato. Es como comprar ropa: buscás el talle, el color, tocás, ponés la dirección, apagado.

Martín: Es como Pedidos Ya: tic, tic, tic. Dame queso, huevo.

Ale: Esto es diferente. Hay un latiguillo que tenemos, que lo forjamos con los años. Empezamos a hablar de libros y me dicen: «bueno, vendémelo». Y yo: «no, no lo tengo».

Fer: Eso pasa muchas veces. Recomendamos libros que no tenemos porque no nos molesta recomendar libros.

Martín: Eso me parece central. Cuando recomendás un libro que no tenés, ya no estás vendiendo solamente. A veces se defiende mucho la chacrita. Si yo sé que vos tenés un libro, y alguien viene y me pregunta, yo le digo dónde está. Hay gente que no. Dice «yo no lo tengo», pero no deriva.

Ale: Nosotros sí. A nosotros no nos derivan.

El catálogo no se delega

Martín: Ahí aparece algo que para mí es clave. Ustedes no están diciendo solamente «no trabajamos libro nuevo». Están diciendo: no vamos a dejar que el catálogo lo decida otro. Porque si vos ponés en la vidriera lo que te dice el distribuidor, no sos independiente.

Fer: Ahí está el trabajo del librero. Mirar catálogos, mirar editoriales, ver qué te parece que podés ofrecer. El diferencial no puede ser solamente el precio.

Martín: Yo estoy muy metido con esa discusión por el precio único en Uruguay. Y lo que veo muchas veces es que se habla de librerías independientes como si fueran una masa. Pero si todos venden lo mismo, el único diferencial pasa a ser el precio.

Ale: El diferencial también es el catálogo.

Martín: Es el ojo. Es el criterio.

Placa con la frase “El diferencial es el catálogo.”

Martín: Y ahí ustedes son muy tajantes. A ustedes no les da lo mismo cualquier libro.

Ale: No. Nos preguntan todo el tiempo: «¿por qué no trabajan libros de chicos?». «¿Por qué no venden autoayuda?». «¿Por qué no tienen educación financiera?». «¿Por qué no superación personal?». Porque no queremos.

Martín: O porque hay demasiada oferta de eso. Y porque hay una decisión personal. Entra alguien y pregunta por El monje que vendió su Ferrari o ¿Quién se llevó mi queso?.

Fer: Padre rico, padre pobre.

Ale: Todo eso. Yo siempre les digo a los pibes: chicos, no tienen que leer esto. Está pensado por otra cultura, que no es la nuestra. No tiene nada que ver con nosotros. Y además el único que se llena de plata con ese libro es el que lo escribió.

Martín: Si fuera tan fácil, todos serían millonarios.

Ale: Exacto.

Martín: Se instaló también la idea de la librería como cosa cool. Librería-cafetería, libros como decoración noble.

Ale: Nosotros odiamos eso.

Fer: Hay librerías con café que están muy bien hechas.

Ale: Sí, claro. Pero hay otras que son al revés: es un café y le metemos unos libros para que parezca otra cosa.

Fer: Y después los libros terminan hechos pelota. La gente los manosea, les deja marcas.

Martín: Y después terminan en Nuestro Arcón.

Fer: Ni en pedo.

Ale: Yo no compro libros engrasados.

Martín: ¿Subrayados compran?

Ale: No.

Fer: No compramos subrayados.

Ale: Salvo que sea algo muy excepcional. Tiene que ser un libro muy raro. Una primera edición. Algo que tenga sentido rescatar.

Dos bibliotecas

Martín: Quiero ir para atrás. Antes de la librería, ¿cómo aparecen los libros entre ustedes?

Ale: Vivimos juntos desde ese día. Yo me voy a su casa con 1500 libros. Él tenía toda su biblioteca de psicoanálisis y filosofía. Además, su esposa era psicoanalista, así que había una biblioteca paralela: dos juegos de Freud, con las anotaciones de cada uno.

Martín: Dos juegos de Freud de Amorrortu (25 tomos).

Ale: Y yo tenía una biblioteca casi paralela, toda literatura, porque con mi vieja no nos prestábamos los libros. Como las dos éramos muy lectoras, ella compraba un libro y decía: «este libro lo tenés que leer». Compraba uno para ella y uno para mí.

Ilustración editorial de Ale y Fer llegando a una casa con cajas de libros y dos bibliotecas paralelas de psicoanálisis, filosofía y literatura
La escena fundacional: 1500 libros entrando a una casa y dos bibliotecas paralelas empezando a convivir.

Fer: Viviendo en la misma casa.

Ale: Viviendo en la misma casa.

Martín: Qué notable, ¿no? Porque el libro que se presta, para mí, está perdido.

Ale: Yo no presto el libro. A mí la peor ofensa que me podés hacer es pedirme un libro prestado. Prefiero regalártelo antes que prestártelo.

Martín: Claro. Porque ya te genera una angustia saber que no va a volver.

Fer: Además uno tiene que reconocer sus propios límites. Hay gente que tiene el cuadernito y anota: «tal fecha le presté tal libro». Yo no.

Martín: Yo tampoco.

Ale: No. Te lo regalo.

Una pira para los libros

Fer: Hay algo que me pasa viendo bibliotecas ajenas. Veo cómo los hijos, los sobrinos, los yernos, lo que sea, revientan la biblioteca cuando alguien se muere. Cuando no la tiran directamente.

Ale: Sí. O la regalan. O hacen cualquier cosa. Yo siempre digo lo mismo: cuando yo me muera, pira vikinga. Pira vikinga. Me hacen una pira con todos mis libros. Las cenizas. Columna Saer, columna Borges, columna Onetti.

Fer: Qué buena imagen.

Martín: ¿Cuatro columnas?

Ale: Cuatro columnas tranquilamente. Columna Saer, columna Cortázar, columna Borges, columna Onetti.

Ilustración humorística de una pira vikinga hecha con libros usados
Una biblioteca personal también puede tener plan funerario.

Martín: ¿Y a quién no ponemos ahí? A Coelho no, obviamente.

Ale: No. Ese no.

Martín: Pero digo, los autores indiscutidos. Después hay consagrados que yo no quiero en mi tumba. ¿Por ejemplo?

Ale: Carver no.

Martín: ¿No te gusta Carver?

Ale: No me gusta Carver.

Fer: A mí Carver tampoco. Y Auster… leíste uno, leíste todos.

Ale: Y aparte, Bukowski es un viejo estúpido.

Fer: Me encanta: un viejo estúpido.

Placa con la frase “Bukowski es un viejo estúpido.”

Martín: Ahí hay titular. Pero hay que argumentar. Acá no vale tirar la frase y escapar.

Ale: Bukowski, por ejemplo. Hay que ubicarlo en su momento. En ese momento de reviente norteamericano donde escribió esas cosas, está perfecto. Se atrevió a escribir eso. Droga, sexo, alcohol, esa cosa. Pero para mí no tiene calidad poética.

Fer: Tiene imágenes.

Ale: Sí, hay imágenes muy buenas. No me olvido de la imagen de los zapatos rojos abandonados en el fondo de un placar. Es extraordinaria. Pero como poesía, después de haber leído cientos de poetas de todas las épocas, para mí no.

Fer: No es Pessoa.

Ale: No es Pessoa.

Martín: Me interesa que todo esto quede, porque no es chisme literario. Es criterio. Es el modo en que ustedes leen y después arman una librería.

Fer: Sí, porque si todo da lo mismo, no hay librería.

Ale: Exacto. Para nosotros no da lo mismo. Podemos equivocarnos, podemos ser injustos, podemos cambiar de opinión, pero no da lo mismo.

Martín: Y además se discute.

Ale: Todo se discute.

Fer: Todo.

Leer de a dos

Martín: Hay algo de ustedes que se nota enseguida: no hablan de libros como una ficha. Hablan de lo que pasa alrededor del libro.

Ale: Cada vez que hablamos de un libro, no importa si él lo leyó o no lo leyó. Si lo leí yo ya es suficiente. Yo se lo cuento, hablamos, buscamos relaciones.

Fer: Afinidades.

Martín: Claro, afinidades electivas.

Fer: Y a veces es por el contrario.

Martín: ¿Cómo por el contrario?

Ale: Bueno, lo de Agota Kristof fue así. Empiezo a leer. Leo El gran cuaderno. Digo: el primer cuaderno está bien. El segundo cuaderno, el tercer cuaderno… No. Para mí ese libro se termina en el primer cuaderno. Se terminó ahí.

Martín: ¿Y lo dijiste?

Ale: Sí. Yo tengo una cuenta aparte donde hago reseñas de libros. Y ahí lo dije. La señora que aprendió un idioma para escribir me parece bárbara, me parece genial que haya seguido su impulso de crearse escritora. Pero con Klaus y Lucas se terminó en el primer cuaderno. Cualquier lector que no tenga la cabeza minada por el mercado te lo va a decir.

Martín: Ahí aparece otra cosa: ustedes no solamente son genuinos en la elección de libros, sino también en el discurso.

Ale: Tratamos.

Martín: Obviamente somos seres contradictorios. Nos equivocamos todo el tiempo. Pero no hablan desde el «se dice». Desde lo que se supone que hay que decir. Se instala una versión oficial: «esta es una gran autora, hay que leerla». Después leés críticas de libros o de cine y dicen «imperdible», «desopilante», «atrapante».

Ale: No. A mí eso me mata.

Fer: «Atrapante».

Ale: Ah, qué palabra de mierda para un libro.

Placa con la frase “Ah, qué palabra de mierda para un libro.”

Martín: Ahí está el tono de Nuestro Arcón.

Ale: Y además, si Fer me hace la repregunta, yo voy y hablo.

Fer: La repregunta.

Ale: Claro. Porque sabés de dónde viene.

Onetti, Levrero y los raros

Martín: Ya quedó claro que Onetti sí.

Ale: Fanática. Fanática de Onetti.

Martín: ¿E Idea Vilariño?

Ale: No. Y como mujer y feminista que soy, me niego a que la gente le dé a Vilariño, que la ponga ahí donde la pone. Para mí es una arrastrada, una mujer despechada. Una despechada. Se la pasó llorando.

Martín: Es polémica.

Ale: Ponelo igual.

Placa con la frase “Ponelo igual.”

Martín: Pero eso habla de su postura ante las cosas. Ustedes se hacen cargo de lo que dicen.

Ale: Yo totalmente.

Martín: ¿Qué otros uruguayos les interesan?

Fer: Levrero.

Ale: Levrero me gusta. La novela luminosa es fantástica. Yo no me canso de recomendarla.

Martín: Yo también. Y El discurso vacío está muy bien.

Luciano: Con Levrero a veces uno se olvida de que es uruguayo.

Fer: Sí. Pasa eso.

Martín: Ángel Rama hablaba de «los raros». Felisberto Hernández, Levrero, Armonía Somers…

Ale: Felisberto acá es como un ícono. Hay gente que lo ama y gente que no lo conoce.

Fer: Muy de culto.

Martín: También está el proyecto editorial que se llama Felisberto.

Fer: Muy bien puesto.

Ale: Armonía Somers es extraordinaria.

Martín: Marosa di Giorgio…

Ale: Marosa me cuesta. Es raro.

Fer: Eso sí es raro.

Martín: Lo que pasa es que algunos toman la rareza como bandera. Como si dijeran: quiero que me digan raro, entonces hago algo raro. A mí me gusta más que me digan lateral.

Ale: Lateral es una gran palabra. Me encanta. Fer siempre fue así también con la música.

Fer: Yo siempre escuché música rara. Sonidos raros.

Ale: Cuando lo conocí ponía algo y él me decía: «¿y esto qué mierda es?». Porque él es de los Redondos. Yo me quedé ahí.

Fer: Y yo le ponía Bon Iver.

Ale: Y yo decía: «¿quiénes son? ¿Irlandeses?».

Fer: No, americanos.

Martín: Ahí hay otra afinidad con lo que hacen con los libros. Ir a buscar por los costados.

Fer: Sí. Me gusta lo lateral. No por pose. Me gusta que aparezca algo que no estaba en el centro.

Martín: Hay un libro japonés, Obscure Sound, una antología de música rara del mundo. Aparece Almendra.

Fer: Mirá.

Martín: Un japonés escuchando Almendra y clasificándolo como música rara. Eso me fascina. Porque el costado de uno puede ser el centro de otro.

Ale: Eso es hermoso.

Martín: Y también explica algo de los usados. Un libro que para alguien es descarte, para otro es hallazgo.

Fer: Totalmente.

Ale: El usado vive de eso. De cambiar de centro.

Alejandra Giménez levanta un dedo mientras Fernando Rivero sonríe en una librería
El tono de la conversación no era decorativo: Ale marcaba, Fer acompañaba, discutían, corregían y volvían al libro.

Titular, titular

Martín: Lo que me gusta de esta conversación es que ustedes no hablan como si estuvieran cuidando una vidriera. Van al hueso. Dicen «Auster leíste uno, leíste todos» y después, si hace falta, lo argumentan.

Ale: Porque si no queda como una pose.

Fer: Hay que sostenerlo. Y también aceptar que a veces uno dice una barbaridad.

Ale: Seguro. Todo el tiempo.

Fer: Por eso decimos que somos contradictorios.

Martín: Pero en el blog eso sirve. No como escándalo, sino como forma. Porque en el mundo del libro muchas veces se habla con una solemnidad insoportable. Todo es «imperdible», «necesario», «una joya».

Ale: «Atrapante».

Martín: «Atrapante».

Ale: No puedo con esa palabra.

Fer: Es una palabra vacía.

Martín: Claro. No dice nada. Parece elogio, pero no piensa. En cambio cuando ustedes dicen «esto no», ahí hay lectura. Puede gustar o no, pero hay lectura.

Ale: Para mí una librería tiene que poder decir que no. No solo al cliente. También al libro.

Fer: Si no, sos depósito.

Martín: Y ahí volvemos a lo mismo: el catálogo como posición. No como inventario.

Ale: Exacto.

Martín: Hay algo de crítica literaria práctica en eso. No la crítica del suplemento, sino la crítica del mostrador.

Fer: La crítica de lo que entra y lo que no entra.

Ale: Y de lo que recomendás aunque no lo tengas.

Martín: Eso es buenísimo. Porque la recomendación sin stock es la prueba de honestidad.

Fer: Totalmente.

Ale: Si te digo «leé esto» y no lo tengo, es porque realmente quiero que lo leas.

Rayuela, restauración y circulación

Fer: En un momento apareció una historia con una primera edición de Rayuela. Esa escena hay que contarla.

Ale: Una chica entra y dice: «¿tienen libros viejos para restaurar? Yo hago restauración y tengo que practicar».

Fer: Y entonces le dice…

Ale: Me levanto yo y le doy Rayuela.

Martín: ¿Una primera edición?

Ale: Una primera edición que estaba desarmada. Casi se muere. Y le digo: «con una promesa: cuando lo termines, me lo traés porque lo quiero ver».

Martín: ¿No tenés fotos de eso para poner en el blog?

Ale: Después te las paso. Sacamos fotos.

Martín: Eso es precioso. No vendieron el libro.

Ale: No. Yo tengo este concepto. A ver: yo soy una librera, pero soy una lectora que jamás en su vida rayó un libro. Cuando el libro es muy interesante, leo con cuadernos al lado y anoto. O ahora, que soy más moderna, Fer me regaló unos stickers traslúcidos.

Fer: Para poner arriba.

Ale: Claro. Pero no rayo. Ahora, yo vendo. Y hay libros tan raros que tienen que circular.

Martín: Eso pienso con algunos libros de historia. Si aparece uno raro, aunque esté trabajado, tiene que circular. Incluso alguno en mal estado se puede restaurar.

Ale: Con los libros de historia está bien que esté trabajado. A nadie le va a importar. Pero con literatura es otra cosa.

Fer: Es otra relación con el ejemplar.

Ale: Exacto.

Bibliotecas ajenas

Martín: Y cuando van a comprar bibliotecas, ¿van juntos?

Fer: Normalmente el que va a comprar el libro soy yo.

Ale: A mí no me gusta.

Fer: No le gusta. Tampoco tiene mucha paciencia.

Ale: No tengo paciencia.

Fer: Yo miro, escudriño todo. Puedo estar revisando y decir: «mirá, acá había una primera edición de Borges».

Ale: Yo no tengo esa paciencia.

Fer: Ella ve libros viejos, cosas, y ya está.

Ale: Ya no me gustó.

Martín: ¿El libro o la persona?

Ale: Aparte no me gustó el que lo vende. Ya no le quiero comprar la biblioteca.

Fer: No te cayó bien la persona.

Ale: No puedo separar. Entro al lugar y el lugar me dio mala vibra.

Fer: En cambio yo pienso: yo vengo a esto. Cierro los ojos. Un sótano húmedo me da lo mismo, mientras no tenga olor a humedad el libro. Hay que rescatarlo. Hay que sacarlo de ahí, pobre. Hay que hacer que salga a la luz.

Martín: Ahí está la diferencia entre ustedes.

Ale: Totalmente.

Fer: Voy a ver la biblioteca y digo: me llevo esta biblioteca. Menos esto, lo demás me lo llevo.

Ale: Yo no puedo.

Martín: Vos ves la persona, el lugar, la energía.

Ale: Todo.

Fer: Yo veo el libro.

Derivar también es vender

Martín: Lo de derivar me interesa mucho. Porque en el rubro hay una lógica de defensa de la chacrita.

Fer: Nosotros derivamos siempre. Vamos a ver una biblioteca y hay cosas que no son nuestro rubro. Arte, por ejemplo. La última vez que compramos una biblioteca grande había muchísimos libros de arte.

Ale: Una fortuna.

Fer: Hermosos. Pero no eran para nosotros. Entonces llamamos a un colega que trabaja antiguo, arte, cosas raras. Vino, miró, se llevó lo suyo.

Martín: ¿Eso vuelve? Digo, ¿otros libreros también los recomiendan a ustedes?

Ale: No tanto.

Fer: Por lo menos no nos dicen. Lectores sí. Eso pasa mucho. «Una amiga me recomendó que traiga mis libros acá». Eso sí.

Ale: Lectores, un montón.

Fer: Libreros, algunos. Tenemos un grupo muy acotado de amigos libreros. A veces preguntamos: «¿alguno tiene tal libro?». O nos pasamos ferias. O bibliotecas.

Martín: ¿Y el Veredazo?

Ale: Eso fue en Armenia. Invitábamos a libreros amigos, muchos digitales, a poner mesas en la vereda con sus libros.

Fer: Funcionaba muy bien.

Ale: Venían con sus libros, se armaba algo. Era abrir el espacio.

Martín: Una librería como lugar de circulación, no solamente como local.

Fer: Exacto. Cuando uno no podía comprar una biblioteca, se la recomendaba al otro.

Ale: Y así también te llegan cosas. Uno de los chicos nos recomendó una biblioteca de un tipo que se iba a España. Fer fue a verla.

Fer: Eran como mil quinientos libros. Anagrama, Acantilado, Gadir. A veces el universo se pone de tu lado.

Martín: ¿Qué pasó?

Fer: Antes de que le hiciéramos una oferta, el tipo dice: «yo quiero un dólar por libro».

Ale: Yo me tuve que tomar un clona.

Fer: Y yo pensé: hay que vender el auto.

Martín: Eso no es una compra. Eso es una aparición.

Ale: Totalmente.

Fer: Eran estantes enteros. Anagrama, Acantilado, Bolaño, Vila-Matas. Todo impecable. Yo miraba y pensaba: esto no pasa.

Ale: Fer me llamaba desde ahí. Yo estaba hiperventilada.

Fer: En un momento le digo al tipo: si tengo que elegir libros, me llevo todos. Así que hablemos de todos.

Martín: «Hablemos de todos» es una gran frase.

Fer: Tenés que escuchar primero al otro. Porque capaz vos pensás una cosa y el otro está pensando otra. Entonces le pregunté qué tenía en mente.

Ale: Y el tipo dice: un dólar por libro.

Fer: Más o menos mil quinientos libros. Nosotros en casa teníamos novecientos dólares.

Martín: O sea, no llegaban.

Ale: No llegábamos. Yo llamé a mi hija. «Prestame seiscientos dólares». De algún lado salía.

Fer: Y el tipo, además, nos dijo que no importaba. Que le pagáramos el resto después. Que se iba a España y tenía cuentas acá. Pesos, dólares, como quisiéramos.

Martín: Eso también habla de la escena. Hay una confianza rara que aparece alrededor de los libros.

Fer: Fue excepcional.

Ale: Excepcional. No pasa todos los días.

Martín: ¿Y qué pasa cuando la biblioteca no es así? Cuando vas y te encontrás con gente que cree que todo vale una fortuna porque lo vio en una plataforma.

Fer: Pasa muchísimo. Y pasa lo contrario también: no saben qué tienen. Te dicen «los libros grandes valen tanto y los chicos tanto». Y capaz el chico es una primera edición o un libro agotado.

Ale: Hay que saber mirar.

Fer: Yo voy a mirar eso. Ella no.

Ale: Yo ya te dije: si no me gustó la persona, se terminó.

Martín: Vos comprás también la escena.

Ale: Claro. Yo no puedo separar.

Fer: Yo sí. Yo cierro los ojos y rescato el libro.

Martín: Ahí tienen la librería completa: una mira el mundo del libro, el otro mira el ejemplar dentro del mundo.

Ale: Y por eso funcionamos.

Martín: Igual alguien me dijo hoy que ustedes no los recomiendan.

Ale: No, no los recomiendan.

Martín: ¿Por qué?

Fer: Esto es así.

Ale: Decilo.

Fer: Ella es de River y yo soy de Boca.

Martín: Ah, bueno. Ahí está todo.

Ale: La última vez que fui a la cancha fui con mi hija. Fuimos a ver River. Dos cosas que no me gustan: Boca y la policía.

Martín: El fútbol entra igual.

Ale: Siempre. Y me cachea la cana y le digo: «qué feo ser policía, ¿eh?».

Ilustración humorística de Ale de River, Fer de Boca y la frase qué feo ser policía
River, Boca y la policía: la conversación se fue de la librería y volvió con más munición.

Fer: Aparte hay algo de hostigar ahí. Es picante cuando tiene ganas.

Martín: Casi te digo que ella era de Boca y se levantaba y se iba.

Ale: Me llevaba la torta.

Martín: Yo digo que soy de Cerro, un equipo que pierde siempre.

Fer: Siempre uno quiere ganar.

Martín: Pero volviendo a los libros: si les llevan un lote de infantiles, ¿qué hacen?

Fer: Conocemos puesteros. Les decimos: andá a tal puesto, vendelo ahí. Hay lugares donde eso funciona mejor.

Ale: No siempre nos vuelve. No siempre nos dicen «me mandaron de Nuestro Arcón».

Fer: Pero lo hacemos igual.

Martín: Eso es lo que importa. Derivar no como cálculo, sino como práctica.

Ale: Sí. Porque no todo tiene que entrar acá.

Fer: Y porque si el libro puede circular mejor en otro lado, tiene que ir a ese otro lado.

Martín: Incluso cuando el otro no te devuelve el gesto.

Fer: Incluso.

Tender puentes

Martín: Yo vengo muy manija con esto porque, desde que empecé con Tremendos Libros, traté de tender puentes. En San Carlos, en Montevideo, en todos lados. Cuando empecé a vender usado, lo primero que hice fue tratar de conocer quién estaba atrás de cada librería.

Ale: Claro.

Martín: Compraba libros en Mercado Libre para saber quién era la persona. Me presentaba: soy Martín, estoy en esto, quiero colaborar. Y muchas veces no pasaba nada.

Fer: No te abrían.

Martín: No. Una vez en Montevideo vi un libro en Mercado Libre. Yo estaba viviendo ahí, entonces fui directo a la librería para no comprarlo por la plataforma. Le digo al dueño: «te lo compro acá, descontame la comisión, me interesa comprarte más cosas». Me dijo que no.

Ale: ¿En serio?

Martín: Sí. Entonces se lo compré por Mercado Libre. Hicimos rico a Galperín. Después vi que pasaban cinco minutos y no lo encontraban. Estaba el dueño y una empleada buscando. El dueño le decía a la empleada: «creo que es de Banda Oriental». Me paré detrás de ellos, escaneé lomos quince segundos, lo encontré y lo saqué de la estantería. Miré a los ojos al dueño y le dije: «autoservice». Nunca más fui.

Ilustración humorística de Martín encontrando un libro en una estantería y diciendo autoservice
El autoservice como crítica literaria aplicada.

Fer: Eso es lo que no puede pasar.

Martín: Por eso pongo siempre el ejemplo de ustedes. Ustedes muestran otra cosa. No porque sean santos, sino porque entienden que si uno deriva, conversa, comparte información, se agranda la red.

Ale: Acá en Buenos Aires eso pasa más.

Fer: Hay mucha gente con ganas de hacer cosas.

Martín: Eso lo sentí enseguida. En dos o tres días tendí más puentes que en tres años en Uruguay.

Ale: ¿Tan así?

Martín: Sí. Allá hay algo provinciano. Somos un país adelantado en leyes, pero muchas veces atrasado en sensibilidad. Esperamos la aprobación de afuera para valorar lo propio. Pasa con escritores, con músicos, con todo.

Fer: Acá los artistas se bancaron mucho entre ellos.

Ale: Se ayudaron entre todos.

Martín: Yo intenté algo parecido en Maldonado. Un librero de usados me dice: «con mi mujer queremos armar una especie de gremio del libro usado, presentarnos en plazas, viajar por el interior». Me pareció buenísimo. Redacté algo, les pasé ideas, dijimos de juntarnos.

Fer: Bien.

Martín: El día de la reunión yo me fui antes a Maldonado. De San Carlos al centro son doce kilómetros. Me instalé en una cafetería, ordené entregas, trabajé. La reunión era a las ocho; a las cinco me avisan que se suspendía porque alguien no podía ir. Igual me dicen: vamos a pasar por donde estás para hablar con un librero y explicarle la propuesta.

Ale: Bueno.

Martín: Yo estaba con un cliente hablando de música. Llega parte del grupo. La mujer de uno de los libreros se va un momento a ver a una amiga. Yo digo: tengo ganas de comer un churro con dulce de leche. Vamos caminando al puesto de churros, media cuadra. De repente escucho gritos atrás: «¿qué hacen? ¿por qué se fueron?».

Fer: No.

Martín: Se enojó porque fui a comprar un churro. Al otro día me escriben: «el proyecto no sigue; si quieren seguirlo ustedes…».

Ale: No puede ser.

Martín: El proyecto se cayó por un churro.

Ilustración humorística de una reunión librera arruinada por un churro gigante
Hay proyectos que no sobreviven al dulce de leche.

Fer: Eso es extraordinario.

Martín: Es absurdo, pero también explica algo. Allá sentís palos en la rueda todo el tiempo. Acá, en cambio, hablé con dos o tres y enseguida aparece: hagamos esto, hagamos lo otro.

Ale: Porque acá hay mucho quilombo, pero también mucha energía.

Fer: Y mucho oficio dando vueltas.

Martín: Por eso esta conversación me importa. Porque no es solo Nuestro Arcón. Es una manera de pensar cómo se puede armar una trama entre libreros sin que todo sea competencia, plataforma o queja.

Ale: Para nosotros eso es natural.

Fer: No siempre sale, pero es por ahí.

Alejandra Giménez y Fernando Rivero conversando junto a una mesa de libros
La escena de la charla: libros sobre la mesa y la conversación pasando de una anécdota a otra sin pedir permiso.

Redes, marca y comunidad

Martín: Ustedes son así por fuera de las redes.

Ale: Totalmente.

Ale: Lo que ves en las redes lo ves afuera. Es tal cual.

Martín: Igual hay algo que funciona como estrategia comunicacional, aunque no esté armado en una oficina de marketing.

Ale: Es natural.

Fer: Nosotros no trabajamos de eso.

Martín: Pero saben que son marca.

Ale: Sí. Nosotros sabemos que somos la marca.

Fer: La librería somos nosotros.

Ale: Ayer o antes de ayer fuimos a la clínica porque él se sentía mal. Salimos y una mujer, que no sabemos quién es, nos para. Me agarra la mano y me dice: «ustedes me salvaron la vida».

Martín: Uf.

Ale: «Muchísimas gracias. Por favor, no bajen los brazos. No aflojen. Esto va a pasar». Yo llorando. Le pregunto: «¿cómo te llamás?». Carolina. Carolina. Un abrazo divino.

Fer: Íbamos al banco.

Ale: Íbamos al banco. «¿Qué hace Nuestro Arcón por acá? ¿Qué andan haciendo? No bajen los brazos». Un montón de veces nos pasa esto. Todo el tiempo.

Martín: Eso no tiene precio.

Ale: No tiene precio. Entonces nosotros, que a veces estamos grandes, porque más allá de que tenemos mucho impulso estamos grandes, decimos: bueno, hicimos un buen laburo. Generamos comunidad.

Martín: Y ser auténtico es lo que más llega.

Fer: Claro.

Martín: No serán los que más venden, pero la gente los reconoce y los valora por lo que son y por lo que dan.

Ale: Exacto.

Fer: Somos la marca.

Ale: Somos la marca.

«Traé tu copa»

Martín: ¿Y el local? Porque ahí también aparece una idea de comunidad, pero no en abstracto. Aparece como fiesta, como encuentro.

Ale: En Armenia y Soler hicimos de todo. Cuando cumplimos el primer año hicimos un evento con poetas, micrófono libre, gente cantando. El lema era: «traé tu copa, porque vino y libros sobran».

Ilustración humorística de una fiesta librera con copas de vino y mesas llenas de libros
La librería como fiesta: libros, vino y una logística de copas propia.

Martín: Es una frase buenísima.

Ale: Y la gente vino con la copa. Sacaban copas de las carteras. Venían con la copa en la mano.

Fer: Éramos un montón.

Ale: Como setenta personas. Cortamos la calle Armenia.

Martín: ¿Cortaron la calle?

Ale: Sí. Los autos esperaban. Nadie decía nada. Era la librería saliendo a la calle.

Fer: Era otra cosa.

Martín: Eso no se puede replicar con una plataforma.

Ale: No.

Fer: Y ni te digo cuando cerramos la librería.

Martín: Eso quería preguntar. ¿Cómo se toma una decisión así cuando el lugar ya es parte de una comunidad?

Ale: La tuvimos que tomar. Venía madurando desde diciembre. El local nos quedaba chico, pero además nosotros siempre quisimos hacer cosas más allá de vender libros: presentaciones, encuentros, acciones para el barrio.

Fer: Crear comunidad.

Ale: Exacto. Para la comunidad, para la gente, para acercar, para generar un poquito de cultura. Entonces cerrar no era solamente cerrar una persiana.

Martín: Era cortar una escena.

Ale: Sí. Y la gente lo sintió así.

Fer: Ni te cuento lo que pasó en las publicaciones cuando anunciamos el cierre.

Ale: Fue muy fuerte. Porque para mucha gente no era solamente «cierro una librería». Era «pierdo un lugar donde pasaban cosas».

Martín: Y eso se ve en las redes. Uno puede comprar seguidores, puede hacer pauta, puede ordenar una estética, pero no puede fingir ese tipo de respuesta.

Ale: No. Eso no se finge.

Fer: Si no generaste algo, no aparece.

Martín: También están otros referentes del usado que trabajan esa dimensión comunitaria. Pienso en Patricio, de Aristipo, en la Francachela.

Ale: Patricio es otra cosa. Tiene otro perfil, otro público, pero es un referente.

Fer: Referente cultural, político, del libro usado.

Ale: Se posiciona en todo.

Martín: Me interesa conversar también con él.

Ale: Tenés que hacerlo. Es un personaje muy interesante.

Martín: Lo que veo es que el usado permite algo que el libro nuevo a veces no permite: barrio, mesa, militancia, humor, discusión, cuerpo.

Fer: Porque el usado viene con historia.

Ale: Y porque no todo está decidido de antemano. No sabés qué va a aparecer.

Martín: Esa imprevisibilidad es parte de la escena. Entra una caja, entra una biblioteca, entra alguien que no sabés quién es, entra una historia.

Ale: Y a veces entra Carolina en la calle y te dice que le salvaste la vida.

Fer: Ahí entendés que algo hiciste.

Martín: Además la dirección tenía algo.

Ale: Jorge Luis Borges 1923.

Fer: Al borde de Buenos Aires.

Martín: Es demasiado simbólico.

Ale: Muy simbólico. Igual te digo: no lo sabía todo el mundo. Nosotros y algunos más.

Fer: Pero estaba ahí.

Martín: Una librería de usados en Borges 1923. Parece escrito.

Ale: Sí. Y ahí hicimos muchas cosas. El Veredazo, encuentros, eventos. La librería salía a la calle.

Fer: Eso también era parte del local. No era solamente adentro.

Martín: Por eso el cierre pesa distinto. No cerrás una tienda: cerrás una dirección en la memoria de un grupo.

Ale: Exacto. La gente no recordaba solo que compró un libro. Recordaba que fue, habló, tomó algo, se encontró con alguien.

Fer: O que pasó por la vereda y había libros.

Martín: Ahí hay política cultural real, aunque no tenga formulario ni subsidio.

Ale: Totalmente.

Martín: Política cultural de baja escala: una mesa, una vereda, una copa, una recomendación, un libro que cambia de mano.

Fer: Y continuidad. No hacerlo una vez para la foto.

Ale: Hacerlo porque es la manera en que funciona la librería.

Fernando como mano derecha

Martín: Hay algo que también aparece mucho: cómo se acompañan ustedes. No solamente en la librería, sino en la toma de decisiones.

Ale: Él siempre trae un apoyo en todos sentidos. Para cualquier decisión que se toma es mi mano derecha y a veces la izquierda.

Fer: Mejor la izquierda.

Ale: Sí, mejor la izquierda. Él empezó siendo mi cliente. Trabajaba en una colchonería. Es profesor de filosofía.

Martín: ¿Y cómo pasó de cliente a librero?

Ale: Empezó a comprar y vio que yo estaba medio quieta. Me empezó a mover. A empujar. A decir: hagamos esto, hagamos aquello.

Fer: También porque yo venía de otro mundo. La filosofía, la docencia, el trabajo. Y la librería te empieza a tomar.

Ale: Te toma.

Martín: Es una forma de vida.

Ale: Exacto.

La pandemia

Martín: Quiero que me cuenten la evolución. Cómo pasan de vender libros a convertirse en ese estilo de Nuestro Arcón que uno ve hoy.

Ale: Pandemia para nosotros fue un impulso muy grande. Ahí nos cambió. Nosotros arrancamos vendiendo nuestros libros, básicamente en ferias. Desde que arrancamos, abrimos Instagram. En esa época era una foto y una reseña.

Martín: Una foto, una reseña.

Ale: Cortito. Después se me ocurre la idea de hacer una especie de local para emprendedores, donde además estuviese la librería. O básicamente tener la excusa para tener la librería. Queríamos estar en Palermo. Encontramos un local en Honduras, entre Armenia y Malabia. Una casa hermosa.

Fer: Muy lindo. En el frente de una casa hermosa. Un local de cincuenta metros cuadrados, piso de madera, todo iluminado. Lleno de espejos en el fondo. Ahí pusimos Casa Honduras. No era solo librería: había ropa, cuero, zapatos, cosas de emprendedores.

Luciano: Un local multimarca, pero con la librería como excusa.

Ale: Claro. Alquilamos en noviembre, abrimos en diciembre. Hicimos inauguración, DJ, champancito.

Fer: Siempre bebida.

Ale: Siempre. Tiene que haber algo en el medio.

Martín: Y en marzo…

Ale: En marzo se cerró todo. Duró cuatro meses.

Luciano: Se cerró todo y había que tener permiso para salir.

Ale: Exacto. Cerrado el local, hay que reinventarse. Nos vamos con la librería a casa.

Fer: El tema de los libros es que la gente tiene que entrar, quedarse, mirar.

Ale: No era lo mismo. No era delivery.

Martín: Claro.

Ale: Entonces nos quedó para casa. Descansamos todo ese primer mes. Nuestra habitación tiene un balcón terraza, que era el patio central de la casa. Entonces yo dije: este es el momento de los rusos. Este es el momento de leer a los rusos tranquila. No tengo nada que hacer.

Martín: ¿Leíste rusos?

Ale: Jarra de gin tonic desde las diez de la mañana. Audiolibro.

Ilustración humorística de Ale con una jarra de gin tonic, libros rusos y un audiolibro
Los rusos, versión Ale: gin tonic a las diez y audiolibro.

Martín: Ah, bien. Tocaste otro formato. ¿Te gustan los audiolibros?

Ale: Encontré una aplicación que es brillante, que se llama Libro Total. Tiene unas lecturas divinas. Están narradas por gente que lee. No por robots.

Fer: Eso es importante.

Ale: Y no con español de España. No tenemos nada contra los españoles, pero es cuestión de afinidad. Si no, parece que te están diciendo «cáspita».

Ilustración humorística de Ale escuchando un audiolibro leído por un robot que dice cáspita
El audiolibro perfecto, salvo cuando parece leído por un robot con diccionario de otra época.

Ale: O mexicano.

Fer: Tampoco mexicano. Porque si no: «chinga tu madre, güey». Y no.

Ale: Todo el día patas arriba tomando sol, escuchando a los rusos con auriculares. Hasta que sale el decreto de esenciales.

Fer: Librerías esenciales.

Ale: Entonces Fer me dice: «librerías con permiso, yo voy a salir a hacer entregas». Y yo le dije: «ni en pedo, porque no estamos vacunados todavía».

Fer: Yo voy igual.

Ale: Y se fue igual. Entonces empezamos a vender así.

Martín: ¿Cómo vendían?

Ale: Por mail. Todo por mail. En ese momento parecía más fácil. Pero no estaba tan instalado.

Fer: Hasta que apareció WhatsApp Business.

Ale: Mi hija me dice: «mamá, existe WhatsApp Business». Ella trabajaba en campaña política y lo usaban. Me lo instala y ahí cambió todo.

Martín: Ahí entran en otra velocidad.

Ale: Como esos pollos que crían veinticuatro horas con luz. Así estábamos. Tres de la mañana y seguíamos.

Fer: No nos dábamos cuenta.

Ale: Todo parecía urgente. Y además era pandemia, todos estábamos medio corridos de lugar.

Martín: A mí me agarró yendo y viniendo de España. Tuve que hacer cuarentena en Uruguay. Mi hermana me llevaba comida y yo la veía por la ventana.

Ale: Dios mío.

Martín: Era eso: todos mirando por ventanas, pantallas, permisos. Y ustedes con libros.

Fer: Con libros y permisos.

Ale: Y con miedo también. Porque no estábamos vacunados. Yo le decía a Fer que no saliera. Pero salió igual.

Fer: Había pedidos.

Ale: Y había que sostener algo. No solamente vender. Sostener el vínculo.

Martín: Ahí el WhatsApp Business no fue solo herramienta comercial. Fue mostrador.

Ale: Exacto. Era el mostrador posible.

Fer: La librería se volvió conversación por teléfono.

Martín: Y eso también explica el estilo de redes. No nació como estrategia; nació como necesidad.

Ale: Sí. Primero era fotito y reseña. Después fue apareciendo otra cosa.

Fer: Empezamos a hablar como hablábamos.

Ale: Y ahí se armó Nuestro Arcón.

Autores independientes

Martín: Me acuerdo de un video de ustedes donde les pedían a autores independientes que fueran a buscar sus libros.

Ale: Sí. Hicimos varios videos de esos. Seis, creo.

Martín: Era fuerte, porque no era un desprecio. Era como decir: no podemos más.

Ale: Nosotros teníamos toda una pared llena de libros de autores independientes. Les abrimos la puerta. Yo leí cada libro.

Martín: ¿Cada libro?

Ale: Cada libro. Pero llega un momento en que la cantidad de libros te tapa. Y si no podés sostenerlo, hay que decirlo.

Fer: La librería no puede convertirse en depósito de todo.

Ilustración editorial de Ale y Fer separando una mesa curada de libros de autores independientes de una pared desbordada de papeles y ejemplares
El límite difícil: abrir la puerta a autores independientes sin convertir la librería en depósito.

Ale: Exacto. Y eso también es cuidar el espacio.

Martín: Ahí también hay criterio. Decir que no es parte del oficio.

Ale: Tal cual.

Martín: Además ustedes se la juegan en los videos. No dicen las cosas envueltas.

Fer: Ella más que yo.

Martín: No te vendas como el moderado.

Fer: Soy el moderado.

Ale: Es el moderado, pero no se vende.

Fer: A veces ella está vendiendo y yo estoy afuera. Me quiero meter, me quiero meter, hasta que me meto. Y digo: perdón, pero…

Martín: Ahí está el dúo. Uno empuja y el otro entra con el «perdón, pero».

Ale: Sí. Pero entra.

Martín: ¿Y les tiran mucho hate cuando dicen esas cosas?

Ale: A veces sí.

Fer: Nos mandan a cagar.

Ale: Una vez alguien me puso «señora…» y ya arrancó mal.

Martín: «Señora» como insulto.

Ale: Claro. Y yo contesto. A veces tendría que no contestar, pero contesto.

Fer: Ahí entro yo.

Martín: El moderado.

Fer: A veces.

Ale: Pero con los autores independientes fue muy difícil. Porque nosotros no queríamos humillar a nadie. Al contrario. Habíamos abierto la puerta. Pero la librería no podía sostener esa pared de libros.

Martín: También hay una fantasía del autor: dejo mi libro en una librería querida y algo va a pasar.

Ale: Claro. Pero después ese libro ocupa espacio, no se mueve, nadie lo viene a buscar, nadie pregunta. Y nosotros tenemos que hacernos cargo.

Fer: Y el espacio es finito.

Ale: Finito. El local, la mesa, la atención, todo es finito.

Martín: Decir «vengan a buscar sus libros» era decir: no podemos seguir actuando como si esto no tuviera costo.

Ale: Eso. Y algunos lo entendieron. Otros no.

Fer: Pero había que decirlo.

Martín: Porque la librería también se cuida de los buenos deseos.

Ale: Totalmente. A veces los buenos deseos te llenan una pared.

Catálogo y tecnología

Martín: Yo les decía recién que en Tremendos Libros estoy pensando mucho la parte tecnológica. No para que la librería se vuelva fría, sino para liberar tiempo. Si podés automatizar la carga, las fichas, las portadas, las consultas, ganás tiempo para hablar con la gente.

Fer: Claro.

Ale: Eso nos interesa. Ahora que no tenemos la librería abierta como antes, nos preguntan: «¿dónde puedo ver los libros? ¿Tienen catálogo?». Y no tenemos.

Martín: Ahí hay un punto. Una librería puede usar herramientas digitales sin convertirse en plataforma.

Fer: Mercado Libre está, pero no queremos depender de eso.

Ale: Queremos hacer una página, pero una página distinta.

Martín: Yo tengo muchas cosas automatizadas. Soy fanático de ahorrar tiempo. Si puedo ahorrarme medio segundo, lo hago. Cargo título, autor, editorial, colección, estado. La portada se busca, se baja, se pega. Eso después entra a la web.

Fer: Maravilloso.

Martín: Para mí una tienda no es solamente una tienda. Es una base de datos. Hay colecciones editoriales uruguayas que ni siquiera están documentadas. Entonces si cargás bien, también estás dejando registro.

Ale: Claro.

Martín: Y después está la búsqueda con chat bot. Por ejemplo, alguien pregunta por Onetti y le aparecen los libros disponibles.

Ale: Qué maravilla.

Ale: Pero mostranos.

Martín: Mirá. Título, autor o autores, editorial, colección, estado. Después eso lo agrego a la página. Tengo miles de fichas cargadas a mano. Todas con portada. No lo hago solo para vender: también estoy generando una base de datos útil para un futuro interesado en el tema.

Fer: Claro.

Martín: Hay libros uruguayos que no están bien documentados. Colecciones enteras. Entonces cuando cargo uno, no estoy haciendo solo una ficha comercial. Estoy armando una base de datos.

Ale: Eso me gusta.

Martín: Y le metí un chatbot.

Fer: Muy bien.

Ale: ¿Cómo se llama?

Martín: Benito.

Fer: ¿Por Benito Pérez Galdós?

Martín: No. Benito Nardone.

Ale: Claro.

Martín: Le preguntás: «¿qué libros tenés de Onetti?». Si todo anda bien, te trae lo disponible. El otro día me decía: tengo Cuentos completos, tengo El pozo, tengo La vida breve. Y además ordena: obra principal, antologías, prólogos, traducciones. Salvo que le pidas otra cosa.

Ale: Qué maravilla.

Fer: Eso para una librería es oro.

Martín: La pregunta no es solamente «qué tenés». Es cómo te responde. Si alguien pregunta por Onetti, no quiero que le devuelva cualquier aparición lateral mezclada con prólogos o traducciones. Quiero que entienda que hay obra principal, que hay antologías, que hay colaboraciones.

Fer: Eso es criterio.

Martín: Exacto. La inteligencia artificial sola no tiene criterio librero. Hay que dárselo. Hay que decirle cómo ordenar, qué priorizar, qué dejar abajo.

Ale: Entonces no es apretar un botón.

Martín: No. Es oficio metido en una herramienta. Si no, es otra plataforma más.

Fer: Y volvemos al anonimato.

Martín: Tal cual. La herramienta tiene que llevar tu voz. Si el chatbot responde como Nuestro Arcón, sirve. Si responde como un call center, no.

Ale: No queremos un call center.

Fer: Nadie quiere hablar con un call center para comprar un libro. Porque evita una cantidad enorme de trabajo repetitivo. Y no reemplaza al librero. Al revés: le deja más tiempo para conversar.

Ale: Eso es lo que nos interesa.

Martín: También hice aplicaciones para iPhone y Android. No había ninguna librería independiente allá con aplicaciones. Vos te bajás la app, buscás una autora, te suscribís. Cuando entra un libro de esa autora, te llega notificación.

Fer: Nuevo libro.

Ale: Este pibe es un genio.

Martín: No, pará. Lo digo porque se puede pensar una tecnología que no sea Mercado Libre. Una tecnología para librerías con voz propia.

Fer: Eso sí.

Martín: Y ustedes ya tienen la voz. Les falta la estructura que no los obligue a contestar veinte veces lo mismo.

Ale: Exacto. Porque ahora nos preguntan todo el tiempo: «¿dónde veo el catálogo?». Y no tenemos.

Fer: O tenemos que buscar nosotros.

Martín: Y buscar también es parte del oficio, pero si la herramienta te resuelve lo obvio, queda lo importante. Porque el catálogo no es una lista neutra. Es mirada. Es criterio. En una librería de usados, cada ejemplar tiene que mirarse.

Fer: Totalmente. El catálogo es el ojo.

Ale: Y la conversación.

Ale: A mí me gustaría una página que no sea igual a todas. Vi una en la que aparecen los lomos, como si tuvieras los libros puestos. Buscás uno y sale el libro.

Martín: Escanear lomos.

Ale: Exacto. Y también algo más visual, como tableros de Pinterest. Que no sea solo una grilla fría. Que refleje una manera de mostrar.

Fer: Hacer algo distinto.

Martín: Eso también los define. Ustedes necesitan una web que diga «Nuestro Arcón», no una plantilla con libros adentro.

Ale: Eso. Que se vea que somos nosotros.

Fer: Y que sirva.

Martín: Las dos cosas. Estética y oficio. Si es preciosa pero no se puede buscar, no sirve. Si se puede buscar pero parece un supermercado, tampoco.

Precio y libro nuevo

Martín: ¿Qué sucede con el precio de venta al público fijo? En el usado es otra lógica, pero en el libro nuevo…

Fer: En el usado es otra lógica. Pero en el libro nuevo vos tenés grandes cadenas, plataformas y pequeñas librerías de barrio. Las grandes cadenas y las plataformas pueden hacer hot sale, promociones, cuotas, asociarse con bancos, todo tipo de beneficios. Tienen márgenes altos y manejan grandes cantidades de libros. Incluso las editoriales les mandan directamente los libros.

Ale: Y una librería chica no.

Fer: Una librería chica en general tiene que comprar, termina en una distribuidora, y la distribuidora le da un margen corto. Acá está entre el 30 y el 40 por ciento. ¿Qué descuento del 10 por ciento o seis cuotas sin interés puede hacer una librería de barrio en relación con una cadena? Ninguno. Si lo hace, pierde.

Ale: Y tampoco puede tener todo lo nuevo que sale.

Fer: Eso ni hablar. Tengo un librero conocido que me decía: «no estoy vendiendo nada, no llego a vender diez libros por día». Y tiene una librería hermosa. Piso al techo. Estantería gigante.

Martín: ¿Vende usados también?

Fer: No, solo libro nuevo.

Ale: Y se sostiene porque tiene otra cosa alrededor. Cafetería, otros ingresos, algo que aguanta.

Fer: Si dependiera solamente del flujo de libros que vendía antes, no sé.

Martín: Esa es otra discusión. Muchas librerías nuevas ya no pueden ser solamente librerías. Necesitan café, agenda, taller, membresía, cowork, algo.

Ale: Sí, pero ahí hay que tener cuidado. Porque una cosa es una librería que además tiene café y otra cosa es un café que pone libros para quedar lindo.

Fer: No es lo mismo.

Martín: Y el lector lo nota.

Ale: Lo nota en el cuerpo. Entra y sabe si puede tocar, mirar, preguntar, perder tiempo. O si está molestando entre mesas.

Fer: La librería necesita tiempo lento.

Ilustración de una librería con reloj y mesa de libros para la frase “La librería necesita tiempo lento.”

Martín: Exacto. Y el libro nuevo está cada vez más metido en una lógica rápida: novedad, mesa, campaña, devolución, saldo.

Ale: Por eso a nosotros el usado nos permite otra respiración.

Fer: Aunque sea difícil.

Martín: Difícil, pero no atado a la misma máquina. Ahí está el argumento. Yo no estoy en contra de que se regule eso. Estoy en contra de que sea el único argumento para decir que la supervivencia de los independientes depende del precio de venta.

Ale: No, no.

Fer: Eso es así.

Martín: Porque yo los investigué y todos tienen el mismo catálogo. Entonces volvemos a lo mismo: el diferencial termina siendo el precio.

Fer: El diferencial también es el catálogo.

Ale: El diferencial es el catálogo.

Fer: Es el ojo. Es tu criterio. Es el catálogo que vos armes como librero. Ahí está el diferencial.

Martín: Pero en el libro nuevo están atados.

Fer: Claro. La librería independiente de libro nuevo está atada. La distribuidora le manda libros. El librero no siempre decide todo.

Ale: A un librero de acá le pasó. Pidió que le mandaran algunos libros de Rolón porque se le estaban terminando y le mandaron una caja enorme. Cientos de ejemplares. ¿Qué hace una librería chica con eso?

Fer: No tiene dónde ponerlos. Se guarda unos pocos y el resto queda ahí, ocupando espacio, esperando una devolución que no sabés cuándo viene.

Luciano: Son bocas de venta, narcomenudeo al libro. Obligados por el narco editorial.

Ale: Exacto.

Ilustración humorística de una feria secreta de libros usada para la frase narcomenudeo al libro
Cuando la cadena de distribución se vuelve policial, pero de libros.

Martín: Y después está el falso bestseller. Ese libro al que le hicieron una campaña enorme, se esperaba que vendiera muchísimo, no vendió, y termina en saldos.

Fer: Tres por quinientos.

Ale: En Corrientes ves eso todo el tiempo.

Martín: En Uruguay también pasa, sobre todo en zonas turísticas. Libros nuevos que terminan como descarte de una expectativa editorial. Y eso también contamina la idea de precio. Porque para el lector todo parece arbitrario: hoy vale tanto, mañana aparece en una mesa de saldos.

Fer: El precio no está solo en el número. Está en toda la cadena.

Martín: Y en esa cadena el autor cobra poco.

Ale: El diez por ciento, muchas veces.

Martín: Claro. Entonces uno discute precio fijo, descuentos, plataformas, cadenas, pero la pregunta sigue: ¿cuánto se lleva el autor?

Fer: Ahí está.

Martín: Porque si el libro vale veinte mil y todo el mundo lo vende a veinte mil, perfecto. Pero si el autor sigue llevándose una parte mínima, la cadena sigue desbalanceada.

Ale: Y al mismo tiempo el autor quiere el sello.

Fer: El prestigio.

Martín: Si yo escribo ficción y me publica Anagrama, eso tiene un peso. Después te come el sistema, pero el título está ahí.

Ale: Ese es el juego.

Martín: Y en la autopublicación aparece el otro problema: distribución.

Fer: No tienen distribución.

Martín: Yo ahí tengo mis dudas. La distribución hoy también es internet, aunque no resuelve todo. Tengo un amigo, profesor de educación física, hizo una maestría en filosofía del deporte en Madrid y quería publicar su tesis. El título era académico, largo, imposible. Lo ayudé a pensarlo. Terminó siendo Cancha y escuela. Hizo preventa, doscientos ejemplares, los vendió mandando mails a sus contactos. Sin campaña de marketing, sin ads.

Ale: Está bien, pero eso no es instalarse en el mercado como escritor.

Martín: No. Pero es una forma de no quedar esperando a que una cadena te habilite.

Fer: Sí, pero no todos tienen red.

Martín: Exacto. Por eso para mí la discusión no es simple. No alcanza con decir «autopublicate» ni alcanza con decir «que te publique una editorial». Hay que mirar distribución, comunidad, catálogo, tiempo, prestigio y plata.

Ale: Y deseo. Porque hay gente que quiere estar ahí.

Fer: Quiere el sello.

Martín: Claro. Y no se puede despreciar eso. Pero tampoco hay que fingir que el sistema es neutral.

Martín: En usado aparece otra distorsión: la gente mira Mercado Libre para tasar.

Ale: Todo el tiempo.

Fer: Vienen con el precio de Mercado Libre.

Martín: En un lugar como el de ustedes uno no va solamente a buscar precio.

Ale: Pero pasa. También cuando vas a comprar una biblioteca. A veces te dicen: «prefiero donarlo». O empiezan a mirar cuánto vale en Mercado Libre mientras vos estás ahí.

Fer: Y muchas veces no saben qué tienen. Te dicen: los libros grandes valen cinco y los chicos uno.

Martín: Y el chico puede ser El pozo de Onetti.

Fer: Exactamente.

Ale: Por eso hay que saber mirar.

Martín: Ese es el punto. El precio no sale solo de una plataforma. Sale de saber qué hay ahí.

Fer: Y de entender el ejemplar. Estado, edición, rareza, circulación.

Ale: También de saber cuándo no comprar.

Martín: En Argentina vi otra cosa que en Uruguay casi no aparece: el libro pirata circulando como si fuera nuevo.

Ale: Acá está lleno.

Fer: Lleno.

Martín: Me llamó la atención. En Mercado Libre ves un libro nuevo a un precio y al lado el mismo a la mitad. Y cuando entrás, algo no cierra.

Ale: No puede salir eso.

Fer: Si todos los demás están a un precio y aparece uno al cincuenta por ciento, algo pasa.

Martín: ¿Ustedes los detectan fácil?

Ale: A veces sí. Te das cuenta por el papel, por la tinta, por la encuadernación.

Fer: La página descentrada, el número corrido, la tinta que arranca negra y termina gris.

Ale: O el papel blanco, óptico, de impresora. Abrís una página y se transparenta la otra.

Martín: Me pasó con un Foucault. Lo compré pensando: qué negoción. Y cuando lo tuve en la mano dije: esto no es un libro, esto es una fotocopia sofisticada.

Fer: En el usado también hay que mirar eso.

Ale: Si llega algo falso, se rechaza. No entra.

Martín: La pregunta ahí es de dónde sale. Porque no estamos hablando de alguien que fotocopió un capítulo para estudiar. Estamos hablando de una red.

Fer: Claro.

Ale: Y se mueve rápido. Sale un libro y a los quince días ya puede estar circulando.

Martín: Y el autor no cobra nada. La editorial tampoco. La librería que trabaja en regla compite contra algo que no tiene los mismos costos.

Fer: Es otra distorsión.

Martín: Por eso la discusión del precio queda corta si no se mira todo el circuito. Cadenas, plataformas, distribuidoras, saldos, piratería, usados, autores, librerías chicas.

Ale: Todo está mezclado.

Fer: Y el lector ve solamente el precio final.

Martín: Claro. Ve «acá está más barato». Pero atrás hay mundos distintos.

Ale: Y después te preguntan por qué una librería cobra lo que cobra.

Fer: Como si el precio fuera capricho.

Martín: O como si el librero estuviera especulando siempre. A veces habrá especulación, como en cualquier rubro. Pero muchas veces hay alquiler, horas de búsqueda, limpieza, catalogación, riesgo, espacio y conversación.

Ale: Y equivocaciones.

Fer: También.

Martín: Eso me interesa del usado: obliga a mostrar el trabajo. No podés esconderte detrás de la novedad. Tenés que poder explicar por qué ese ejemplar está ahí.

Ale: Y si no lo podés explicar, capaz no tiene que estar.

La próxima conversación

Martín: Che, te voy a decir la verdad: tenemos material acá.

Ale: Un montón.

Martín: Da para una segunda conversación.

Fer: Podemos hacer eso.

Martín: Para mí sí. ¿Cómo cerrarían esto?

Ale: Cerraríamos diciendo que esta es solo una aproximación de lo que es Nuestro Arcón.

Fer: Nuestro Arcón es mucho más que esto.

Ale: Nos falta hablar del vínculo social que generó esta librería y de lo que realmente la sostiene.

Fer: Que no es la venta de libros.

Martín: Dejamos entonces una segunda conversación para más adelante.

Ale: Segunda conversación.

Fer: Vamos por la segunda.

Martín: Continuará.

Después, cuando el grabador parecía haber cumplido su trabajo, la conversación siguió. Apareció Colonia, apareció Almagro, aparecieron bolsas de libros, la pregunta de dónde guardar todo, la posibilidad de instalarse, de cruzar puentes, de hacer algo entre libreros que todavía no existe del todo.

Ale: En Colonia me pasó algo que me dejó pensando. Encontré a un chico español que vendía libros. Tenía una especie de galería, una mesa en la calle, montones de libros. Cosas muy valiosas para mí.

Martín: ¿Por ejemplo?

Ale: Un Ulises de Joyce de Santiago Rueda. Primera de Rueda. Un precio exorbitante, obviamente. Nosotros no lo podíamos pagar porque para nosotros el dólar estaba carísimo. Pero yo le pregunté cómo conseguía los libros y nunca me dijo.

Martín: Nunca te dijo.

Ale: Nunca. Entonces pensé: con los precios que hay acá y los precios que tenemos allá, esto es una locura. Habría que venir cada quince días. Cada quince días.

Martín: Porque acá encontrás ciertos libros que allá valen muchísimo. De repente allá valen cien dólares y acá aparecen a quince mil o veinte mil pesos argentinos.

Fer: Claro.

Martín: Y al revés también. Hay libros uruguayos que acá nadie compra y allá son difíciles. Un libro que acá conseguí barato, allá se vendía varias veces más. Entonces pienso circuitos. No para hacer turismo de libros, sino para que el libro encuentre dónde tiene sentido.

Ale: Eso está bueno.

Martín: Mi idea es armar esos circuitos. Si viajo cada quince días, puedo tener en la página libros con entrega inmediata y otros con entrega de siete a quince días. Como un Buscalibre artesanal, pero con criterio librero.

Fer: Excelente.

Ale: Y con stock real.

Martín: Claro. No prometer cualquier cosa. Decir: esto está, demora tanto. Y además pedidos. Que alguien diga: busco tal cosa. Si aparece, se activa.

Fer: Eso es muy bueno.

Ale: Es Dexter.

Martín: Medio obsesivo, sí.

Fer: Pero sirve.

Martín: Y ahí ustedes también entran. Si a ustedes les aparece algo fuerte de historia uruguaya, capaz allá tiene más destino. Y si a mí me aparece algo que acá tiene lectores, lo traigo.

Ale: Cambio de figuritas.

Martín: Exacto. Pero con libros.

Fer: Y con confianza.

Martín: Sin confianza no se puede. Por eso insisto tanto con que el mercado no puede ser solamente plataforma. La plataforma resuelve una transacción, pero no arma mundo.

Ale: Arma envío.

Fer: No arma vínculo.

Martín: Y el vínculo es lo que hace que un libro encuentre lugar.

Ale: Ahí está. Por eso digo que este barrio es hermoso.

Fer: Caro, pero hermoso. Yo quiero hacer cosas.

Martín: No vine acá solamente a comprar libros.

Ale: Y además acá hay editoriales que ustedes no tienen allá.

Martín: Sí. Hay editoriales argentinas que a Uruguay no llegan o llegan mal. Independientes, ensayos, cosas de catálogo. Ampersand, por ejemplo, me encanta.

Ale: A mí de Ampersand no me gusta el formato. Es muy pequeño.

Fer: A mí me gusta.

Martín: A mí también. Y ayer compré cosas que allá no veo. Estoy investigando mucho el mundo editorial. No solamente para vender, sino para entender la máquina.

Ale: Tenés que leer el libro de ese tipo que trabajaba en la máquina de destrucción de libros.

Martín: ¿El de Félix Bruzzone?

Ale: Sí. Ya te salió la librera.

Fer: «Lo tengo».

Ale: No, no lo tengo.

Martín: Bruzzone me interesa mucho. Y esas conversaciones también importan. Porque uno viene hablando de logística, precios, plataformas, y de golpe aparece un libro concreto. La librera aparece cuando dice: «tenés que leer este».

Ale: Es inevitable.

Martín: Después pasa lo práctico. Compro libros, aparecen bolsas, y llega la pregunta: ¿dónde meto esto?

Fer: Te comprás otra valija.

Martín: ¿Dónde compro una valija?

Ale: Eso es muy de librero viajando.

Martín: Sí. Porque uno siempre calcula mal. Dice: llevo poco. Y después aparece Fondo de Cultura, aparece una librería a la vuelta, aparece una mesa, aparece un libro que no podés dejar.

Fer: Y ya está.

Ale: Eso es lo que pasa acá. Vas caminando y decís: «acá a la vuelta hay otra». Y vas.

Martín: Exacto. Me dicen «Fondo de Cultura está en Costa Rica». Y yo ya estoy pensando: vamos. Pero al mismo tiempo miro las bolsas y digo: ¿qué hago con esto?

Fer: Te comprás otra valija.

Martín: Esa es la respuesta librera al exceso: otra valija.

Ale: O un depósito.

Martín: O una casa. O una excusa para quedarse.

Fer: Los libros te organizan la logística.

Martín: Totalmente. Uno cree que decide el viaje, pero muchas veces lo decide lo que aparece en la mesa.

Ale: Te cambia el plan.

Martín: Y también te cambia la cabeza. Porque empezás a ver la ciudad por librerías. Una esquina ya no es una esquina: es el lugar donde había una mesa con algo que no esperabas. Un barrio no es un barrio: es una constelación de recorridos posibles.

Fer: Eso es muy de librero.

Martín: Y de lector enfermo.

Ale: Bueno, sí. También.

Fer: Pero esa enfermedad es la que sostiene todo esto.

Martín: Sí. Sin esa manía no hay catálogo, no hay búsqueda, no hay puente, no hay conversación. Hay solamente stock.

Ale: Y stock puede tener cualquiera.

Fer: La diferencia es qué hacés con eso.

Placa con la frase “Stock puede tener cualquiera.”

Martín: Y con quién lo hacés. Porque un libro solo en una base de datos es una cosa; un libro dentro de una conversación viva, concreta, situada, compartida, es otra cosa.

Martín: Entonces también pienso: no tiene sentido llevar todo a Uruguay. Si me instalo acá una parte del tiempo, algunos libros pueden quedar acá. Otros van. Otros vuelven. Hay que pensar depósito, circulación, pedidos.

Ale: Nosotros vivimos a veinte cuadras.

Fer: En Almagro.

Martín: Ahí está. Almagro, Palermo, Colonia, San Carlos, Montevideo. No como mapa turístico: como circuito de libros.

Ale: Me gusta eso.

Martín: A mí también. Porque no sería traer libros por traer. Sería armar un pasaje. Si allá alguien busca historia uruguaya, yo sé dónde puede aparecer acá. Si acá alguien busca algo de humanidades o filosofía que allá se consigue, puedo cruzarlo.

Fer: Eso es trabajo librero también.

Martín: Sí. No es solo comprar barato y vender caro. Es saber dónde un libro tiene sentido.

Ale: Y dónde alguien lo está esperando.

Martín: Exacto.

Ale: Bueno, contá con nosotros.

Fer: Para lo que quieras.

Ale: Para colaborar, para lo que sea.

Fer: Nosotros estamos siempre listos para hacer cosas nuevas.

Martín: Esa frase resume. Esa frase tiene que cerrar.

Ale: Siempre estamos listos para las cosas nuevas.

Collage editorial de Ale, Fer, Luciano y Martín en Kaldi con la frase “Siempre estamos listos para las cosas nuevas.”

Martín Álvarez
Tremendos Libros
@unfalsoguru



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