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La masa que todavía dice programa

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Hay una forma uruguaya de no entender al peronismo.

Consiste en mirarlo como exceso argentino.

Demasiada plaza. Demasiado líder. Demasiada liturgia. Demasiada bandera. Demasiada contradicción junta. Un día sindicalismo, otro día empresarios. Un día justicia social, otro día Menem. Un día Evita, otro día gobernadores conservadores. Un día pueblo, otro día aparato. Entonces aparece la frase cómoda: «nadie entiende al peronismo».

La frase tranquiliza más de lo que explica.

En la entrevista de La Mañana con Martín Rodríguez, Gabriel Delacoste intenta hacer otra cosa. No busca resolver el peronismo como si fuera un acertijo doctrinario. Lo mira como una forma política. Y por eso la frase más importante de la conversación no es una definición ideológica, sino una constatación de persistencia: el peronismo, dice, es una identidad política extraordinariamente persistente.1

Esa palabra cambia el problema.

Identidad.

No doctrina. No programa. No coherencia. No partido clásico. Identidad.

Una identidad puede sobrevivir a contradicciones que destruirían a una ideología más prolija. Puede admitir tensiones internas, giros, apropiaciones, traiciones, retornos, disputas familiares, deformaciones y nostalgias. Puede ser discutida desde afuera y, aun así, seguir funcionando desde adentro. Puede no ser fácil de explicar y, justamente por eso, ser difícil de matar.

El peronismo no persiste porque todos sepan exactamente qué es.

Persiste porque millones saben, o creen saber, dónde están cuando dicen que son peronistas.

La pregunta uruguaya empieza ahí.

No para decir que el Frente Amplio es el peronismo uruguayo. No lo es. Esa comparación sería demasiado torpe. El Frente Amplio no nació del Ejército, ni de un coronel que descubrió al movimiento obrero desde una secretaría estatal, ni del nacionalismo católico de posguerra, ni de un balcón capaz de convertir conducción, multitud y nación en una sola escena.

El Frente Amplio nació de otra materia: izquierda, sindicalismo, cristianismo social, batllismo desgajado, socialismo, comunismo, derechos humanos, legalidad democrática, comités de base, programa común, paciencia orgánica, exilio, cárcel, retorno, gobierno.

Pero justamente por eso la comparación importa.

Porque permite preguntar qué clase de identidad política es el Frente Amplio cuando ya no alcanza con decir «coalición de izquierda» y seguir de largo.

Collage editorial de archivo con multitud borrosa, papeles programáticos, mesa de documentos, banderas, micrófonos y textura envejecida
La comparación no busca encontrar un peronismo uruguayo. Busca mirar qué hace una fuerza popular cuando su identidad es más grande que su definición.

El balcón y la mesa

El peronismo tiene una imagen matriz muy difícil de derrotar: la plaza mirando hacia arriba.

El líder habla. La multitud responde. El Estado, la nación y el pueblo parecen tocarse en una misma escena. Esa imagen puede ser democrática o autoritaria, emancipadora o disciplinaria, según el momento y según quién la mire. Pero tiene una potencia evidente: condensa. Produce una forma. Le da cuerpo a una pertenencia.

El Frente Amplio tiene otra imagen: una mesa larga.

Papeles. Sectores. Delegados. Comisiones. Bases. Programa. Resoluciones. Comités. Sindicatos. Bancada. Mesa Política. Congreso. Acuerdos que no siempre entusiasman, pero que permiten seguir juntos.

El peronismo tiene balcón.

El Frente Amplio tiene mesa.

Collage de archivo con plaza multitudinaria, balcón institucional y mesa política larga
El contraste no es entre Argentina y Uruguay como caricatura nacional. Es entre dos modos de organizar una heterogeneidad: una escena que condensa desde arriba y una mesa que administra desde adentro.

Esa diferencia no es estética. Es política.

El balcón ordena la heterogeneidad desde una voz que promete representar al conjunto. La mesa ordena la heterogeneidad mediante procedimientos, documentos y equilibrios. En el peronismo, la contradicción puede quedar recubierta por la mística del movimiento. En el Frente Amplio, la contradicción debe pasar por una tecnología de convivencia: discusión interna, síntesis programática, disciplina pública, distribución sectorial.

Por eso al Uruguay le cuesta menos explicar al Frente Amplio. Hay estatutos, bases programáticas, sectores reconocidos, órganos, comités, declaraciones. El propio FA se define como fuerza de coalición y movimiento, integrada por sectores y ciudadanos que aceptan principios, objetivos y resoluciones comunes.2 También exige a sus sectores suscribir la Declaración Constitutiva, las Bases Programáticas y el Acuerdo Político.3

Todo parece más legible.

Pero la legibilidad también puede engañar.

Una fuerza política puede tener definición formal y, al mismo tiempo, atravesar una crisis de sentido. Puede saber cómo se integra, cómo vota, cómo resuelve, cómo gobierna y cómo se disciplina, sin saber con la misma claridad qué conflicto profundo organiza su existencia.

Ese es el punto.

El problema del Frente Amplio no es que nadie sepa qué es. El problema es más delicado: quizá sabemos demasiado bien qué es en términos institucionales, pero cada vez nos cuesta más decir para qué existe como fuerza histórica.

La masa no siempre grita

Conviene sacarse de encima una tentación.

Cuando decimos «masa» pensamos enseguida en multitud caliente, acto, bombos, banderas, cuerpos apretados, fervor. Eso existe en la política argentina y también existe, en otro registro, en Uruguay. Pero una masa política no siempre grita. A veces se organiza en silencio. A veces vota con disciplina. A veces llena planillas. A veces integra comisiones. A veces espera años. A veces se reúne en un comité con poca gente, mucho mate y una fe laica en que la política todavía puede ordenar la vida común.

El Frente Amplio también es una masa.

Sala de comité con mesa oscura, termos, carpetas y una multitud proyectada al fondo
La masa frenteamplista no siempre aparece como multitud fervorosa. A veces se reconoce en papeles, espera, disciplina, comités y una pertenencia que se acumula sin hacer espectáculo.

No una masa peronista. No una masa de balcón. Una masa de pertenencia acumulada.

Hay familias frenteamplistas. Hay barrios frenteamplistas. Hay trayectorias militantes. Hay funcionarios, docentes, sindicalistas, estudiantes, cooperativistas, artistas, profesionales, jubilados, jóvenes que heredaron la identidad y jóvenes que la miran con distancia. Hay gente que se define frenteamplista antes de saber exactamente en qué sector caería. Hay votantes que no pisan un comité pero reconocen una sensibilidad. Hay una memoria moral: la dictadura, Seregni, la resistencia, el voto en blanco, la llegada al gobierno, los derechos, el salario, la salud, la negociación colectiva, la pobreza que bajó, el país que pareció volverse menos cruel.

Eso no es poco.

Una fuerza política no sobrevive medio siglo solo por tener buenos documentos.

El Frente Amplio persiste porque también es identidad.

Pero es una identidad rara. Menos litúrgica que el peronismo, menos vertical, menos nacionalista, menos plebeya en su lenguaje, más institucional, más universitaria, más sindical, más moralizada por la idea de responsabilidad democrática.

El peronismo puede sobrevivir a la acusación de contradicción porque en parte hizo de la contradicción una prueba de vitalidad: si hay de todo adentro, es porque ahí está la nación real. El Frente Amplio, en cambio, suele vivir sus contradicciones con culpa administrativa. Necesita procesarlas, ordenarlas, redactarlas, justificarlas, volverlas compatibles con una idea de seriedad.

Eso lo vuelve más confiable.

Y a veces más opaco.

El programa como refugio

Durante mucho tiempo, el programa fue la gran diferencia frenteamplista.

No solo un listado de medidas. Una ética de la política. La idea de que no alcanza con tener líder, olfato o carisma; hay que tener acumulación colectiva, diagnóstico, prioridad, compromiso, discusión. En un país que desconfía de los gestos grandilocuentes, esa cultura programática fue una virtud enorme.

El Frente Amplio podía decir: no somos una aventura, somos una construcción.

El problema aparece cuando el programa deja de ser una herramienta de transformación y empieza a funcionar como refugio identitario. Cuando se vuelve prueba de existencia antes que imaginación de futuro. Cuando sirve para demostrar que hay elaboración, pero no necesariamente para producir una escena política reconocible.

El programa ordena, pero no convoca por sí solo.

Mesa de archivo con documentos programáticos, cuadernos, carpetas y papeles envejecidos
El programa puede ser acumulación colectiva o puede volverse refugio: prueba de que la fuerza existe, aunque todavía no produzca una escena reconocible del futuro.

Una sociedad no se moviliza solamente detrás de un PDF. Tampoco detrás de una comisión. Ni siquiera detrás de una buena gestión. Se moviliza cuando logra reconocer que hay algo suyo en juego.

Ahí el peronismo conserva una ventaja conceptual. Puede decir «justicia social» y activar una memoria popular más amplia que cualquier plan económico. Puede decir «pueblo» y producir una escena de pertenencia, aunque después esa palabra sea disputada, usada, abusada o vaciada. Puede decir «oligarquía» y ordenar un antagonismo.

El Frente Amplio se cuida más.

A veces con razón. Uruguay no es Argentina. Su cultura política castiga el exceso, la épica inflamada, la identificación total entre partido y patria. La mejor tradición frenteamplista no es apropiarse del pueblo, sino construir una mayoría democrática dentro de reglas compartidas.

Pero una fuerza transformadora no puede tenerle miedo a nombrar conflicto.

Puede no gritarlo.

Puede no simplificarlo.

Puede no convertir adversarios en enemigos absolutos.

Pero tiene que nombrarlo.

Porque sin conflicto, la política se reduce a administración sensible.

Pueblo, pero cuál

La palabra «pueblo» sigue estando disponible, pero ya no alcanza con pronunciarla.

¿Quién es hoy el pueblo del Frente Amplio?

La respuesta clásica incluía trabajadores organizados, sindicatos, estudiantes, cooperativas, capas medias progresistas, intelectuales, empleados públicos, barrios populares, militancia territorial, izquierda cultural. Esa composición todavía existe, pero ya no ordena todo.

El Uruguay actual tiene otras fracturas.

Trabajadores formales que todavía negocian colectivamente y trabajadores informales que apenas tienen representación. Jóvenes que no se reconocen en la liturgia de sus mayores. Familias endeudadas. Barrios donde el Estado llega más como policía que como promesa. Docentes agotados. Estudiantes que pasan por instituciones que ya no garantizan ascenso. Clases medias que votan derechos, pero temen perder estabilidad. Interior que no quiere ser tratado como postal ni como atraso. Feminismos que empujan cambios culturales que incomodan incluso dentro de la izquierda. Migrantes. Repartidores. Programadores. Cuidadoras. Pequeños comerciantes. Jubilados que no entran cómodamente en la épica del crecimiento pasado.

Si el Frente Amplio es una masa, es una masa hecha de fragmentos.

Collage de edificios, calle nocturna, bicicleta de reparto, recibos, avisos y rostros anónimos
La palabra «pueblo» ya no nombra una figura compacta. Nombra una disputa por unir fragmentos que no siempre se reconocen entre sí.

La pregunta no es si puede representarlos a todos. Ninguna fuerza puede hacerlo sin resto. La pregunta es si puede construir una imagen común que no sea apenas nostalgia del ciclo 2005-2020.

Ese ciclo importa. Sería absurdo negarlo. Para mucha gente, esos años fueron la prueba de que la política podía mejorar vidas sin incendiar el país. Pero la memoria de una buena administración no reemplaza una promesa histórica. Puede ganar elecciones. Puede sostener lealtades. Puede ordenar un retorno. Pero no necesariamente alcanza para abrir época.

El Frente Amplio volvió al gobierno después de ganar el balotaje de 2024 con Yamandú Orsi y Carolina Cosse.4 Eso muestra persistencia electoral. Pero una victoria no responde por sí sola la pregunta de fondo.

Volver no es lo mismo que volver a significar.

El parecido incómodo

La afinidad con el peronismo aparece, entonces, en otro lugar.

No en la ideología. No en la estética. No en la historia de origen.

Aparece en la tarea: organizar una heterogeneidad social bajo una identidad común.

Díptico de archivo con plaza y balcón de un lado, mesa institucional y carpetas del otro
La comparación no funde las historias. Las pone en tensión: dos formas distintas de producir pertenencia, ordenar contradicciones y convertir fragmentos sociales en identidad política.

El peronismo lo hizo con conducción, mística nacional, sindicalismo, Estado y antagonismo. El Frente Amplio lo hizo con coalición, programa, movimiento social, ética democrática y cultura institucional. Ambos construyeron algo más grande que sus partes. Ambos produjeron pertenencia. Ambos sobrevivieron a derrotas. Ambos tienen memorias de ascenso popular. Ambos contienen sectores que, vistos desde afuera, no deberían convivir tan fácilmente.

Pero hay una diferencia decisiva.

El peronismo puede decir que su contradicción es la forma misma de la nación. El Frente Amplio no puede decir eso sin traicionarse. No puede confundirse con Uruguay. No puede presentarse como único intérprete legítimo del pueblo. No puede hacer de la bandera nacional una bandera partidaria sin romper parte de su propia tradición republicana.

Su límite es también su virtud.

El Frente Amplio no debería querer ser una religión política.

Pero tampoco puede resignarse a ser una gerencia con memoria.

Ahí aparece la zona crítica del presente: el FA corre el riesgo de convertirse en la cultura progresista del Estado uruguayo. Una sensibilidad de gestión. Una manera más social, más cuidadosa, más igualitaria, más dialogante de administrar lo existente. Eso puede ser preferible a muchas alternativas. Pero no necesariamente alcanza para una fuerza que nació diciendo que el país debía cambiar de raíz democrática.

No se trata de pedirle al Frente Amplio que invente épica artificial. Las épicas fabricadas huelen mal. Se nota cuando una consigna sale de una consultora o de una necesidad de campaña. El problema es anterior: si una fuerza no sabe qué dolor histórico está organizando, la comunicación no puede salvarla.

Puede mejorar el envase.

No el vacío.

La disciplina y la amplitud

Hay otro punto donde la comparación ayuda.

El peronismo metaboliza diferencias internas de maneras a veces brutales: conducción, ruptura, verticalismo, negociación territorial, aparato, expulsión simbólica, regreso. El Frente Amplio lo hace mediante una palabra más amable: unidad.

La unidad frenteamplista fue una conquista histórica. No conviene tratarla con desprecio. Sin unidad, no había Frente. Sin Frente, la izquierda uruguaya habría quedado repartida en testimonios, siglas, purezas y derrotas. La unidad permitió resistir, crecer, gobernar y volver.

Pero toda virtud tiene su sombra.

Mesa política ordenada con sillas vacías, micrófonos alineados, carpetas y documentos sellados
La unidad puede cuidar una construcción histórica o comprimirla. La amplitud se mide cuando la diferencia produce costo, no cuando solo agrega color interno.

Cuando la unidad se vuelve reflejo defensivo, la amplitud se estrecha. La diversidad queda permitida como origen, como color interno, como identidad sectorial, como genealogía. Pero cuando una diferencia produce costo público, aparece la tecnología de corrección: comunicado, matiz, disciplina, bajada de tono, retorno al cauce.

No siempre está mal. Una fuerza política no puede vivir en estado de improvisación pública. Pero si todo desacuerdo visible es tratado como amenaza, el Frente Amplio empieza a parecer menos amplio de lo que su nombre promete.

El nombre obliga.

Frente.

Amplio.

No basta con tener muchos sectores si la diferencia solo es tolerada cuando no desordena. No basta con exhibir pluralidad en la arquitectura interna si la conversación pública exige unanimidad performativa. No basta con decir que hay coalición y movimiento si el movimiento solo se activa para respaldar lo que el gobierno ya decidió.

La pregunta no es si el FA tiene diferencias.

Las tiene.

La pregunta es qué hace con ellas cuando importan.

La entrevista como espejo

La entrevista sobre Perón sirve porque obliga a mirar algo que Uruguay suele colocar afuera.

Delacoste muestra que el peronismo no se entiende preguntando únicamente si fue de izquierda o de derecha, democrático o autoritario, obrero o estatal, nacionalista o pragmático. Hay que mirarlo como una forma histórica que organizó una sociedad en transformación. Una fórmula que mezcló conflicto de clases, Estado, masa, mito, doctrina, bienestar, liderazgo y memoria.

Si aplicamos esa exigencia al Frente Amplio, la pregunta cambia.

Radio de archivo con micrófono, auriculares, transcripción impresa y multitud reflejada
La entrevista opera como espejo desplazado: al intentar entender una persistencia argentina, obliga a preguntar qué persistencia uruguaya estamos dejando sin nombre.

No alcanza con decir que el FA es izquierda democrática. No alcanza con decir que es coalición y movimiento. No alcanza con decir que tiene programa. No alcanza con decir que volvió porque la gente recordó que gobernaba mejor. Todo eso puede ser cierto y, al mismo tiempo, insuficiente.

Hay que preguntar qué transformación social está intentando expresar hoy.

En 1971, el Frente Amplio podía presentarse como una necesidad histórica: unidad popular, democracia, antioligarquía, soberanía, justicia social, salida legal, acumulación de fuerzas. En la dictadura, su sentido se volvió todavía más claro: resistir, sobrevivir, reconstruir democracia. En 2005, otra escena lo ordenó: llegar al gobierno para demostrar que la izquierda podía transformar sin romper la institucionalidad. Durante sus gobiernos, el sentido se apoyó en resultados, ampliación de derechos y crecimiento con distribución.

¿Y ahora?

Ahora el Frente Amplio vuelve a gobernar un país más cansado, más fragmentado, más inseguro, más descreído, más administrado, más conectado y más solo. Un país donde las viejas palabras todavía sirven, pero no alcanzan igual. Un país donde la desigualdad no siempre aparece con la cara clásica de la pobreza, sino como deuda, ansiedad, barrio sitiado, escuela que no logra retener, alquiler imposible, algoritmo laboral, tiempo roto, miedo cotidiano.

Si el FA quiere seguir siendo una identidad popular persistente, tiene que encontrar el lenguaje de esa fractura.

No para copiar al peronismo.

Para evitar convertirse en una institución que recuerda muy bien por qué nació, pero ya no logra explicar con la misma fuerza por qué debería seguir transformando.

La mesa después de la plaza

La imagen vuelve.

El peronismo tiene la plaza. El Frente Amplio tiene la mesa.

Mesa vacía después de una reunión con carpetas, mate, micrófonos apagados y plaza vista al fondo
La salida no es importar una plaza ajena ni abandonar la mesa propia. Es hacer que la mesa vuelva a escuchar el conflicto que dice representar.

Quizá la salida no sea elegir una contra otra. Uruguay no necesita importar balcones. Tampoco necesita despreciar sus mesas. Una mesa puede ser una imagen poderosa si alrededor de ella no se sientan solo dirigentes a repartir prudencia, sino una sociedad real a discutir futuro.

Una mesa puede ser burocracia.

Pero también puede ser construcción democrática.

Depende de si produce papeles para cerrar discusiones o si abre una forma nueva de escuchar el conflicto.

El Frente Amplio no está vacío. Tiene historia, gobierno, sectores, militancia, programa, votos, memoria y una cultura política reconocible. Su problema no es la nada. Su problema es la acumulación. Carga tanto pasado que a veces parece moverse con cuidado para no romper ninguna pieza del museo.

Pero una fuerza popular no puede ser solo custodia de su propia memoria.

Tiene que arriesgar una lectura del presente.

Tiene que decir quién está perdiendo ahora.

Quién manda ahora.

Qué formas nuevas adopta el privilegio.

Qué dolores no están entrando en la estadística cómoda.

Qué parte del país quedó fuera de la conversación progresista.

Qué promesa puede hacer sin mentir.

Y qué conflicto está dispuesta a asumir aunque desordene la mesa.

El peronismo enseña, entre otras cosas, que una identidad política puede persistir mucho más allá de su coherencia. El Frente Amplio debería tomar de esa lección lo justo y desconfiar del resto. No necesita volverse inexplicable. No necesita celebrar la contradicción por la contradicción misma. No necesita confundir pueblo con partido ni partido con nación.

Necesita algo más difícil para su propia tradición.

Volver a producir una síntesis que no sea solamente correcta.

Una síntesis que convoque.

Porque gobernar puede alcanzar para ocupar el Estado.

Pero no para llenar de sentido una fuerza política.

Martín Álvarez
Tremendos Libros
@unfalsoguru

Afinidades conceptuales

Este ensayo trabaja en afinidad con Masa y poder, de Elias Canetti, para pensar la masa como forma de pertenencia y no solo como exceso; con Filosofía zombi, de Jorge Fernández Gonzalo, para leer persistencias políticas que siguen moviéndose cuando pierden horizonte; con Ernesto Laclau para pensar la construcción del pueblo y los significantes comunes; con Antonio Gramsci para la pregunta por hegemonía, bloque histórico y sentido común; y con Claude Lefort y Jacques Rancière para el problema democrático del lugar del poder, la representación y las partes que quedan sin voz. No son citas de autoridad: son coordenadas de lectura.

Referencias

Footnotes

  1. Gabriel Delacoste, entrevista en La Mañana de la diaria Radio sobre Perón y el peronismo. Trabajo a partir de la transcripción local descargada en docs/“El peronismo es una identidad política extremadamente persistente”.srt.

  2. Frente Amplio, Estatutos.

  3. Frente Amplio, Sectores.

  4. Corte Electoral, Resultados de las Elecciones Nacionales de 2024.



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