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Erotismo vs sexo. El significado

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Hace años que miro catálogos.

Catálogos de editoriales, de distribuidoras, de librerías de viejo, de plataformas, de saldos, de novedades, de libros que existen pero no llegan, de libros que llegan pero nadie ve, de libros que alguien busca con una tapa mal recordada y un apellido apenas aproximado.

Ese trabajo enseña una cosa simple: tener muchas opciones no es lo mismo que encontrar algo.

La abundancia puede orientar, pero también puede volver todo indistinto. Puede abrir mundo o convertirlo en una fila interminable de objetos que pasan frente a los ojos sin tocar nada. Un catálogo sin mediación no es necesariamente libertad. A veces es una forma elegante de cansancio.

Por eso Tinder me interesa menos como escándalo sexual que como forma cultural.

No porque sea una app de citas. No porque ahí la gente coja, mienta, se entusiasme, desaparezca o busque amor con una mezcla bastante humana de deseo y torpeza. Eso existía antes de cualquier pantalla. Lo que me interesa es otra cosa: la manera en que una experiencia que necesita presencia, riesgo y fantasía termina organizada como catálogo.

Perfiles, distancia, edad, fotos, preferencias, coincidencias, descartes.

El deseo convertido en interfaz.

Teléfono con perfiles abstractos de una app de citas sobre una mesa

El problema no es que haya demasiadas personas. El problema es qué clase de relación produce una abundancia sin mediación.

En una librería, el exceso puede ser una promesa o un problema.

Una mesa llena de libros no alcanza. Hay que ordenar, poner al lado, retirar, recomendar, escuchar, recordar, equivocarse, volver a probar. El libro que aparece en el momento justo no apareció solo: alguien fabricó las condiciones para que pudiera ser visto.

Con el deseo pasa algo parecido.

Mesa de librería con fichas de catálogo, libros y un teléfono con perfiles abstractos

El catálogo no es el problema. El problema empieza cuando confundimos existencia con encuentro.

La ilusión contemporánea dice que el problema era la falta de acceso. No conocíamos suficiente gente. No teníamos suficientes opciones. Dependíamos del barrio, del trabajo, de amigos de amigos, de bares, de fiestas, de azares pobres. La app viene a corregir eso: hay personas cerca, hay fotos, hay conversación posible, hay un mecanismo para indicar interés sin exponerse demasiado.

La promesa parece razonable.

Pero el exceso no solo resuelve una carencia. También fabrica una nueva. Cuando todo aparece disponible, nada termina de aparecer del todo. Cada perfil queda rodeado por la sospecha de otro perfil. Cada conversación compite con una conversación que todavía no empezó. Cada encuentro posible carga con el ruido de lo que podría aparecer si uno siguiera deslizando.

Gabriel Zaid pensó el problema desde los libros: se publica más de lo que cualquier vida puede leer.1 La frase sirve porque no describe solamente una industria. Describe una condición moderna: vivimos rodeados de ofertas que exceden nuestra capacidad de atención, de memoria y de vínculo.

El deseo no queda afuera de ese exceso.

Una app de citas no inventa el deseo, pero lo pone a trabajar dentro de una forma: grilla, tarjeta, foto, descripción breve, botón. Esa forma no es inocente. La interfaz educa la mirada. Nos entrena para pasar rápido, comparar rápido, sospechar rápido, desear rápido y aburrirnos más rápido todavía.

Ahí empieza el problema.

No en el sexo.

En el modo de selección.

Sexo, erotismo, amor

La diferencia entre sexo y erotismo no está en la cantidad de ropa ni en el grado de explicitud.

Está en la mediación simbólica.

Octavio Paz separaba sexo, erotismo y amor como tres movimientos distintos: el sexo como fondo natural, el erotismo como invención humana, el amor como elección de una persona.2 Esa distinción ayuda a no empobrecer la discusión. No todo sexo necesita amor, y no todo erotismo termina en amor. Pero el erotismo empieza cuando el cuerpo deja de ser pura función y se vuelve escena, lenguaje, espera, signo.

Teléfono, papel plegado y un hilo rojo con un anillo azul como capas simbólicas del deseo

El sexo puede ser acto. El erotismo aparece cuando el acto entra en una escena.

El sexo puede ser acto.

El erotismo necesita forma.

Un amigo, gran profesor de filosofía carolino, me dijo una vez: «La filosofía es calentura». Tiene algo de razón. La calentura, entendida no como apuro sino como motor del deseo, es lo que empuja a mirar de nuevo, a correr un velo, a querer que algo se revele. También la alétheia necesita una inquietud que la ponga en marcha.

Necesita distancia, montaje, imaginación, demora. Necesita que algo no esté completamente entregado de entrada. No porque la frustración sea superior al placer, sino porque el deseo necesita tiempo para armar su objeto. Una foto alcanza porque no alcanza. Una biografía mínima alcanza porque no alcanza. Una respuesta ambigua alcanza porque no alcanza.

Barthes sirve acá más que como cita, como oído. En sus fragmentos sobre el discurso amoroso, el enamorado aparece como alguien que lee signos mínimos, que interpreta una palabra, una demora, una ausencia, un tono.3 La app no destruye esa lectura. La acelera y la empobrece al mismo tiempo. Le entrega al deseo un montón de signos pobres y le pide que haga literatura con eso.

«No sé qué poner acá».

«Vino y películas».

«No busco nada serio».

«A ver qué pinta».

Son frases gastadas, sí. Pero el deseo trabaja incluso con materiales malos. Completa. Corrige. Imagina una voz. Le inventa espesor a una foto. Hace de una biografía torpe una posibilidad. Donde hay poco, proyecta mucho.

Por eso la superficialidad de Tinder no es tan simple.

La app parece superficial porque muestra caras, cuerpos, gestos, consumos, poses. Pero su eficacia no está solo en la superficie. Está en la cantidad de fantasía que obliga a poner sobre esa superficie. El perfil es pobre, y justamente por eso deja lugar para que el imaginario trabaje.

El perfil no es una persona

Un perfil se parece a una ficha.

Tiene datos, imagen, indicios, etiquetas. Como toda ficha, promete orden. Pero también recorta. La persona queda convertida en una versión administrable de sí misma: una cara, una edad, una distancia, una serie de fotografías elegidas para decir sin decir.

Baudrillard ayuda a nombrar esa incomodidad: muchas veces no consumimos la cosa, sino el signo de la cosa.4 En la app no aparece el otro entero. Aparece su signo disponible. La imagen de alguien que podría desearnos. La imagen de una noche posible. La imagen de una vida más liviana, más interesante, más elegida.

Eso no quiere decir que todo sea falso.

Quiere decir que el primer encuentro ocurre antes del encuentro.

Primero viene la imagen. Después, si hay suerte, la persona.

Ficha de archivo y teléfono con retratos abstractos incompletos

Un perfil promete orden, pero también recorta: deja pasar signos antes que personas.

Lacan aparece ahí, sin necesidad de ponerse solemnes: el deseo no se dirige nunca a un objeto limpio, transparente, real en estado puro. Deseamos atravesados por imágenes, fantasías, faltas, escenas armadas con restos.5 En la app eso se vuelve visible. El otro todavía no habló y ya fue convertido en personaje.

Uno ve una foto y arma una película.

Cómo sería su voz. Cómo sería encontrarse. Cómo miraría desde el otro lado de la mesa. Cómo besaría. Cómo se iría. Cómo nos haría sentir. Y, sobre todo, qué diría de nosotros que esa persona nos eligiera.

Porque una coincidencia no es solamente una coincidencia.

Es una pequeña reparación narcisista.

Alguien nos eligió. No del todo, no todavía, pero lo suficiente para que el yo respire un segundo. La pantalla dice, sin decirlo: todavía podés ser deseado. Todavía aparecés en el campo visual de alguien. Todavía hay una escena posible donde tu cuerpo no queda afuera.

Esa es la mercancía más fuerte de la app.

No vende sexo.

Vende posibilidad de ser elegido.

La cita llega tarde

Después viene la cita.

Y muchas veces llega tarde.

No porque la persona sea peor que su foto. A veces incluso es mejor: más linda, más inteligente, más rara, más real. Pero el encuentro real tiene que competir con una película que ya estaba armada. La persona llega al bar cuando el imaginario ya ocupó la mesa.

Dos adultos en una cita con un teléfono iluminado entre ellos sobre la mesa

La persona real no decepciona siempre por ser poca cosa. A veces decepciona porque por fin aparece.

La fantasía tiene una ventaja injusta: no transpira, no duda, no se queda sin tema, no mira el celular, no dice algo inconveniente, no tiene historia propia. La fantasía obedece. La persona no.

Por eso una cita puede fracasar aunque no haya pasado nada malo.

El otro aparece y deja de ser completamente nuestro. Habla con una cadencia que no habíamos previsto. Se ríe donde no esperábamos. Se entusiasma por algo que no nos interesa. Se calla de una manera distinta a la imaginada. Tiene cuerpo, cansancio, temperatura, nervios, una vida que no empezó cuando hicimos swipe.

El rostro real interrumpe la imagen.

Ahí el erotismo puede nacer o apagarse. Si nace, no nace porque la persona coincida perfectamente con la fantasía. Nace porque la presencia logra producir una fantasía nueva, compartida, menos obediente y más peligrosa. Nace cuando el otro deja de ser una opción del catálogo y se vuelve alguien a quien no se puede reducir tan fácilmente.

El deseo necesita signos, pero no puede vivir solo de signos.

Necesita que en algún momento el signo se arriesgue a una presencia.

La conversación mínima

Antes de la cita, o en lugar de ella, está el chat.

El chat es una forma rara de desnudez. No muestra el cuerpo, pero muestra la dificultad de llegar al otro.

Uno quiere intensidad y escribe «qué hacés».

Quiere misterio y pregunta «todo bien».

Quiere erotismo y manda un emoji.

Quiere que pase algo y termina administrando frases mínimas, neutras, intercambiables. La conversación de app tiene algo de protocolo defensivo. Nadie quiere exponerse demasiado antes de saber si el otro vale la exposición. Nadie quiere parecer intenso. Nadie quiere parecer desesperado. Nadie quiere escribir con una seriedad que después quede ridícula si el otro desaparece.

Entonces hablamos con frases de bajo riesgo.

Ese bajo riesgo protege, pero también empobrece. El deseo necesita señales, y el chat muchas veces ofrece residuos: burbujas, puntos suspensivos, horarios, vistas, silencios. El erotismo se ve obligado a trabajar con materiales pobres.

Teléfono con chat abstracto sobre una mesa de bar nocturna

La conversación mínima revela una dificultad máxima: cómo llegar al otro sin quedar demasiado expuesto.

A veces una frase alcanza.

Una torpeza exacta. Una ironía que abre una puerta. Una pregunta que no parece de plantilla. Una manera de responder que por fin no suena a trámite. Entonces la pantalla se calienta un poco. Algo aparece. No todavía el cuerpo, pero sí una forma de presencia.

Otras veces no.

Dos personas que podrían gustarse se aburren antes de encontrarse porque no encontraron la forma de atravesar la plantilla. No falló el deseo; falló la mediación. Había acceso, había posibilidad, había imagen, había canal. No hubo escena.

Ese punto me importa porque se parece demasiado a otras discusiones del blog.

Confundimos disponibilidad con acceso.

Confundimos catálogo con orientación.

Confundimos contacto con encuentro.

La app multiplica personas, pero no enseña a desearlas. Mucho menos a escucharlas.

Mercado afectivo

Eva Illouz ha mostrado mejor que nadie que el amor moderno no vive afuera del mercado: lo atraviesan la elección, la comparación, la administración emocional, la promesa de autenticidad y la lógica del rendimiento.6 Las apps no son una anomalía dentro de esa historia. Son una forma particularmente clara de esa historia.

Uno entra al deseo como entra a otras zonas de consumo: mira, compara, guarda, descarta, vuelve, duda, mejora la presentación, optimiza la foto, ajusta la biografía, mide respuesta. El yo se vuelve producto y consumidor al mismo tiempo.

Teléfono rodeado de tarjetas abstractas de perfiles como tablero de comparación afectiva

El mercado afectivo no prohíbe el amor. Lo hace pasar por una grilla de comparación.

Eso no significa que la gente sea cínica.

Al contrario: muchas veces la gente entra ahí con una vulnerabilidad enorme. Quiere gustar. Quiere salir de la repetición. Quiere no volver sola. Quiere confirmar que todavía puede ser mirada. Quiere sexo, sí, pero también quiere que el sexo no sea solamente descarga. Quiere que diga algo.

El mercado afectivo no dice «no ames».

Dice algo más eficaz: compará antes de amar.

Y esa comparación permanente lastima una condición elemental del erotismo: la singularidad. El erotismo necesita que alguien deje de ser uno entre otros. Que algo, aunque sea por un rato, interrumpa la serie. Que el cuerpo del otro no aparezca como una opción más, sino como una presencia que reorganiza la atención.

Ahí vuelve la pregunta del título.

Erotismo vs sexo.

No como guerra moral entre cuerpo y espíritu. No como oposición puritana entre deseo bajo y amor alto. La diferencia es más concreta: el sexo puede ocurrir dentro de una serie; el erotismo necesita que la serie se suspenda.

Por un momento, alguien deja de ser comparable.

Pagar por una escena

Hay una escena que siempre desordena las explicaciones simples: personas que pagan por sexo y terminan buscando conversación.

No la uso para hacer sociología rápida del trabajo sexual ni para hablar por quienes trabajan ahí. La uso como síntoma de otra cosa: incluso cuando el contrato parece sexual, lo que se busca puede ser una escena de reconocimiento. Una escucha. Una mirada sin examen. Un rato donde no haya que competir en el mercado del deseo, ni demostrar valor, ni sostener una versión brillante de uno mismo.

El cuerpo, en esos casos, no circula solo.

Mesa nocturna con dos vasos, un teléfono boca abajo y dos sillas vacías

A veces no se paga por un cuerpo, sino por una escena donde la soledad tenga forma humana.

Circulan palabra, poder, dinero, cansancio, soledad, teatro, ternura administrada, vergüenza, alivio. El contrato puede ser económico, pero la necesidad no es solamente orgánica. Nadie pagaría por una conversación si la conversación no tocara una zona más honda que el trámite.

Bataille sirve para no limpiar demasiado el asunto: el erotismo no es una versión prolija del sexo, sino una experiencia donde el cuerpo se mezcla con exceso, límite, vulnerabilidad y pérdida de control.7 No hay erotismo sin una pequeña amenaza a la soberanía del yo. Por eso el sexo meramente disponible puede resultar pobre. No porque sea inmoral, sino porque a veces no nos desordena nada.

Y el deseo, cuando es deseo de verdad, no pide solamente contacto.

Pide perder un poco la forma.

Querés que digan amor

La frase no salió de un libro. Me la dijo un amigo en España, después de salir de un prostíbulo que funcionaba con la perfección triste de un supermercado: elección ordenada, mercancía disponible, circuito eficiente. Quizá el mejor supermercado-prostíbulo que visité.

Yo salí frustrado.

No por culpa, ni por moralismo, ni por falta de oferta. Salí frustrado porque no sentí conexión. La palabra es cursi y precisa al mismo tiempo. Conexión. En el lugar donde todo parecía armado para que el deseo no tuviera obstáculos, faltó justamente eso que no se podía elegir en una lista.

Mi amigo lo escuchó y me devolvió la frase:

«Vos querés que digan amor».

Un conocido me contó una vez que compró un kilo de carne picada para tener sexo. La anécdota parece absurda, pero tiene la misma estructura: convertir una necesidad, una expectativa o una soledad en intercambio de supermercado. Carne por cuerpo. Dinero por escena. Perfil por promesa. Todo queda disponible, y sin embargo algo no aparece.

La frase acusa bien porque no dice exactamente «querés amor».

Dice otra cosa: querés que lo digan.

Querés la palabra, o al menos su efecto. Querés que el gesto no quede reducido a intercambio. Querés que el cuerpo del otro, al acercarse, diga sin decir: no sos uno más en la lista. No sos un perfil entre perfiles. No sos solamente una opción disponible. Por un rato, sos presencia.

Eso no implica querer pareja, convivencia, proyecto, domingo familiar, futuro. Puede ser mucho menos y mucho más. Puede ser una intensidad momentánea. Una ficción compartida. Una verdad de dos horas. Algo que no sobreviva a la mañana siguiente, pero que durante la noche haya tenido forma de sentido.

El erotismo necesita esa licencia.

Necesita que el sexo parezca más que sexo, aunque todos sepan que también es sexo. Necesita una transfiguración mínima: que la piel sea signo, que la mirada sea promesa, que el deseo parezca elección.

No hay erotismo sin montaje.

No hay erotismo sin una dosis de teatro.

La pregunta no es si hay ficción, sino qué ficción estamos dispuestos a sostener y qué ficción nos destruye.

Teléfono con caja de mensaje vacía y cursor sobre una mesa blanca

El cursor espera una palabra que el cuerpo solo no garantiza.

Quizá por eso Tinder resulta tan contemporáneo y tan insuficiente.

Porque entiende muy bien una parte del deseo: su necesidad de signos, validación, posibilidad, escena, imagen, promesa. Pero entiende peor la parte que no escala: la presencia, la responsabilidad de una frase, la torpeza compartida, la singularidad que aparece cuando alguien deja de ser comparable.

Una librería no salva a un libro por tenerlo en stock.

Lo salva cuando lo pone en relación.

Una app no produce erotismo por mostrar cuerpos.

Lo produce, si lo produce, cuando algo logra salir del catálogo y volverse encuentro.

El cuerpo desnudo no nos atrae solo por desnudo.

Nos atrae por lo que creemos que viene a decirnos.

Y cuando no dice nada, o cuando dice demasiado claramente que somos intercambiables, el erotismo se apaga.

La app carga otra vez.

La rueda gira.

Alguien está ahí.

La promesa vuelve a empezar.

Martín Álvarez
Tremendos Libros
@unfalsoguru

Referencias

Footnotes

  1. Gabriel Zaid, Los demasiados libros. La referencia permite pensar la abundancia cultural como problema de atención, orientación y mediación.

  2. Octavio Paz, La llama doble. Amor y erotismo. Se usa como marco para distinguir sexo, erotismo y amor sin convertirlos en jerarquía moral.

  3. Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso. La referencia orienta la lectura del deseo como interpretación de signos mínimos.

  4. Jean Baudrillard, El sistema de los objetos y La sociedad de consumo. La referencia permite pensar el consumo de signos y no solo de objetos.

  5. Jacques Lacan, especialmente la distinción entre imaginario, simbólico y real. La referencia se usa por paráfrasis para pensar la imagen del otro como soporte del deseo.

  6. Eva Illouz, El consumo de la utopía romántica y Por qué duele el amor. La referencia permite pensar la intimidad moderna atravesada por mercado, elección y comparación.

  7. Georges Bataille, El erotismo. La referencia permite pensar el erotismo como exceso, límite y pérdida de continuidad individual, no como simple acto sexual.



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