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El jazz y la IA se parecen mucho Jazz e inteligencia artificial: memoria, variación y criterio

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El jazz y la inteligencia artificial parecen vivir en mundos opuestos. El jazz pertenece al cuerpo: al aliento del saxo, a la presión de los dedos sobre el piano, al pulso de una batería, al error convertido en hallazgo. La inteligencia artificial, en cambio, suele imaginarse como cálculo: servidores, modelos, datos, predicción estadística. Uno parece humano hasta el exceso; la otra, técnica hasta la frialdad.

Pero esa oposición es demasiado simple. El jazz y la IA se parecen en un punto más profundo: ambos producen forma en tiempo real a partir de una memoria previa. Ninguno crea desde la nada. El jazz improvisa sobre escalas, standards, estilos, citas, hábitos de escucha y tradiciones enteras. La IA genera desde patrones aprendidos, contextos, instrucciones, ejemplos y probabilidades. En ambos casos, crear no significa sacar algo puro de un vacío, sino responder a una situación con materiales heredados.

El parecido no está en decir que una máquina «toca» como un músico. Esa analogía es pobre, y además injusta con el jazz. El parecido aparece en otra zona: en la manera en que ambos convierten memoria en posibilidad. El jazz toma una estructura conocida y la vuelve presente. La IA toma un campo de relaciones aprendidas y produce una continuación posible. Los dos trabajan con restricciones. Los dos dependen del contexto. Los dos pueden sorprender. Y los dos pueden volverse insoportables cuando confunden abundancia con sentido.

Músicos de jazz en un club nocturno mientras una red de datos luminosa atraviesa la escena

Entre memoria e invención: una banda tocando dentro de una trama de señales.

Composición

En el jazz, la composición no desaparece cuando empieza la improvisación. Al contrario: la improvisación necesita una estructura contra la cual moverse. Un tema como «So What», de Miles Davis, parece abierto, espacioso, casi mínimo. Pero esa apertura está cuidadosamente construida. Kind of Blue no es libertad pura; es una arquitectura lo bastante flexible como para permitir que cada músico encuentre un camino propio.

La composición, en ese caso, no consiste en controlar cada nota. Consiste en diseñar un campo de posibilidades. Hay una tonalidad, una forma, una atmósfera, una economía de recursos. A partir de ahí, los músicos conversan con la pieza. No la ejecutan simplemente: la actualizan.

Algo similar ocurre con la IA generativa. Una respuesta de un modelo no surge de un vacío creativo. Surge de una estructura previa: entrenamiento, contexto, instrucciones, ejemplos, restricciones. Cuando se le pide a una IA que escriba «como Borges», «como una nota periodística» o «como una canción pop», la máquina no invoca una musa: reorganiza relaciones aprendidas entre formas, tonos, ritmos y expectativas.

El prompt, en ese sentido, se parece menos a una orden y más a una partitura abierta. Define el clima, el marco, el tono, la extensión, el tipo de movimiento esperado. Puede ser pobre y producir una respuesta pobre. Puede ser preciso y abrir una zona fértil. Como en el jazz, la estructura no mata la invención: la vuelve posible.

Partitura abierta sobre un piano donde las notas se transforman en nodos y conexiones digitales

El prompt como partitura abierta: no fija cada nota, pero define un campo de posibilidades.

Improvisación

La improvisación suele malentenderse como espontaneidad absoluta. Pero ningún gran improvisador toca «cualquier cosa». Charlie Parker improvisaba a una velocidad deslumbrante no porque ignorara la armonía, sino porque la dominaba hasta poder atravesarla, deformarla y anticiparla. John Coltrane, en «Giant Steps», no está simplemente lanzando notas: está negociando con una estructura armónica exigente, casi atlética.

Hugo Fattoruso lo dijo de un modo simple cuando hablaba del Trío Oriental: puede haber improvisación, pero «en el medio de una estructura de ciertos acordes y partes». La frase importa porque desmonta una fantasía común: improvisar no es tocar sin mapa. Es moverse dentro de una forma que ya existe, mantenerla viva, tensarla, respirarla desde adentro.

Improvisar no es hacer lo primero que aparece. Es responder bajo presión. Es escuchar lo que acaba de ocurrir y decidir qué puede venir después. El músico improvisa con memoria, con oído, con técnica, con cuerpo, con una historia personal y colectiva que le permite moverse sin repetir mecánicamente lo que ya sabe.

Un librero también improvisa. No porque invente desde cero, sino porque arma estructuras mentales en tiempo real. En una feria, frente a libros tirados en el suelo, uno escanea lomos, portadas, sellos, tamaños, colecciones, nombres propios. Este puede ser para fulano. Esta tapa es de Breviarios. Este título conversa con aquel otro. Este ejemplar no vale por raro, sino porque llega justo para alguien. La mirada parece rápida, casi automática, pero debajo hay años de asociaciones, memoria visual, lecturas, clientes, errores y hallazgos. Es una improvisación silenciosa.

La fotografía de calle funciona de un modo parecido. Soy fotógrafo y me interesa ese género justamente por eso: salir a la calle es salir a improvisar. No hay estudio, no hay control total de la escena, no hay segunda oportunidad garantizada. Hay que caminar, mirar, anticipar, reconocer una tensión mínima, decidir si levantar la cámara o dejar pasar. Joel Meyerowitz lo dijo en una entrevista de un modo muy directo: «la espontaneidad está en el corazón» de lo que entendió que era la fotografía. Cartier-Bresson llevó esa intuición a una fórmula famosa: el instante decisivo, ese momento en que el acontecimiento y la forma se ordenan por una fracción de segundo. La foto buena no aparece solo porque uno estuvo ahí. Aparece porque hubo mirada, timing, composición y decisión.

La IA también improvisa dentro de límites. Un modelo de lenguaje responde a partir del contexto que recibe. Si el prompt cambia, cambia la dirección. Si se le da un ejemplo, imita una forma. Si se le exige brevedad, comprime. Si se le pide ambigüedad, abre. Como un músico en una jam session, no decide el escenario completo: entra cuando ya hay algo sonando.

La diferencia es decisiva: el músico escucha con cuerpo, deseo, riesgo e historia vivida. La IA «escucha» de otra manera: procesa contexto. No tiene una noche mala, ni cansancio, ni orgullo, ni miedo a equivocarse frente a otros. Pero la semejanza formal existe. Ambos sistemas toman una situación dada y producen una continuación plausible, sorprendente o torpe.

Ritmo

En jazz, el ritmo no es simplemente medir el tiempo. Es habitarlo. Es tocar un poco antes, un poco después, contra el pulso o alrededor del pulso. El swing no está solo en las notas, sino en la relación entre expectativa y desvío. «Take Five», de Dave Brubeck, funciona porque su compás de 5/4 genera una sensación extraña y fluida a la vez. No es irregularidad gratuita; es otra manera de caminar.

En IA también hay ritmo, aunque no siempre se lo nombre así. Una buena respuesta tiene timing. Sabe cuándo explicar y cuándo avanzar. Cuándo repetir una idea y cuándo introducir una variación. Cuándo cerrar. Muchas respuestas artificiales fallan no porque sean falsas, sino porque no tienen ritmo: se extienden demasiado, acumulan simetrías, explican lo obvio, no dejan aire.

El ritmo es una forma de inteligencia. En una conversación humana, una respuesta correcta en el momento equivocado puede sonar equivocada. Con la IA ocurre igual. El problema no es solo qué dice, sino cuándo, cuánto y con qué cadencia lo dice.

Por eso una respuesta breve puede ser más inteligente que una respuesta larga. Y por eso una respuesta larga puede valer la pena si encuentra respiración interna. La extensión no es el problema. El problema es la falta de pulso.

Manos de baterista tocando mientras ondas y puntos luminosos dibujan el pulso de la música

El ritmo no es solo velocidad: es saber cuándo entrar, cuánto quedarse y dónde dejar aire.

Cadencia

La cadencia es el modo en que una frase cae. En música, una frase puede resolverse, quedar suspendida, prometer una continuación o cortar de golpe. Thelonious Monk es un maestro de esa extrañeza: sus silencios y acentos parecen a veces tropiezos, pero son decisiones. Monk muestra que una frase puede ser brillante no por su fluidez, sino por su forma de interrumpirse.

La IA todavía lucha con eso. Tiende a completar, redondear, cerrar demasiado. Su impulso natural es la continuidad. Por eso muchas veces produce textos correctos pero sin borde: todo encaja, nada raspa. El jazz, en cambio, enseña que una buena frase puede dejar una incomodidad fértil. Puede no terminar donde se esperaba.

Ahí hay una lección estética para pensar la IA: no alcanza con producir coherencia. La creación necesita también tensión, pausa, asimetría, riesgo. Una inteligencia que solo completa patrones puede ser útil, pero no necesariamente interesante.

El jazz sabe que una nota puede valer por la nota anterior, por la siguiente y por el silencio que la rodea. La IA, cuando funciona bien, empieza a acercarse a esa lógica: no solo responder, sino medir la energía de la respuesta. No solo completar, sino elegir una forma de caer.

Múltiples actores

El jazz es una música de múltiples actores. Incluso en un solo, nadie toca completamente solo. El contrabajo marca un suelo, la batería comenta, el piano acompaña o contradice, los vientos entran y salen. En una banda de jazz, la autoría está distribuida. La pieza ocurre entre todos.

Esa distribución importa. Un solo de saxo puede quedar transformado por una respuesta mínima del baterista. Un acorde del piano puede cambiar el color de una frase. Un silencio del contrabajo puede abrir espacio para que otra cosa aparezca. La música no está en cada instrumento por separado, sino en la relación que se arma entre ellos.

La IA contemporánea también se está volviendo un ensamble. No es solo «un modelo que responde». Hay usuarios que orientan, modelos que generan, herramientas que buscan información, sistemas que ejecutan código, bases de datos que aportan memoria, interfaces que filtran la experiencia. En un asistente de programación, por ejemplo, intervienen el programador, el modelo, el repositorio, los tests, el compilador y las convenciones del equipo. La respuesta final no pertenece del todo a una sola entidad.

Un ejemplo buenísimo, antes incluso de esta conversación sobre IA, es Orchestrion, de Pat Metheny. Metheny armó una especie de mini-orquesta acústica controlada por computadora, capaz de responder a su toque en la guitarra: pianos, marimba, vibráfono, percusión, guitarras mecánicas y otros instrumentos físicos. A primera vista, alguien podría decir: «no está tocando una banda, está usando máquinas». Pero esa lectura se queda corta. El director era él. Él componía, diseñaba el sistema, programaba las respuestas, escuchaba el resultado y tocaba encima. La máquina no reemplazaba el criterio: lo expandía hacia un ensamble imposible para un solo cuerpo.

Ese ejemplo ayuda mucho a pensar la IA. El punto no es si hay automatización o no. El punto es quién dirige, con qué intención, con qué oído y con qué responsabilidad. En Orchestrion, los instrumentos mecánicos ejecutan, pero no deciden el sentido musical. Con la IA puede pasar algo parecido: el sistema produce, combina, responde, acelera. Pero la pregunta sigue siendo quién arma la escena, quién escucha, quién corrige, quién decide que algo merece quedarse.

Guitarrista de jazz dirigiendo una mini-orquesta acústica automatizada con señales digitales entre instrumentos mecánicos

La automatización no elimina la dirección: desplaza el oficio hacia el diseño del sistema, la escucha y la decisión.

Ver el sistema en acción ayuda a entender el punto: la automatización ejecuta, pero la dirección sigue siendo una forma de escucha.

Esto acerca la IA menos a la figura romántica del genio individual y más a una jam session. La inteligencia aparece como coordinación. Como turnos de escucha. Como ajuste entre partes.

Solos largos

El solo largo es una de las formas más fascinantes y peligrosas del jazz. Puede abrir una zona nueva o convertirse en puro virtuosismo. En A Love Supreme, Coltrane sostiene una intensidad espiritual y formal que justifica la expansión. Cada repetición parece buscar algo. Pero en otros casos, un solo largo puede perder necesidad: muchas notas, poca dirección.

La IA tiene su propio problema con los solos largos. Puede escribir páginas enteras, desarrollar argumentos, generar variaciones, multiplicar ejemplos. A veces eso produce descubrimientos reales. Otras veces produce abundancia sin criterio. La facilidad de generación puede confundirse con pensamiento.

Por eso la pregunta central no es si la IA puede «tocar mucho», sino si sabe escuchar. En jazz, un músico no se mide solo por lo que puede tocar, sino por lo que decide no tocar. Miles Davis es el ejemplo clásico: pocas notas, mucho espacio. La IA, para volverse más interesante, necesita algo parecido a esa economía. No solo capacidad de expansión, sino sentido de la pausa.

La abundancia no es enemiga del arte. Pero la abundancia sin escucha se vuelve ruido. En jazz, el virtuosismo vacío se detecta rápido: muchas notas, poca necesidad. En IA pasa lo mismo: muchas palabras, poca dirección. El problema no es la velocidad de producción, sino la falta de criterio para decidir qué merece permanecer.

Creatividad

Cada época sospecha de las herramientas que le cambian la idea de esfuerzo. La cámara fue acusada de empobrecer la pintura. El sampler fue leído muchas veces como robo o atajo. El sintetizador pareció, para algunos, una amenaza contra el músico «real». Algo parecido ocurre ahora con la IA: se la imagina como una máquina de producir textos, imágenes o ideas en serie, sin trabajo, sin elaboración, sin pensamiento.

Esa crítica no es completamente absurda. Existe un uso pobre de la IA. Existe la máquina de hacer chorizos: pedir, copiar, pegar, publicar. Existe la tentación de reemplazar criterio por volumen, lectura por velocidad, estilo por apariencia. Pero ese no es el problema de la herramienta en sí. Es el problema de un uso sin escucha.

La pregunta por la creatividad no debería reducirse a si hubo o no hubo IA en el proceso. Esa pregunta es demasiado chica. Lo importante es qué clase de relación se establece con la herramienta. ¿Hay una idea detrás? ¿Hay selección? ¿Hay corrección? ¿Hay una toma de posición? ¿Hay una voz que decide qué entra y qué queda afuera? ¿Hay una conversación real con el material, o solo una descarga automática de posibilidades?

Acá se abre otra pregunta, más incómoda: ¿una obra vale por lo que es o por cómo fue escrita? ¿La obra de Borges valdría más si supiéramos que fue escrita a pluma y no en máquina de escribir? ¿Un poema cambia de valor porque conocemos la marca del cuaderno, el modelo del teclado, la cantidad de tachaduras o la velocidad con que fue compuesto? El proceso importa, claro. Importa para entender una práctica, una disciplina, una relación con el lenguaje. Pero no puede reemplazar a la obra. Si el texto no respira, ninguna épica del esfuerzo lo salva. Y si el texto funciona, reducirlo a la herramienta que participó en su producción es una forma pobre de leer.

Lo vi también cuando lancé felisberto.uy, un servicio editorial independiente. Me escribió una editora independiente uruguaya. La pregunta fue simple: «¿usan IA?». No preguntó qué hacemos, cómo corregimos, qué criterio editorial aplicamos, qué controles existen, qué resultados producimos. Preguntó por la herramienta, como quien pregunta por una falta. Le respondí que sí, obviamente. Después vino el visto. Para ella, supongo, eso confirmaba la teoría: esta gente no es de fiar; el resultado será algo parecido a usar Google Translate. Pero ahí está el punto: confundir IA con traducción automática pobre, o con una salida cruda sin edición, es no mirar el proceso ni el resultado. Es decidir antes de leer.

En mi caso, además, hay un dato práctico que no conviene despreciar. Si el contenido fuera tan malo, si fuera puro ruido producido sin elaboración, no habría reunido el lunes 4 de mayo de 2026 a 1.301 usuarios activos desde Uruguay, Argentina, España, México, Perú y otros países. No digo esto como prueba absoluta de calidad: el tráfico por sí solo no vuelve bueno a nada. Pero sí dice algo. Indica que hay una voz, una insistencia, una forma de ordenar temas, una relación con los lectores. Algo está funcionando.

Lo que no voy a hacer es convertir ese método en receta. Yo no voy a Coca-Cola a pedirles la fórmula. Después aparecerán las Nix, las Pepsi, las variantes, las copias, las respuestas laterales. Pero cada uno tiene que inventar su sabor. Hay una rama hermosa de la ingeniería que se llama ingeniería inversa. Quien quiera entender cómo se hace, puede mirar, comparar, probar, desmontar, investigar. Yo llevo dos años haciendo eso: leyendo, pagando herramientas, probando flujos, descartando resultados, afinando criterios, invirtiendo tiempo y dinero en entender qué sirve y qué no. Esto no es usar una aplicación gratis para hacer una imagen de moda de una mascota. Es otra cosa: una práctica, una investigación, una forma de trabajo.

Capaz que sueno mal educado, pero si es tan fácil, hacelo vos. No lo digo como bravuconada, sino como prueba práctica. Elegí un tema, armá una estructura, encontrá un tono, probá herramientas, descartá salidas mediocres, corregí, volvé a empezar, publicá, sostené una voz durante meses y fijate qué pasa. Ahí se ve rápido si era una máquina automática o una forma de trabajo.

El jazz ayuda a pensar esto mejor que la moral del esfuerzo puro. Un músico no es menos creativo porque use un standard, una escala conocida, una progresión heredada o una frase que dialoga con otra frase anterior. La creatividad no consiste en no deberle nada a nadie. Consiste en hacer algo vivo con lo que se recibe. En transformar repertorio en presencia.

Con la IA ocurre algo similar. Usarla no elimina automáticamente el trabajo. Puede desplazarlo. El esfuerzo ya no está solo en escribir cada palabra desde cero, sino en formular una dirección, probar variaciones, detectar falsedades, cortar excesos, corregir tono, escuchar cadencia, sostener una tesis, discutir con lo generado y no aceptar la primera salida como si fuera destino. Hay un pensamiento detrás cuando la herramienta no manda, sino que participa.

Por eso la acusación de «sin esfuerzo» muchas veces confunde esfuerzo con fricción visible. Como si solo fuera legítimo lo que cuesta de la manera antigua. Pero no todo trabajo se ve igual. Hay esfuerzo en leer, comparar, descartar, volver a pedir, reescribir, verificar, ordenar, tomar distancia y decidir. Hay esfuerzo en no dejarse seducir por la abundancia.

La IA puede producir mucho. Eso no significa que produzca bien. También un saxofonista puede tocar muchas notas y no decir nada. La creatividad no está en la cantidad de material disponible, sino en la forma de organizarlo, tensionarlo y hacerlo responder a una intención. La herramienta abre posibilidades. El uso decide si esas posibilidades se vuelven pensamiento o ruido.

Entonces el problema no es usar IA. El problema es usarla sin criterio. Usarla para simular pensamiento donde no lo hay. Usarla para tapar el vacío con producción. Usarla como sustituto de una mirada. Pero también sería pobre negar que puede servir para lo contrario: para ensayar variaciones, encontrar asociaciones, discutir una estructura, probar tonos, detectar caminos y acelerar una parte del trabajo sin cancelar la responsabilidad del autor.

Ahí entra el criterio librero. Un depósito con miles de libros no es todavía una librería: puede ser apenas acumulación. Lo que convierte ese montón en una librería es una mirada que selecciona, ordena, recomienda, esconde, recupera, pone en relación. Un Breviarios junto a una novela olvidada, una portada reconocida en el suelo de una feria, un libro que parece menor pero llega justo para alguien. Roberto Calasso, en La marca del editor, pensaba algo parecido para la edición: la marca no es solo un logo, sino una forma de selección, una manera de construir catálogo y de formar lectores. Sin criterio, la IA es depósito. Con criterio, puede volverse mesa de trabajo, catálogo, conversación.

La creatividad, en este punto, no es pureza. Es dirección. Es escucha. Es montaje. Es saber cuándo aceptar una frase y cuándo desconfiar de ella. Es entender que una herramienta puede ampliar el campo, pero no resolver por sí sola el sentido.

El error

Hay otro punto clave: el error. En jazz, un error puede convertirse en motivo. Una nota inesperada puede abrir una dirección nueva si el músico la escucha y la incorpora. La improvisación no elimina el error: lo vuelve material.

En IA, el error tiene otra naturaleza. Una alucinación, una respuesta falsa o una inferencia débil no son equivalentes a una blue note. No hay que romantizar el fallo técnico. Un dato inventado no es una licencia poética si se presenta como verdad. Pero sí hay algo interesante en la manera en que los sistemas generativos producen desvíos. Algunos son basura. Otros pueden ser fértiles.

La diferencia está en el marco crítico. El jazz tiene músicos que escuchan y transforman. La IA necesita usuarios, editores, verificadores y contextos que separen el accidente productivo del simple error. Sin esa escucha externa, el desvío no se vuelve hallazgo: se queda en ruido.

Una diferencia decisiva

La analogía tiene límites. El jazz implica cuerpo, presencia, deseo, historia social. Nace de comunidades concretas, de experiencias afroamericanas, de clubes, ciudades, migraciones, tensiones raciales, noches irrepetibles. La IA no tiene cuerpo ni memoria vivida. No arriesga nada cuando genera.

Esa diferencia no es secundaria. El jazz no es solo una técnica de variación. Es también una historia de resistencia, comunidad, invención colectiva y forma encarnada. Si se borra eso, la comparación se vuelve demasiado cómoda: reduce una práctica cultural compleja a un modelo abstracto de creatividad.

Pero justamente por eso la comparación sirve. No para decir que la IA «es como un músico», sino para pensar mejor qué tipo de práctica creativa inaugura. La IA no reemplaza al jazzista. Se parece al jazz en otro sentido: como sistema de variación, respuesta y ensamblaje. Como tecnología de continuación. Como práctica donde lo interesante ocurre entre estructura y desvío.

Cierre posible

El jazz y la IA se parecen mucho porque ambos viven entre memoria e invención. Ambos dependen de patrones previos, pero no se agotan en ellos. Ambos funcionan mejor cuando hay escucha, restricción, ritmo, criterio y capacidad de respuesta. Ambos pueden caer en el virtuosismo vacío: demasiadas notas, demasiadas palabras, demasiada producción sin necesidad.

La gran diferencia es que el jazz sabe que el silencio también toca. Tal vez esa sea la lección más importante para la inteligencia artificial, y para quienes la usamos: no basta con generar. Hay que aprender cuándo entrar, cuándo acompañar, cuándo desviarse y cuándo callar.

Escenario vacío de jazz con un micrófono, un saxo en una silla y partículas de datos suspendidas en el aire

Una inteligencia interesante también sabe callar.

Una inteligencia interesante no es la que produce sin parar. Es la que entiende la forma de una conversación. La que reconoce que toda respuesta pertenece a un tiempo, a un tono y a una escena. La que no confunde continuar con llenar. En eso, el jazz todavía tiene mucho para enseñarle a la IA: no la fantasía de una libertad absoluta, sino algo más difícil y más preciso. La libertad de escuchar.

Martín Álvarez
Tremendos Libros
@unfalsoguru

Músicos de jazz en un club nocturno mientras una red de datos luminosa atraviesa la escena

El jazz y la inteligencia artificial suelen presentarse como polos opuestos: cuerpo e improvisación frente a cálculo y automatización. Sin embargo, ambos pueden pensarse a partir de una idea común: la producción de forma en tiempo real desde materiales previos.

El jazz improvisa sobre estructuras, escalas, standards, memoria de escucha y diálogo entre músicos. La inteligencia artificial generativa produce respuestas a partir de patrones aprendidos, contexto, instrucciones y restricciones. La comparación no implica que una máquina toque como un músico. Señala una semejanza formal: en ambos casos, la creación no surge de la nada, sino de una relación entre memoria, regla y variación.

Improvisar no es actuar sin estructura

En jazz, la improvisación exige dominio de una forma. Un solo puede parecer libre, pero se sostiene sobre armonía, ritmo, escucha y respuesta al conjunto. La libertad aparece dentro de un marco.

Algo similar ocurre con los sistemas generativos. El resultado depende del prompt, del contexto, de los ejemplos, de la instrucción y de la evaluación posterior. Sin criterio externo, la producción puede volverse abundante pero débil.

La analogía ayuda a discutir un malentendido frecuente: usar IA no elimina necesariamente el trabajo creativo. Puede desplazarlo hacia dirección, selección, corrección, verificación y montaje.

La diferencia decisiva

El límite de la comparación también debe quedar claro. El jazz tiene cuerpo, historia social, riesgo, presencia y comunidades concretas. La IA no tiene experiencia vivida ni responsabilidad propia.

Por eso la pregunta no es si la inteligencia artificial reemplaza al músico o al autor. La pregunta es qué tipo de práctica aparece cuando una herramienta generativa entra en un proceso creativo dirigido por alguien con intención y criterio.

La lección más importante del jazz tal vez sea la economía: no todo lo que se puede tocar debe tocarse. Del mismo modo, no todo lo que la IA puede generar merece permanecer.



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