No hay que negar el dato.
Hay que bajarlo del altar.
Ese podría ser el punto de partida para leer la columna de Leonardo Haberkorn sobre Yamandú Orsi, las encuestas y el modo de hacer política del Frente Amplio.1
La columna tiene una eficacia evidente. Arranca con números duros: aprobación baja, desaprobación alta, consultoras alineadas, malestar que se repite en Equipos, Factum y Cifra. Después propone una explicación política: Orsi estaría pagando el costo de una oposición frenteamplista que, durante el gobierno de Luis Lacalle Pou, simplificó todos los problemas como si fueran pura ineptitud, insensibilidad o defensa de los privilegiados. Hoy, dice Haberkorn, el Frente Amplio descubre que gobernar también es chocar contra restricciones, herencias, déficit, intereses, burocracias y problemas estructurales.
Hay una frase donde el mecanismo queda expuesto casi sin querer: «Como se ve, los sondeos están alineados y también coinciden con el ánimo que se palpa en las calles y en las conversaciones ciudadanas».1
Parece una frase de sentido común.
Es bastante más grave.
Porque junta tres planos distintos y los hace pasar por una misma evidencia: las encuestas, el ánimo de la calle y las conversaciones ciudadanas. El dato medido, la percepción ambiental y la charla cotidiana empiezan a confirmarse entre sí. Una cosa dice que la otra es cierta. La otra devuelve el favor. El círculo queda cerrado.
Ahí aparece el verdadero «por eso» de la columna.
No está escrito como «por eso».
Está escrito como «como se ve».
Esa es su astucia.
«Como se ve» no muestra: autoriza. Convierte una lectura en evidencia y una evidencia en sentencia. Hace que el salto entre encuesta, clima de calle y explicación causal parezca una simple constatación.
Los sondeos coinciden. La calle parece coincidir. Las conversaciones parecen coincidir. Entonces la explicación queda lista para entrar como si ya hubiera sido probada.
La hipótesis tiene fuerza.
Y tiene un problema.
Para denunciar una política empobrecida, el artículo se apoya en otra forma de empobrecimiento: la encuesta convertida en tribunal.

Cuando la encuesta deja de medir y empieza a juzgar, el número ocupa el lugar del pueblo.
La columna acierta en algo
Hay que concederle a Haberkorn el punto más incómodo.
Una parte de la política uruguaya se acostumbró a hablar como si gobernar fuera fácil.
Cuando está en la oposición, todo problema parece depender de una voluntad torcida: si el salario cae, es porque el gobierno quiso ajustar contra los trabajadores; si una tarifa sube, es porque alguien gobierna para los poderosos; si la inseguridad empeora, es porque los otros son incapaces; si el Estado falla, es porque falta sensibilidad; si aparece un conflicto institucional, es porque hay maniobra, ocultamiento o maldad.
Después llega el gobierno.
Y aparecen las palabras que antes parecían excusas: contexto, restricción fiscal, problema estructural, dificultad internacional, herencia, complejidad, gradualidad, negociación, tiempos del Estado.
Eso no le pasa solo al Frente Amplio. Le pasa a casi todos. La oposición siempre tiende a moralizar la dificultad ajena. El gobierno siempre tiende a tecnificar la dificultad propia.
La frase podría escribirse así:
cuando gobiernan los otros, todo es decisión política; cuando gobierno yo, todo es complejidad.
Haberkorn ve bien esa hipocresía circular. También ve bien que la oposición fácil genera expectativas difíciles de cumplir. Si durante cinco años se le dijo a una parte del electorado que el problema era sacar a los malos, los insensibles o los ineptos, no debería sorprender que ese electorado espere mejoras rápidas cuando llegan los buenos, los sensibles o los capaces.
Ese boomerang existe.
Pero no explica todo.
Y, sobre todo, no puede probarse solamente con una curva de desaprobación.
El error está en la causalidad
Una encuesta puede decir que un gobierno cae.
No puede decir sola por qué cae.
Ese es el punto débil de la columna. Toma una medición de opinión pública, la refuerza con la impresión de calle y le pega encima una explicación demasiado cerrada: Orsi paga el modo en que el Frente Amplio hizo oposición. Puede ser parte de la verdad. Pero la encuesta no trae esa causa escrita en la frente. La conversación de almacén, de ómnibus, de oficina o de grupo de WhatsApp tampoco.
La desaprobación puede crecer por expectativas rotas, por promesas demoradas, por problemas de seguridad, por precios, por vivienda, por internas, por errores de comunicación, por comparación con lo prometido, por impaciencia, por una coyuntura económica concreta, por desgaste simbólico, por ruido mediático o por todo eso al mismo tiempo.
La encuesta registra un estado de opinión.
La calle ofrece indicios.
Las conversaciones producen clima.
La columna lo convierte en sentencia.
Ahí aparece el salto. El dato mide una cosa y el comentarista lo hace hablar de otra. No es una mentira. Es una operación interpretativa presentada con la autoridad del número.
El título ya lo dice: «Orsi paga».
Paga.
Como si la encuesta fuera caja registradora, juzgado y confesionario a la vez. Como si el número pudiera cobrar deudas morales. Como si la opinión pública fuera una entidad contable que emite facturas por el discurso pasado.
La palabra funciona porque ordena el relato. Hay culpa, hay deuda, hay castigo, hay consecuencia. El problema es que el número no alcanza para sostener toda esa arquitectura.
Una correlación no es una causa.
Una tendencia no es una explicación.
Una encuesta no es una filosofía de la historia.
La democracia estadística
Acá entra Sandino Núñez.
No para ponerle una medalla teórica al texto, sino porque su manera de desconfiar del lenguaje público ayuda a mirar mejor este caso.
Sandino viene insistiendo, de distintas maneras, en que la cultura contemporánea tiende a convertir la política en circulación, comunicación, mercado, imagen, opinión y ritual democrático sin verdadera elaboración política.2 También ha criticado la neutralidad aparente de los discursos técnicos y del pragmatismo que se presentan como si estuvieran por fuera de la disputa.3
Esa mirada ayuda a ver algo que el artículo de Haberkorn no termina de mirar: la encuesta no aparece solo como herramienta de medición. Aparece como forma de realidad.
Ya no se dice simplemente:
una consultora midió tal cosa.
Se dice:
la ciudadanía piensa tal cosa.
El pasaje es enorme.
Entre una muestra y «la ciudadanía» hay método, margen de error, fecha de campo, preguntas, encuadres, indecisos, silencios, rechazos, modos de ponderar, titulares, selección periodística y una cadena completa de interpretación.
Pero en el consumo público todo eso se aplana.
Queda el número.
Y el número parece hablar sin cuerpo.
48%.
27%.
46%.
31%.
El país aparece como tablero. El pueblo, como porcentaje. La política, como variación mensual. El gobierno, como marca que sube o baja. La conversación pública, como analítica de rendimiento.
Eso no es un detalle menor.
Es una forma de democracia.
Una democracia estadística.
No porque votar y medir opinión esté mal. Al contrario: una democracia necesita elecciones, información pública, encuestas, estudios, series, datos y diagnósticos. El problema aparece cuando esos instrumentos dejan de servir a la deliberación y empiezan a reemplazarla.
Cuando el número entra como dato y sale como destino.
El pueblo convertido en muestra
La expresión «opinión pública» siempre tuvo algo de misterio.
Parece nombrar a todos, pero nunca sabemos bien quién habla cuando habla.
¿Hablan los ciudadanos? ¿Los votantes? ¿Los encuestados? ¿Los medios que publican la encuesta? ¿La consultora que diseñó la pregunta? ¿El columnista que seleccionó qué número importa? ¿El partido que usa ese dato para presionar? ¿La red social que convierte el titular en clima?
La opinión pública no llega desnuda. Llega producida.
Eso no significa que sea falsa.
Significa que tiene forma.

Entre la calle y el formulario hay una distancia política. La muestra puede ser necesaria. El problema empieza cuando se la deja hablar como si fuera el pueblo entero.
La muestra es una herramienta legítima. Sin muestras, buena parte de la investigación social moderna sería imposible. El problema no es metodológico en sentido estrecho. El problema es político y simbólico: qué hacemos después con esa muestra.
Si la tratamos como indicio, ayuda.
Si la tratamos como oráculo, empobrece.
La encuesta puede mostrar que hay malestar. Puede ordenar preguntas. Puede advertirle al gobierno que algo no está llegando, no está funcionando o no está siendo creído. Puede mostrar grietas dentro de un electorado propio. Puede permitir comparaciones históricas. Puede evitar que un partido se encierre en su círculo de convencidos.
Todo eso importa.
Pero la encuesta no piensa.
No sabe distinguir entre decepción razonable, ansiedad fabricada, enojo justo, castigo simbólico, expectativa imposible, manipulación mediática o evaluación informada.
No puede hacerlo sola.
Eso lo tiene que hacer la política.
Y también lo tiene que hacer el periodismo.
Cómo se fabrica una evidencia
No alcanza con preguntar si una encuesta está bien o mal hecha.
La pregunta más interesante empieza después: cómo una cifra circula hasta volverse evidencia.
Barthes miraba los mitos modernos justamente ahí, en el momento en que una construcción histórica se presenta como naturaleza.4 Con el número pasa algo parecido. Un porcentaje puede dejar de aparecer como resultado de un procedimiento técnico y empezar a funcionar como evidencia natural: «lo que piensa la gente». Ya no vemos la pregunta, la muestra, la fecha, el encuadre ni la operación periodística. Vemos el resultado limpio, casi inocente.
Precisamente por eso conviene desconfiar de su inocencia.
La columna de Haberkorn arma un montaje: encuesta, titular, recuerdo de tuits, promesas, pandemia, salario, tarifas, Orsi, Lacalle Pou, Bettiana Díaz, Caggiani, oposición, Parlamento, redes. El sentido aparece por choque entre fragmentos, no por deducción lineal. Hay algo benjaminiano en esa forma de leer por constelaciones: objetos dispersos empiezan a iluminarse entre sí.5 La objeción no es que el montaje sea ilegítimo. Toda columna monta. La objeción es que el montaje se presenta como si la conclusión estuviera contenida de antemano en la cifra.
También cuenta quién puede hacer hablar al dato. Una encuesta no circula igual si queda perdida en un informe técnico que si aparece en un medio central, firmada por un columnista reconocido y sostenida por consultoras con prestigio. Ahí no habla solo el número. Habla una posición dentro del campo periodístico, una autoridad acumulada y una confianza previa. No hace falta imaginar una conspiración para ver que la autoridad también se distribuye, se hereda, se reconoce y se disputa.
Y después está el marco. Una encuesta puede aparecer como foto, advertencia, castigo, tendencia, crisis, luz amarilla, luz anaranjada, desplome o ruido pasajero. El dato no cambia, pero la escena sí. Y la escena decide buena parte de su efecto.
Por eso el artículo es más interesante que una simple operación contra Orsi.
Denuncia una forma pobre de hacer política, pero participa de una forma pobre de producir verdad pública cuando deja que la encuesta funcione como tribunal.
La política de feedback
La política contemporánea se parece cada vez más a un circuito cerrado.
Una consultora mide.
Un medio titula.
Un panel interpreta.
Las redes aceleran.
Los partidos reaccionan.
El gobierno ajusta mensaje.
La oposición ajusta ataque.
La consultora vuelve a medir.

El dato entra como fotografía y sale como presión política. En el medio, una sala entera aprende a hacerlo circular.
En ese circuito, gobernar empieza a parecer gestión de métricas. No alcanza con hacer. Hay que mostrar que se hace. No alcanza con mostrar. Hay que producir percepción de movimiento. No alcanza con tener rumbo. Hay que sostener aprobación. No alcanza con explicar restricciones. Hay que evitar que la palabra «complejo» suene a excusa.
El propio artículo lo muestra cuando cita la respuesta del sistema político ante la caída: luz amarilla, luz anaranjada, poner el pie en el acelerador, mostrar lo que se está haciendo, hacer más cosas. La encuesta no queda afuera del gobierno. Entra al gobierno como presión, como ánimo, como urgencia y como gramática.
Ese es el punto de Sandino llevado a esta coyuntura: la democracia no desaparece. Se vuelve ritual de expresión permanente. Todos opinan, todos miden, todos reaccionan, todos comunican, todos interpretan. Pero esa abundancia de expresión puede convivir con una pobreza enorme de política.
Hay más opinión.
No necesariamente más pensamiento.
Hay más datos.
No necesariamente más verdad.
Hay más comunicación.
No necesariamente más lenguaje común para discutir qué país queremos.
No se trata de odiar las encuestas
Sería demasiado fácil terminar en una pose antiencuestas.
No sirve.
Las encuestas importan. La estadística importa. Medir importa. Sin datos, la política queda presa de intuiciones, círculos chicos, militancias que solo se escuchan a sí mismas y dirigentes que confunden aplauso cercano con país real.
El punto es otro.
Una democracia necesita estadísticas, pero no puede reducirse a estadística.
Necesita opinión pública, pero no puede confundir opinión agregada con deliberación.
Necesita escuchar malestares, pero no puede convertir cada malestar medido en una sentencia moral inmediata.
Necesita evaluar gobiernos, pero no puede dejar que la evaluación se cierre en aprobación y desaprobación, como si gobernar fuera un producto, un programa de televisión o una aplicación que pide estrellas.
Haberkorn acierta cuando señala que la política paga caro sus simplificaciones. El Frente Amplio debería tomar nota. La coalición opositora también. Todos deberían tomar nota. Cada vez que un partido le dice a la gente que los problemas del país se arreglan sacando a los malos y poniendo a los buenos, está fabricando su propia frustración futura.
Pero la crítica puede ir un paso más lejos.
No alcanza con denunciar el relato fácil.
También hay que denunciar el número fácil.
El número que parece explicar antes de pensar.
El número que convierte una muestra en pueblo.
El número que transforma una tendencia en culpa.
El número que le permite al periodismo decir «la ciudadanía» cuando, en rigor, debería decir: una encuesta, en determinada fecha, bajo determinada pregunta, muestra determinado estado de ánimo que todavía tenemos que interpretar.
Esa frase es más larga.
También es más honesta.
La encuesta no piensa por nosotros.
Mide.
Ordena.
Advierte.
Incomoda.
Pero después hay que hacer el trabajo que ningún porcentaje puede hacer: pensar políticamente qué significa ese malestar, qué parte es responsabilidad del gobierno, qué parte viene de expectativas fabricadas, qué parte expresa problemas reales, qué parte responde a climas mediáticos y qué parte revela algo más profundo que una aprobación mensual.
Una democracia que olvida eso queda atrapada en su propia pantalla.
Mira números.
Confunde números con pueblo.
Y termina creyendo que escuchar a la sociedad es mirar cómo se mueve una curva.
Martín Álvarez
Tremendos Libros
@unfalsoguru
Referencias
Footnotes
-
Leonardo Haberkorn, «Orsi paga en las encuestas un modo nefasto de hacer política», El Observador, 22 de mayo de 2026. ↩ ↩2
-
Sandino Núñez, entrevista para Semanario Alternativas, reproducida en La Haine. ↩
-
Sandino Núñez, «La educación, la nueva izquierda demagógica y la lógica del mercado», Quehacer. ↩
-
Roland Barthes, Mitologías, 1957. ↩
-
Walter Benjamin, Libro de los pasajes, edición póstuma. ↩

La columna de Leonardo Haberkorn sobre Yamandú Orsi y las encuestas plantea una crítica reconocible: el Frente Amplio estaría pagando, ya en el gobierno, el costo de haber simplificado desde la oposición los problemas que enfrentó la administración de Luis Lacalle Pou. Según esa lectura, el deterioro en la aprobación presidencial no expresaría solo dificultades de gestión, sino también el choque entre expectativas generadas y restricciones reales.
El argumento tiene un punto atendible. La oposición suele presentar los problemas del gobierno como resultado directo de voluntad política, incapacidad o insensibilidad. Cuando esa oposición llega al gobierno, aparecen otros términos: contexto, restricciones fiscales, problemas estructurales, herencia, gradualidad y complejidad. Esa tensión no pertenece a un partido en particular; forma parte de una dinámica recurrente de la política democrática.
Sin embargo, el punto discutible está en la causalidad. Una encuesta puede registrar aprobación, desaprobación, tendencia o malestar. No puede, por sí sola, explicar por qué se produce ese resultado. Para pasar de la medición a la causa hace falta un razonamiento adicional, y ese paso debe quedar explícito.
El peso del «como se ve»
La frase más relevante de la columna no está en la conclusión, sino en el enlace entre los datos y la interpretación: «Como se ve, los sondeos están alineados y también coinciden con el ánimo que se palpa en las calles y en las conversaciones ciudadanas».
Ese «como se ve» cumple una función retórica importante. Presenta como constatación evidente lo que en realidad es una articulación entre planos distintos: encuestas, percepción de calle y conversaciones cotidianas. La coincidencia entre esos planos puede ser significativa, pero no equivale automáticamente a una explicación causal.
El salto es sutil. Los sondeos muestran una tendencia. El clima social parece acompañarla. Las conversaciones ciudadanas la vuelven reconocible. A partir de ahí, la columna propone una causa: Orsi pagaría el modo en que el Frente Amplio hizo oposición. Esa hipótesis puede ser válida en parte, pero no está contenida en los números. Debe argumentarse.
Estadística y democracia
El problema no es el uso de encuestas. En una democracia, medir la opinión pública es necesario. Las encuestas permiten detectar cambios de ánimo, advertir desconexiones entre gobierno y ciudadanía, comparar períodos y evitar que los partidos confundan su círculo propio con el país.
El riesgo aparece cuando la medición deja de ser una herramienta y empieza a funcionar como tribunal. En ese caso, la encuesta no solo registra un estado de opinión: ordena el relato público, autoriza diagnósticos y habilita juicios políticos que parecen venir directamente de «la ciudadanía».
Ese pasaje exige cuidado. Entre una muestra y el pueblo entero hay método, margen de error, fecha de campo, preguntas, silencios, indecisos, rechazos, titulares y marcos de lectura. Reducir todo eso a una evidencia transparente empobrece la discusión democrática.
La crítica más sólida no consiste en negar las encuestas, sino en separar lo que miden de lo que se les hace decir. Pueden mostrar malestar. No pueden determinar solas si ese malestar proviene de promesas incumplidas, problemas de seguridad, inflación, vivienda, comunicación, desgaste político, ruido mediático, expectativas imposibles o una combinación de factores.
Una discusión más amplia
El caso permite observar una tensión mayor: la política contemporánea tiende a operar como circuito de feedback. Una consultora mide, un medio titula, los paneles interpretan, las redes aceleran, los partidos reaccionan y el gobierno ajusta su comunicación. Luego se mide otra vez.
Ese circuito no elimina la democracia, pero puede reducirla a administración de métricas. Gobernar empieza a parecer gestión de aprobación; informar empieza a parecer producción de clima; interpretar empieza a parecer certificación de un ánimo colectivo.
Por eso la pregunta no es si las encuestas sirven o no. Sirven. La pregunta es qué estatuto se les concede en la conversación pública. Una democracia necesita estadísticas, pero no puede reducirse a estadística. Necesita opinión pública, pero no puede confundir opinión agregada con deliberación.
El punto central es distinguir medición, percepción e interpretación. Cuando esos tres planos se funden bajo una fórmula como «como se ve», el salto lógico queda amortiguado. La lectura aparece como evidencia y la evidencia como sentencia.