Hay una manera de fotografiar a los importantes.
No basta con sentarlos frente a una cámara: hay que rodearlos de silencio. La luz debe caer de costado, como si viniera de una lámpara antigua o de una conciencia cansada. La mirada no debe mirar a nadie. Debe perderse en un punto ligeramente superior al mundo, un punto donde el fotógrafo no llega y donde, se supone, acaba de ocurrir una idea.
La mano suele ayudar.
Una mano en la sien.
Una mano en el mentón.
Una mano en la frente.
La mano sostiene el cráneo como si el pensamiento pesara. No es una mano: es una coartada. Su función no es anatómica sino simbólica. Dice: «acá hay interioridad». Dice: «esta persona no está simplemente sentada; está atravesada por algo». Dice: «cuidado, esto no es una cara, es una obra».
Así nace el pensador oficial.
No pensando.
Pareciendo sorprendido por su propio pensamiento.

La pose no demuestra profundidad. Demuestra que alguien conoce el código visual de la profundidad.
La forma social de la profundidad
La impostura no empieza necesariamente en la mentira.
Hay mentiras brutales, por supuesto. Mentiras de currículum, de cargo, de biografía, de épica personal. Mentiras de quien inventa una vida para ocupar un lugar que no le corresponde.
Pero esas son las más fáciles.
La impostura verdaderamente interesante es más fina y más peligrosa: consiste en adoptar la forma social de la profundidad.
No hace falta decir algo falso.
Alcanza con instalar una atmósfera.
Alcanza con ponerse grave.
La gravedad tiene prestigio. Una persona grave parece, de entrada, una persona con sustancia. La voz baja, el gesto lento, la pausa calculada, la cara de haber entendido algo terrible. La solemnidad funciona como una garantía anticipada. Antes de que alguien diga nada, ya está diciendo: «tomame en serio».
Y ahí empieza el problema.
Porque una cosa es ser serio y otra muy distinta es tomarse en serio.
La seriedad puede ser una forma del rigor. Puede ser atención, cuidado, paciencia, negativa a convertirlo todo en ruido. Hay asuntos que piden seriedad porque el mundo no es una sobremesa infinita. Hay dolores, injusticias, pérdidas, horrores y trabajos del pensamiento que no admiten la sonrisa automática.
Tomarse en serio, en cambio, es otra operación.
Es empezar a creerse la estatua propia.
Es confundir la búsqueda con la pose, la inteligencia con el personaje, la verdad con el pedestal.
Barthes sirve para mirar esa escena porque entendió que la cultura burguesa tiene una habilidad especial: convertir formas históricas en naturalezas aparentes.1 El retrato del intelectual no dice simplemente «esta persona piensa». Dice algo más eficaz: «así se ve alguien que piensa». La pose vuelve reconocible una función. El gesto fabrica una evidencia.
Goffman lo diría desde otro lugar: la vida social está llena de actuaciones, fachadas, escenas, públicos y definiciones de la situación.2 No porque todo sea falso, sino porque nadie aparece desnudo de signos. Cada rol trae una utilería. El problema no es que exista una fachada. El problema es olvidar que la fachada es una fachada.
Nietzsche permite una precisión decisiva: «todo espíritu profundo necesita una máscara».3 Esa frase impide una lectura demasiado rápida. No toda máscara es impostura. A veces la máscara protege. A veces la máscara aparece porque los demás interpretan superficialmente cada palabra, cada paso, cada señal de vida. La profundidad, justamente porque no puede entregarse entera a la mirada pública, termina rodeada de malentendidos, traducciones pobres y figuras parciales.
La impostura no consiste en tener una máscara.
Consiste en enamorarse de ella.
Consiste en administrar esa máscara como capital moral, exigir reverencia y olvidar que debajo todavía debería haber alguien vivo.
Nosotros los veraces
Nietzsche escribe, con esa ironía que todavía corta: «nosotros los veraces».4
La frase parece limpia.
Pero está llena de peligro.
¿Quién puede decir «nosotros los veraces» sin empezar a actuar?
¿Quién puede declararse del lado de la verdad sin quedar inmediatamente tentado por el uniforme del veraz?
Hay una vanidad secreta en ciertas formas de lucidez. El que se cree desengañado corre el riesgo de enamorarse de su desencanto. El que denuncia todas las máscaras puede terminar adorando la propia. El que se presenta como quien no se deja engañar por nada suele necesitar, más que nadie, que los demás lo miren como a alguien despierto.
El veraz profesional es una figura de la impostura contemporánea.
No necesariamente miente.
A veces incluso acierta.
Pero su acierto se le vuelve identidad. Ya no busca la verdad: la administra. Ya no piensa: ocupa el lugar del que piensa. Su gesto se endurece. Su voz se vuelve institución. Su rostro pide bronce.
Bourdieu ayuda a entender esa economía del prestigio: las sociedades no reparten solamente dinero, cargos o títulos; reparten también capital simbólico, modos de ser reconocido, estilos de autoridad, formas legítimas de aparecer.5 El impostor solemne no inventa de la nada. Usa materiales disponibles. Aprende cómo habla el profundo, cómo mira el lúcido, cómo suspira el desengañado, cómo calla el que supuestamente está por encima de la escena.
La impostura no es una máscara cualquiera.
Es una máscara que reclama valor moral.
No dice solamente: «mírenme».
Dice: «respétenme porque represento algo más alto que yo».
El bronce
José Pablo Feinmann tenía una fórmula brutal y por eso mismo precisa: los pelotudos más grandes de este mundo son los que se toman en serio.6
La frase tiene la virtud de hacer lo que predica.
No se sube a una cátedra.
No pide permiso.
No se pone toga.
Entra como un martillazo y rompe la ceremonia.
La solemnidad extrema tiene algo de monumento anticipado. El sujeto se comporta como si ya hubiera muerto y estuviera esperando la placa. Quiere hablar desde un lugar definitivo. Quiere que la vida se acomode alrededor de su importancia. Quiere que nadie interrumpa su escena con una risa, una duda, un detalle doméstico, una contradicción pequeña o un comentario fuera de protocolo.
Pero la vida interrumpe.
Por suerte.

El peligro no es tener una imagen pública. El peligro es quedarse a vivir adentro de ella.
El que se toma demasiado en serio empieza a endurecerse.
Primero en el gesto.
Después en las ideas.
Finalmente en la mirada.
Ya no conversa: pronuncia.
Ya no duda: sentencia.
Ya no camina: posa.
Y un día, sin darse cuenta, se convierte en bronce.
Bronce idiota, solemne, resistente, hueco.
Una estatua de sí mismo puesta en una plaza interior donde nadie pidió monumentos.
El humor como defensa
Feinmann también dejaba caer otra advertencia: si no tenés humor, estás condenado al ridículo.6
La frase es más profunda de lo que parece, justamente porque no necesita parecer profunda.
El humor no es lo contrario de la verdad.
Es lo contrario de la solemnidad.
La verdad necesita del humor como necesita del aire. Sin humor se encierra, se vuelve liturgia, se cubre de mármol. El pensamiento que no puede reírse de sí mismo empieza a oler a ceremonia. Y toda ceremonia demasiado larga acaba pareciéndose a una impostura.
No se trata de defender la liviandad.
El humor no es hacerse el gracioso ni convertir todo en chiste. Hay dolores ante los cuales la risa fácil sería otra forma de estupidez. Hay momentos donde el humor puede volverse crueldad, evasión o cinismo. Pero el humor verdadero no niega la gravedad del mundo; desconfía de la gravedad del yo.
No se ríe del dolor.
Se ríe del que quiere transformarse en sacerdote del dolor.
No se burla de la verdad.
Se burla de quien cree poseerla con gesto definitivo.
Por eso el humor es una ética. Impide que el yo se cierre sobre sí mismo. Introduce una grieta en la máscara. Le recuerda al intelectual, al artista, al militante, al empresario visionario, al gurú de turno y al pequeño profeta de sobremesa que nadie está a salvo del ridículo.
Y que el ridículo no viene de caerse, equivocarse o no saber.
Viene de no poder verse desde afuera.

El humor no destruye la verdad. Le impide convertirse en estatua.
La risa después de los grandes relatos
El humor también puede leerse como un síntoma posmoderno.
No en el sentido barato de que nada importa, todo es ironía y cualquier compromiso es ingenuo. Esa caricatura sirve para no pensar. El humor, en su mejor versión, no disuelve la verdad: desconfía de las verdades que necesitan hablar como monumentos.
La modernidad se tomó demasiado en serio porque muchas veces creyó hablar en nombre de estructuras enormes: la Historia, la Razón, el Progreso, la Ciencia, la Revolución, la Nación, la Humanidad. Palabras con mayúscula. Palabras que pedían silencio alrededor. Palabras que parecían no venir de una boca concreta, sino de una altura moral desde la cual ya no hacía falta reírse de nada.
Los grandes relatos son, también, palabras solemnes que aprendieron a tomarse en serio.7
No porque fueran solamente mentira.
Ese sería otro facilismo.
El Progreso produjo hospitales, vacunas, derechos, alfabetización, infraestructura, posibilidades materiales. La Revolución nombró deseos reales de justicia. La Razón permitió discutir contra el dogma. La Ciencia hizo retroceder zonas enormes de miedo. No se trata de burlarse de esas palabras como si fueran disfraces vacíos.
Se trata de notar cuándo empiezan a hablar como si no necesitaran cuerpo.
Cuándo dejan de ser herramientas y se vuelven altar.
Cuándo una idea deja de discutir y empieza a exigir reverencia.
La posmodernidad, en su peor versión, produjo cinismo. En su versión más útil, resquebrajó la estabilidad de esas mayúsculas. Introdujo una sospecha saludable contra toda palabra que se presenta como totalidad y pide obediencia en nombre de un destino. Esa sospecha no alcanza para construir una política, una ética o una obra. Pero puede impedir que una política, una ética o una obra se conviertan demasiado rápido en misa.
Ahí el humor cumple una función crítica.
No reemplaza el pensamiento.
Le baja la voz cuando empieza a hablar como estatua.
Uno lee a Adorno y a veces duda de si en esa prosa hubo lugar para una sonrisa. No porque Adorno no tuviera razón en su diagnóstico del mundo administrado, de la industria cultural o de la razón que puede volverse dominio.8 La tuvo demasiadas veces. El problema es otro: cierta lucidez parece escrita desde una habitación donde reírse sería una concesión al enemigo.
Y quizá esa sea una de las trampas de la inteligencia crítica.
Cuando todo está tomado por la administración, por el mercado, por la propaganda, por la estupidez organizada, la risa empieza a parecer sospechosa. Como si solo quedara la gravedad para demostrar que uno no fue capturado. Pero una crítica que no puede reírse de sí misma empieza a parecerse a aquello que denuncia: un sistema cerrado, blindado, incapaz de soportar una fisura.
La risa posmoderna, cuando no se degrada en cinismo, no dice «nada es verdad».
Dice algo más modesto y más útil: cuidado con las verdades que no toleran una broma.
El público también posa
Sería cómodo dejar el problema del lado del impostor.
Él posa.
Él exagera.
Él pide bronce.
Pero la impostura necesita espectadores entrenados.
El retrato solemne funciona porque nosotros sabemos leerlo. Vemos la mano en la sien y traducimos: pensamiento. Vemos la biblioteca y traducimos: obra. Vemos la mirada perdida y traducimos: profundidad. Vemos la pausa, el tono grave, la frase abstracta, la pequeña oscuridad calculada, y concedemos autoridad antes de preguntar qué se dijo realmente.
El impostor no trabaja solo.
Lo ayudamos.
Queremos que la profundidad tenga una cara reconocible. Queremos distinguir rápido a quien sabe, a quien vio, a quien entendió, a quien merece escucha. No hay nada necesariamente malo en eso. Toda vida social necesita señales. Nadie puede evaluar desde cero cada palabra, cada gesto, cada trayectoria. Pero esa economía de señales también produce sus parodias.
El problema no es que existan signos de autoridad.
El problema es que los signos se vuelvan más importantes que aquello que debían ayudar a reconocer.
Entonces aparece el pensador que parece más pensador que sus ideas.
El rebelde que parece más rebelde que sus actos.
El sensible que parece más sensible que su escucha.
El veraz que parece más veraz que su relación con la verdad.
Nadie está afuera
La tentación final sería escribir este texto desde una inocencia falsa.
Como si uno no posara.
Como si escribir un ensayo contra la solemnidad no pudiera volverse, en sí mismo, una nueva forma de solemnidad.
Como si la crítica de la impostura no pudiera convertirse en una impostura de segundo grado, más astuta y por eso más insoportable.
No hay exterior puro.
Todos elegimos una voz, un ángulo, una forma de entrar en escena. Todos queremos, alguna vez, que nos lean mejor de lo que somos. Todos tenemos un pequeño curador interno que acomoda la luz, recorta la biografía, borra la torpeza y deja a la vista una versión un poco más digna, más intensa, más inteligente o más herida.
La cuestión no es purificarse de toda máscara.
Eso también sería otra máscara.
Probablemente la peor.
La cuestión es conservar algún mecanismo de sabotaje interno. Alguna risa. Alguna incomodidad. Alguna sospecha contra el propio personaje. Algo que impida que el gesto fragüe, que la voz se vuelva mármol, que la palabra verdad se convierta en credencial.
El humor rompe la estatua antes de que termine de secarse.
No nos vuelve verdaderos.
Pero nos mantiene móviles.
Y quizá esa sea una forma mínima de honestidad: no confundirse del todo con el retrato que otros están dispuestos a admirar.
Frente a la impostura solemne, tal vez la única verdad decente sea una verdad que no se deje fotografiar demasiado bien.
Una verdad despeinada.
Interrumpible.
Capaz de reírse de su propia mano en la sien.
Una verdad que no necesite parecer profunda todo el tiempo porque está demasiado ocupada intentando no mentirse.
Footnotes
-
Roland Barthes, Mitologías (1957), especialmente como punto de partida para leer objetos y gestos cotidianos convertidos en signos de naturalidad cultural. ↩
-
Erving Goffman, La presentación de la persona en la vida cotidiana (1956), sobre actuación social, fachada, público y definición de la situación. ↩
-
Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal, §40. ↩
-
Friedrich Nietzsche usa la fórmula «los veraces» para interrogar la relación entre verdad, nobleza, moral e identidad. En este ensayo la tomo menos como cita doctrinal que como alarma: incluso la verdad puede volverse personaje. ↩
-
Pierre Bourdieu, La distinción (1979), y su noción más amplia de capital simbólico: las formas legítimas de aparecer también distribuyen autoridad. ↩
-
José Pablo Feinmann, Sintaxis. Tomo IV (parte 1/8), video disponible en YouTube, canal tatagil: https://www.youtube.com/watch?v=dm-t8NA0jiY&list=PLEF52D5E4D67A5EDA. ↩ ↩2
-
Jean-François Lyotard, La condición posmoderna (1979), especialmente la idea de incredulidad frente a los metarrelatos. ↩
-
Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración (1944), como referencia para la crítica de la razón convertida en dominio y de la industria cultural. ↩